Sumergida en el pantano, en un diálogo intranquilo con su madre cocodrilo, Gloria no puede parar de imaginar otros mundos. Escribe y dibuja en la celda de castigo y se ha armado un árbol genealógico de fábula en el que ella es el engendro mítico entre un hombre y una reptil hembra.

Gloria es una adolescente institucionalizada por una serie de situaciones absurdas. Comportamientos destemplados que suman sanciones como las leñas de una fogata que no deja de arder. Su madre adoptiva queda suspendida en un largo monólogo donde intenta explicar quién es Gloria. La dramaturgia de Judith Thompson está fundada en ese estado de detención que el confinamiento de Gloria parece contagiar a todos los personajes. En esta realidad a las personas les ha tocado el lugar de vigilantes o de castigadas y, al parecer, el solo hecho de vivir, de desechar la obediencia, las convierte en seres obligados a la reclusión. 

El tercer personaje es Abigail, la guardiacárcel que también se ocupa de disertar sobre Gloria como si ella fuera alguien a estudiar pero no ya a corregir. En la forma de castigo que indaga la autora canadiense lo que importa es que la reclusa pierda toda voluntad, todo reflejo de deseo y de irreverencia. Pero Gloria siempre parece dispuesta a la inventiva, a la palabra rabiosa que dirige al monitor de la cámara por el que sabe que la espían. Lucía Tomas le da a su personaje un alma que no se rinde, una fiereza para seguir con desparpajo por ese tembladeral de denuncias y controles. El modo en que Gloria se interpone a esa dominación, aún con el acting de esa muerte que ensaya como la escena más lograda para el público penitenciario, tiene la belleza de la persona que no acepta conseguir la libertad al precio de volverse una muerta en vida.

Su madre dice que podría haber sido una líder política pero Thompson no quiere darle épica a su criatura sino revelar el absurdo. Escupir en la cárcel obliga a una denuncia y a sumar varios meses a su reclusión ¿Cómo soportar el encierro sin que el cuerpo reaccione como una llamarada?

En el dispositivo brillante que armó Jorgelina Herrero Pons la celda tiene el tono fantástico de la ilustración de Silvia Maldini como el reflejo de la cabeza agitada de Gloria. El espacio dividido sostiene la imposibilidad de hablarse cara a cara, la soledad de las tres mujeres que no dejan de estar atrapadas en el mismo hilo de dolor, aunque Abigail se convierta en la verdugo de Gloria. Esa atadura a la burocracia, esa imposibilidad de leer los hechos por fuera del tamiz del dinero, convierte al personaje de Armenia Martínez en un engranaje del sometimiento. 

Lucía Tomas tiene la potencia de esa actuación que deja una marca de autoría, algo inmenso que narra en la escena, que permite entender a un personaje despiadado con ese entorno que no la comprende, al que se niega a ofrecerle la hermosura de su vida. 

La puesta en escena de Pablo D’ Elía es muy gráfica, no solo por la separación que da cuenta del quiebre que el sistema establece entre estas tres mujeres y que evita la acción como encuentro entre los sujetos, sino porque la interioridad de los personajes parece estar expresada en imágenes. La casa de cuento donde la madre aguarda el regreso de la hija es como una herida a la ilusión de felicidad. El monitor en el escritorio de Abigail hace de Gloria una presencia que determina todo lo que pasa. La chica, bajo un estado de observación constante, es una obsesión y la letra de esa ceremonia institucional. El no poder tocarla hace del cuerpo de Gloria su única posesión y es allí, en la cabeza que le encriptaron con el electroshock y en el cuerpo que desean lastimar, donde ella encarna los actos definitivos de la obra.

   

Viendo morir a Gloria se presenta los viernes a las 21 en Beckett Teatro.

Guardia Vieja 3556. CABA.