GUSTAVO ALFARO
“Cuando decidí ser técnico me convertí en un ladrón profesional”
El viejo lobo del 4-4-2 desnuda su simple libro de mandamientos en una charla que va desde los chupines a la política, pasando por el Mundial y su cercano retiro de la actividad. Debajo de un árbol y sin divismos, Alfaro es más Alfaro que nunca.
Imagen: Carlos Sarraf

Gustavo Alfaro no usa chupines, no manda memes, no se cambia el corte de pelo desde su etapa como jugador, no corre tras los colores de moda, no se tiñe, no le dice 'interiores' a los mediocampistas, no tiene allegados que le hacen de secretarios, no tiene redes sociales, no tiene foto de whatsapp y aceptó la entrevista que comienza a continuación sin misterios y al primer llamado. En una mañana perdida de invierno en La Quemita, el predio en el su Huracán se entrena cada semana, el viejo lobo del 4-4-2 abre las puertas de un sencillo libro de conceptos que para la actualidad de los entrenadores parece toda una rareza. El hombre de Rafaela convive exitosamente en la modernidad futbolera al mando de una personalidad sin fiebres ni modas de último minuto. En una fauna que se reproduce en la imitación de estereotipos, podría decirse que Alfaro es el mismo que comenzó a caminar los vestuarios en su actual rol allá por principios de los 90. Ni mejor, ni peor que otros, sólo el mismo testimonio de una generación de directores técnicos que parece haberse ido paulatinamente de la actividad, en detrimento de líderes más jóvenes y, según se reza por ahí, más cercanos al jugador. Sentado en una silla de caño y debajo de un árbol, sin glamoures ni séquitos, el bastión más vigente de aquella escuela simplemente se entrega a conversar.

-Desde Pep Guardiola para acá, cambió todo. ¿El 4-4-2 ahora es contracultura?

-Yo digo que el mejor entrenador es aquel que encuentra la estructura que mejor contenga las individualidades que uno tiene. Por eso, el tema más importante para un entrenador está en el armado del plantel. Siempre los equipos están más en la cabeza del entrenador que en la realidad del campo de juego. Vos decís “yo quiero armar un equipo para jugar de una determinada manera” y de pronto pensás que dos sociedades son compatibles dentro de la cancha, pero la verdad te la devuelve el campo de juego. Si la verdad es distinta a la que vos tenés en tu cabeza, ahí tenés que cambiar. Y si a la quinta o sexta fecha te das cuenta de que querés pasar de defender con una línea de tres a una línea de cuatro y no tenés laterales, el error es tuyo en la conformación del plantel. Lo mismo si querés jugar con un enganche o dos extremos y no lo tenés. Por eso, cuando vos armás un plantel lo hacés de manera que tenga todas las estructuras posibles y después buscás la que mejor se adapta a los jugadores que tenés. Yo escuché durante un montón de tiempo a entrenadores decir que querían jugar como el Barcelona pero sin tener el material para hacerlo. De pronto, en una estructura bien marcada en el 4-4-2, lo que a priori puede ser defensivo termina siendo ofensivo, porque los nombres propios son los que te dan lo ofensivo de un equipo. Un 4-3-3 por sí solo no es ofensivo, porque si vos elegís a tus tres mediocampistas con características de contención, estás atacando con tres hombres y de pronto con el 4-4-2 ataco con cuatro. A veces, hablar de táctica sin hablar de nombres propios carece de sentido, pero vivimos en un país de rótulos. Sos ofensivo o defensivo. Sos de Primera o de la B. Y como decía Einstein: “Es mucho más sencillo desactivar un átomo que un preconcepto”.

-Vamos a las etiquetas, a las modas y a los preconceptos. ¿Sos el último entrendor sin chupines en el fútbol argentino? ¿Nunca te tentaron?

-No, porque asumo la edad que tengo. Tengo 56 años. ¿Qué voy a estar vistiéndome como un pibe de 30? No da. Yo digo que hay que ser y parecer y que los equipos son la imagen de su entrenador dentro del campo de juego, de lo que es el entrenador en su personalidad y en la forma de conducirse con sus jugadores y con todos los demás. Entonces, si yo soy un irrespetuoso con los jugadores, voy a tener un plantel que sea irrespetuoso con el medio. Muchas veces los entrenadores nos reflejamos con las conductas que se ven dentro del campo de juego. Volverte loco en la raya de cal para dar una indicación o vivir intenso el partido te lo acepto, pero yo te aseguro que el jugador percibe el quince o el veinte por ciento de tus indicaciones. Por el contexto no te escuchan y se hace imposible. Y esto no es básquet, que pido minuto y ordeno un par de cosas. Es muy poca la incidencia que un entrenador puede tener durante el partido. Por eso, la importancia del entrenador está en la preparación del partido o en los ajustes. Yo lo único que hago es mandar señales. En el entretiempo tengo tres o cuatro minutos para remarcar algunas cosas en particular. Ahora, yo saco un defensor y pongo un delantero y le estoy mandando el mensaje de que ataquen. Si es al revés, les estoy diciendo que quiero que defiendan. Ninguna fotocopia, por más perfecta que sea, va a ser igual que el original. Por más que me vista como tal, voy a seguir siendo el Gustavo Alfaro que vino de Rafaela, el mismo gringo que llegó de allá hace muchos años.

-¿Hay venta de humo en tus colegas?

-Hay cosas que me dan vergüenza ajena. Lo digo siempre en los planteles que estoy: “Yo abracé esta profesión con dos premisas, dignificar al entrenador y al jugador de fútbol”. Después, si ganás o perdés un partido es circunstancial. Mi lucha es esa. Si vos me preguntás cómo quiero que me recuerden, te respondería que me gustaría que digan que fui un tipo que luchó por esa dignificación. Para mí no hay mayor gratificación que el que un ex jugador mío me venga a saludar antes de empezar un partido. O que me llamen permanentemente ex jugadores que hoy son técnicos. Y eso tiene mucho valor. Cada uno es como es y a la corta o a la larga el tiempo te pone en tu lugar.

-¿Qué te pasa cuando ves que quedan pocos entrenadores de tu edad y que son casi todos más jóvenes?

-Hay algo que es fundamental y es que el entrenador no puede darle la espalda al conocimiento. Le pasa al jugador cuando es grande y al entrenador cuando ya recorrió un camino: por un lado está bueno saber que hay luchas que no vale la pena dar y no las das, porque son inútiles. Por otro lado, tiene lo contraproducente de pensar que “si yo tengo la fórmula que me hizo ganar, ¿para qué voy a cambiar?”. La renovación es permanente y la actual camada de técnicos me exige actualizarme constantemente para alargar la vigencia que puedo tener. Nosotros vivimos en una cultura de verdades parciales, porque vivimos comprando modas. Estamos siempre detrás de ellas. Creemos que hay imitar los pasos del que llegó a ganar y por eso terminamos siendo más exitistas que exitosos, porque vivimos más en la realidad del momento que en apostar a un proceso para que el proceso desemboque en tal lugar. Y esa búsqueda frenética del éxito sin saber ni el cómo ni la manera hace que terminemos cambiando paradigmas constantemente. Acá está instalado lo de los técnicos jóvenes, pero por ejemplo en Inglaterra es al revés. Salvo Pochettino, que tiene 46 años, el resto de los entrenadores de la Premier tienen de 62 años para arriba. Entonces, vos te preguntas cómo en un fútbol superprofesional, en el que el ordenamiento es total y de sistematización y los clubes son empresas que ponen gerentes con capacidad y con desapego del momento, pasa eso. Entonces la verdad está en el equilibrio y eso me exige constantemente, porque cuando empecé a dirigir era de los más jóvenes, tenía 30 años y dirigía jugadores que eran más grandes que yo. Y hoy enfrento técnicos que fueron jugadores míos, por lo que si no me actualizo no me podría mantener.

-¿Qué te dejó el Mundial tácticamente hablando?

-Me dejó algo que yo ya venía viendo desde Brasil 2014. Hubo un cambio desde el Mundial de Sudáfrica, torneo que termina siendo la confirmación de España como idea futbolística, una idea que nace en Cruyff, que se potencia en el Barcelona de Guardiola y que desemboca en la Selección. Ahí se empieza a ver una vuelta de rosca, no solamente a lo estético a la hora de jugar, sino también hacia pensar que el orden no conspira contra el talento. El orden puede potenciar al talento y eso fue lo que demostró Alemania en el 2014. Después, Alemania fue un campeón del mundo que no se renovó. Ellos ganaron la Copa Confederaciones del año pasado, el Europeo Sub-21 y sin embargo se veía un proceso que yo no quería que Argentina lo copie. ¿Por qué? Desde marzo para acá tuve la posibilidad de hablar con periodistas alemanes que me decían que la selección alemana no se había renovado y que iba a tener problemas por no cambiar. Y ahí veo que empiezan a tallar cosas que se empezaron a hacer en 2014 y que se confirmaron en Rusia: siempre hubo dos tiempos en el fútbol, el de la recuperación y el de la gestación. Ahora, empezaron a tener incidencia las transiciones, que son las velocidades intermedias con las que un equipo pasa de un tiempo al otro. Y los equipos que mejor manejaron las transiciones fueron los que mejor anduvieron. Ahí es cuando uno se da cuenta de que era muy difícil tomar a Francia mal parada. En cambio, vos veías a Argentina y a Brasil y eran equipos estirados. A la Selección le faltaron determinadas cosas en la búsqueda del orden, el talento y las transiciones. Eso marcó la pauta.

-Hablás de las transiciones y uno ve que el fútbol es cada vez más parecido al básquet, en el sentido de que todos atacan y todos defienden, con poco lapso intermedio entre un plano y otro...

-Sí. Muchos decían que este fue el Mundial de la pelota parada, porque quizás antes la pelota parada no tenía tanta incidencia. Pero al optimizar el todos atacan y todos defienden, estas diciendo: trabajo de equipo. Trabajamos detalles, equipos cortos que trabajan en determinados sectores, porque a veces tampoco te alcanza con las individualidades. Porque de pronto Francia lo resuelve contra Bélgica contra una pelota parada. Y contra Croacia también. Y eso para mí quiere decir que cada vez cuentan más los pequeños detalles, que cada vez marcan más grandes diferencias, porque el resto está todo muy parejo.

-¿Cuál es tu relación con la política?

-Política hacemos todos. Desde que salgo de mi casa hago política. Mi relación con el vecino es política, porque yo lo que quiero es que tengamos una relación de armonía para que vivamos en la medianera bien y no tengamos problemas por la música. Creo que hay una manera de hacer política. Primero desde el respeto, entendiendo que mi verdad es nada más que mi verdad y termina donde yo estoy. Y no porque yo crea mi verdad, esa tiene que ser la absoluta. Si yo no sé escuchar, entender, pensar y razonar sobre lo que piensa el otro y ponerme en su lugar, es muy difícil que podamos llegar a un punto de acuerdo. Nosotros necesitamos no imponer las cosas, porque acá vivimos en un lugar en el que necesitás gritas para tener razón. Y acá no es gritar alto, sino decir algo que sea sustentable y respaldado. La manera de hacer política es concertar por un bien común. Ahora, si no estas capacitado a ceder y a resignar, no estas preparado a conquistar. Si vas a negociar algo, o a proponer algo, lo primero que tenés que preguntarte es: ¿Qué estoy dispuesto a ceder? A la política la entiendo desde ahí, no desde la chicana para sacarte ventaja, ni desde la imposición, sino tratando de defender mis convicciones teniendo la capacidad de escuchar, porque otro me puede aportar cosas que me puedan servir. Y eso lo adopté desde los treinta años, cuando decidí ser entrenador, cuando decidí ser un ladrón profesional y robarles las buenas ideas a otros y hacerlas mías. Si yo no escucho lo que vos tenés para decir y no tengo la capacidad de incorporarlo, ahí es donde me llené de soberbia y no estoy preparado para dar, servir ni conquistar nada.

-¿A quién admirás, admirabas o admiraste políticamente?

-A Yrigoyen, Perón, Frondizi, Alfonsín... Los admiro por el poder de convocatoria: cuando el mensaje te llega al corazón, te movilizás detrás de una ilusión. A algunos no los conocí, otros se murieron cuando empecé a crecer, a otros los vi en la vuelta a la democracia. Admiro el movimiento de las masas de Perón. También a las ideas desarrollistas demasiado avanzadas para el final de la década del 50. Después, cada uno tiene lo suyo. En el caso de Perón, le critico el terminar enamorándose del poder y luchar por el poder y no por la justicia social. El caso de Alfonsín, no tener la capacidad de sostener su retórica en el tiempo. En el de Frondizi, no tener el ingenio para imponer sus cosas. En lo internacional me gusta Winston Churchill. Su manejo en los días más oscuros de la guerra fue tremendo. La revolución cubana es una revolución romántica, porque que ochenta y dos personas subidas al Granma produjeran la revolución de un país es algo completamente utópico. Más allá que después no comparta algunas cosas de Fidel Castro, admiro mucho al Che y a Camilo Cienfuegos, a quienes hoy en la isla se los venera más que a Fidel. Son personas que admiré políticamente por su intelectualidad y por su capacidad para hacer realidades donde las utopías planteaban sólo utopías. Recuerdo una reflexión de Frondizi y que la hablo mucho con los periodistas. En un momento Félix Luna le pregunta a Frondizi cuál fue su época política más feliz. Frondizi piensa y le contesta: “Cuando era oposición, porque podía criticar y exponer mis ideas sin ningún compromiso con la realidad”. Y eso nos pasa muy a menudo.

-¿Cómo ves a los periodistas?

-De la misma manera de que hay una fauna muy grande en los entrenadores, también la hay en lo que son los periodistas. Lamentablemente hacen mucho daño los intereses económicos. El tema de la pauta oficial es brava, porque si la cobrás yo pienso que tu pensamiento es dirigido, y si no la cobrás, también lo es. Eso nos sacó libertad y credibilidad. Toda mi vida fui independiente para tratar de escuchar todo y hoy veo que vende más el conflicto que hablar de cosas del juego. Contra esas estructuras uno no tiene que pelear, pero tiene que saber que están presentes. Un día escuchaba una entrevista a Guillermo Vilas en la que había varios periodistas que le preguntaban y detrás de eso opinaban. Y Guillermo decía: “Pará, acá el entrevistado soy yo, a mí no me interesa tu opinión. Vos me preguntás y yo te respondo”. Hoy hay mucho de eso armado: el policía bueno y el malo. Y esa estructura nos pone a nosotros a la defensiva, porque buscan una declaración y yo termino respondiendo lo que yo quiero y no lo que vos me preguntas. Eso termina conspirando contra la riqueza de una entrevista.

-¿Nunca te cansaste del fútbol argentino?

-No. Sí me asqueó a veces. Lo que te puedo decir es que hay sapos que son difíciles de tragárselos. Pero hay luchas que decido no darlas. Como decía Fito Páez: no hay que hacerse enemigos que no estén a la altura del conflicto. Mi viejo un día me dijo que, cuando vos tenés 20 años, tenés tanta fuerza que ves una pared y la querés tirar abajo. Cuando tenés 30 años, en vez de chocarla y tirarla, la saltás. Cuando tenés 40, no tenés ni la fuerza de los 20 ni la potencia de los 30, entonces la rodeás por el costado. Cuando tenés 50 años, te parás adelante y decís: “¿Vale la pena pasar del otro lado?”. A mí hoy me pasa eso.

-¿Y a los 60?

-Yo estoy cerrando mi carrera. Me estoy retirando. Yo siempre le digo a los jugadores que se preparen para vivir el mejor año de sus carreras, porque yo me preparo para el mío igual. Como en el caso de los jugadores que se retiran, cada temporada que pasa no es una más, sino una menos. Estoy en la etapa de cierre. Dentro de un tiempo voy a decir basta. Y de la misma manera que llegué, voy a agarrar el bolsito y me voy a ir para Rafaela con la sensación del deber cumplido. Me pueden cambiar todo, pero mi esencia no va a cambiar. 

 

Carlos Sarraf

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