Historias de la Trova (XXX)
Imagen: Andres Macera
  • Era Pablo el Enterrador mi grupo favorito y lo iba a ver como un fan, mas que como amigo. Esa noche acudí a la Lavardén acompañado de una noviecita que casi no había salido del barrio y apenas si conocía un poco el rock. Fui a saludar a los chicos y en broma me puse una funda de bajo por la espalda. Lucía como un Alien según me miré al espejo. Entonces la idea llegó rápidamente. Me pusieron una toga negra con una cruz invertida hecha con cinta y a minutos del show me ofrecieron hacer de presentador. Ni tiempo de avisarle a la dama tuve que ya estaba levantándose el telón. No sé bien lo que dije pero me presenté como una especie de Papa anticlerical que había llegado para bendecir al grupo. La gente aplaudió el cuadro y empezó a sonar el grupo. Me deslicé sin el ropaje por el costado hasta llegar al asiento cercano a mi chica. Nada dije. Ella solo murmuró al oído: “Ese tipo, che... ¡qué tarado! ¡Burlarse así de su Santidad!”

    Me sentí un poco solo y descontento con mi olfato para elegir compañía. No obstante esa noche, algo más que una hostia y una confesión obtuve  percutiendo el pecado sobre una de sus hijas. Luego, como un diablo malo me fui en la noche cavilando por el triunfo que en el fondo se había convertido en un podio sin gloria alguna.

     
  • “Pobre gente, creen que ser un músico de rock es el Paraíso, pero no saben que es un trabajo más. Te endiosan demasiado. ¿No saben que uno es un tipo común y corriente? ¿Que uno come, va al baño, duerme y vive como el resto? En el fondo quieren tu alma, parecerse a vos. Hay que tener cuidado con los fans, te pueden terminar matando por envidia”. Estas y otras frases desgranaba aquel que en un tiempo tocara en una banda que durara microsegundos de éxito en la Humanidad Musical y que sacara un simple que alcanzó para llenar un barcito amable con 100 personas y una nota de 10 cms. en el diario. Pero el tipo, ya pasados los años insistía con la cantinela. Y andaba por el mundo con lentes oscuros, atontado detrás de una fama que jamás siquiera rozó los nudillos de su madriguera. A veces la música no es una profesión, sino una patología.

     
  • Aquel músico de la Trova estaba usando sus artes demoníacas de seducción a domicilio: iba a la casa de una señorita a enseñarle los rudimentos de alguna canción y de paso enseñorearse con las propias con el fin oculto de perseverar luego en su lecho. Estaba una mañana en la casa de la dama -departamento interno, decorado indigenista- cuando una sombra atravesó como un suspiro el hueco, el pulmón que había entre dos edificios. Un golpe seco. Se paró  alarmado:

    -- ¡¿Qué... qué fue eso!? -tartamudeó.

    La chica, cebando un amargo, con naturalidad, sin atisbo de sorpresa:

    -- Ah, debe ser la vieja del noveno que siempre amenaza con matarse... Capaz que hoy lo logró –dijo y le alargó el mate lleno. Se fue enseguida, luego de comprobar que, efectivamente, el cuerpo caído allá abajo era el de la señora.

    -- Estas viejas chotas viven amagando… al fin se le dio, ¿no? -alargó la damita. Le corrió un  frío por la espalda y  suspendió la clase para retirarse confundido y asustado. Tamaña insensibilidad, lo sabía, le producían ausencia de erecciones y de respeto humano. Ella, sorprendida, le preguntó cuándo volvería. Él le dijo que cuando la vieja resucitara. Es decir, nunca.

    -- Yo no me llamo un polvo –adujo, para su dignidad.

     
  • El pibe de La Trova andaba esquivo de billetes, hambreado de comida y de amor desde un largo período. Cuando aquella revista lo invitó a tocar para festejar un aniversario, ni lo dudó. Aceptó un monto bajo y allí fue. Tocó y al otro día se presentó a la Redacción solo para recibir malas noticias:

    -- Mirá, le dijo un empleado... el jefe no está y dejó dicho que no pudo juntar nada de guita. Te dejó esto, un canje… algo es algo. El músico, no acostumbrado a levantar la voz, tomó intrigante el sobre y se fue, pensando que obtendría vouchers para comida o algo así. Lo abrió en la esquina: “Felinas, ropa íntima para aquellas ocasiones”, se leía en la tarjetita. Y un vale por un conjunto completo de ropa interior provocativa. No supo si reír o llorar. Empezó a diluviar, además.

     
  • El músico rosarino había sido llamado para que aquel otro, porteño y ganador, le ayudara con las letras de su disco.

    -- Son feas, hay que cambiarlas a todas -se dijo el primero para sí, pero por respeto calló. Estuvo trabajando arduo unos días y al culminar el trabajo, el otro le llamó para informarle que desde la compañía de discos le habían ordenado que no cambiara nada.

    -- Una lástima... ¿Y nosotros cómo arreglamos con la guita? 

    -- Ah, eso se lo tengo que pedir a mi productor -culminó el contratista. Nunca pagó nada y, para colmo, una noche el rosarino vio y oyó en una tira sus frases colocadas en otra melodía. Lo que constituía un robo cambiado. Un escruche, al decir tanguero. Al día siguiente lo fue a buscar a su estudio y el socio le dijo que no estaba. Luego hizo la denuncia en Sadaic sabiendo que no había pruebas. Harto de perseguir a un fantasma le dejó en el contestador la oración siguiente: “Mañana voy a estar en Hard Rock Café a las 10 de la noche. Mejor que me lleves la guita porque, de lo contrario… ¡fuiste!”. A esa hora, el rosarino ya estaba escrutando su reloj. Apareció el porteño y le indicó que lo siguiera. Fueron a la playa de estacionamiento. “Este saca un arma y me mata”, pensó remedando lugares comunes. Al llegar a la chata importada, el otro abrió el baúl y le entregó una viola flamante, carísima en su estuche.

    -- No puedo pagarte pero quedate con esta. Intuyó que era un canje, pero no le importó.

    -- Gracias, pero todavía me debés la plata -culminó y, dando la espalda se fue, esperando a cada paso sentir el impacto de una  bala o una descarga de fusilería, ya que el encuentro bien podía aparecer situado en una trifulca de federales contra unitarios.

     
  • La chica tenía un novio, pero la música rosarina la había conquistado, por ende vivía a dos bandas. Cuando en el balcón dejaba una prenda roja, era señal de que estaba acompañada; cuando había una blanca, señal de que el artista la podía visitar. Esa tarde el flaco pasó, miró hacia arriba y vió flamear la bandera clara como una invitación. Lo que ignoraba es que la señora de la limpieza, minutos antes, sin que la dueña lo advirtiese, había reemplazado el suéter rojo, ya seco, por una toalla húmeda y blanca. Tocó el timbre del departamento y al ver la cara de horror de la chica improvisó:

    -- Soy el plomero que usted llamó ¿Puedo ver el problemita? -preguntó fuerte. La vestimenta lo ayudaba: borceguíes, pantalón azul de trabajo, campera gris y gorra, más una mochila al hombro. Como reparaba guitarras, tenía ciertas herramientas que podían contribuir al embuste.

    -- Sí, claro -contestó ella, asustadísima.

    -- ¿Quién es, amor? -se oyó desde adentro. Y la aparición en escena del novio que, por suerte, no conocía al recién llegado. Estuvo como dos horas bajo la pileta haciendo que hacía mientras, condescendiente, el “oficial” le cebaba unos amargos y se hacía amigo. Ninguno lamentó ni descubrió el hecho, y no corrió sangre. La señora de la limpieza recibió la descarga de palabrotas de parte de la chica, solo eso. Luego, la calma y la búsqueda de un mejor sitio de amor, sin estandartes señales ni falsos oficios.

    -- Ya está señora, era un clip que tapaba el conducto -había susurrado el músico. Y solo aceptó un billete que le extendió el novio de la chica. Con eso se tomó tres whiskies en la esquina para bajar la taquicardia.

     
  • El cuento es reciente: un amigo de la Trova llamó a albañiles a su casa para remodelar su casa-estudio-garage-tienda de los Milagros. Estuvieron un tiempo largo derrumbando y amasando portland; tras una semana en la que él estuvo afuera -al regresar- el jefe lo llamó aparte y por lo bajo le sostuvo muy serio:

    -- No es para ofender, pero uno de los muchachos me dijo que arriba hay una planta de droga, de la marihuana o cocaína, no sé muy bien.

    El dueño se sobresaltó actoralmente y puso su mano en el pecho.

    -- ¡No puede ser! !Es una locura! -y pidió que lo acompañara al sitio donde estaba: era la preciosa planta de cannabis a punto de dar sus capullos. Lo tomó por el hombro.

    -- ¿Sabe Don Juan? Yo aprendí mucho sobre estos yuyos: caen en una maceta y en dos días crecen así, como la vemos... ¿Cuánto hace que ustedes no venían? ¿Una semana? Bueno, es el tiempo que precisa para crecer. ¿Entiende?

    Y como ya era el tiempo de madurez y secado, el músico arrancó los manojos y ficticiamente enojado se puso a hablar solo.

    -- Vaya uno a saber de dónde viene esta porquería, Don Juan. Deme ¿Quiere que la tire afuera?. No, mejor no, yo mismo la voy a llevar al conteiner hoy mismo.

    El tal Juan asintió satisfecho, el amigo le sonrió detrás y esa noche puso a reposar el plantío con una delicada tanza dentro de su habitación, bajo cuatro llaves.

     
  • Ella llegó sola. Era muy alta, muy bonita para ser verdad, y se sentó en primera fila mostrando delicadamente sus muslos. La profesión de músico exige coraje para no desconcentrarse y fervor por los regalos que Natura ofrenda. Todos los del escenario la vieron; las gentes no, ya que la ubicación de ella era estratégica al extremo. En el entreacto fueron los artistas al camarín y comentaron exaltados la belleza ambulante que se había aposentado ahí mismo, delante de ellos, casi tocando sus instrumentos. Uno se asomó y comprobó que ya no estaba. El sonidista, canchero y filosofal, se les acercó con una botella de cerveza. Una sonrisa extraña le bailoteaba por la boca.

    -- Escuchen la historia que no es nueva: la chica de la que hablan siempre hace lo mismo con todos: se sienta adelante para enloquecer a los músicos.

    -- Y tiene razón ¡Es una diosa! ¡Una potra! ¡Una bestia!

    Todos a su tiempo le despacharon piropos variados de machos alzados. El sonidista llenó el último vaso y, levantando la copa, solo murmuró:

    -- Brindo por ella y su felicidad teatral, y también por su hermosura. Ella es “él”, muchachos, así que vayan acomodando sus cerebros o sus ganas ¡No vale arrepentirse! -y largó una carcajada extraordinaria.

 

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