Las Herederas, la película paraguaya premiada en Berlín
Nuestro modo de vida
Después de hacer historia como la primera película del Paraguay estrenada en el Festival de Berlín, Las herederas de Marcelo Martinessi llega a las salas argentinas. Es la historia de Chela, una mujer adulta de Asunción que se ve obligada a vender sus objetos caseros más preciados, y la de su pareja, Chiquita, a punto de ingresar a una prisión preventiva. En esta entrevista Martinessi habla de las dificultades de hacer cine en Paraguay, de la burguesía paraguaya –a la que pertenece–, del autoritarismo y la homofobia de su sociedad, del golpe al gobierno de Fernando Lugo y de qué significa para un cineasta carecer de una tradición cinematográfica local en la que reconocerse.
Chela es Ana Brun, actriz debutante y ganadora del Oso de Plata en BerlínChela es Ana Brun, actriz debutante y ganadora del Oso de Plata en BerlínChela es Ana Brun, actriz debutante y ganadora del Oso de Plata en BerlínChela es Ana Brun, actriz debutante y ganadora del Oso de Plata en BerlínChela es Ana Brun, actriz debutante y ganadora del Oso de Plata en Berlín
Chela es Ana Brun, actriz debutante y ganadora del Oso de Plata en Berlín 

Como si se tratara de una venta de garage lujosa, la mujer camina por el living de la casa inspeccionando con detenimiento los cuchillos de plata y las copas de cristal de roca, pregunta precios, consulta si tal juego de piezas está completo, pasa las manos por la mesa del comedor diario y las sillas a tono, tipo Luis XV o Luis XVI, se acerca al reloj de péndulo heredado a través de vaya uno a saber cuántas generaciones, vuelve a preguntar por la araña que cuelga del techo. Alguien observa esos movimientos y sonidos detrás de una puerta apenas entreabierta y la cámara refleja, imita su mirada. Se trata de Chela, una mujer de unos sesenta años, habitante del centro de Asunción, que de pronto se ha visto obligada a desprenderse de varias piezas del mobiliario que la acompañó durante gran parte de su vida. Suyo y solamente suyo será el punto de vista durante las casi dos horas de proyección de Las herederas, primer largometraje del paraguayo Marcelo Martinessi y la primera película de ese origen invitada a participar de la competencia oficial del Festival de Berlín. 

Justamente en la capital alemana, a comienzos de este año, la película se terminó llevando a casa el prestigioso premio Alfred Bauer y el Oso de Plata por la mejor actuación femenina. Un impulso fenomenal para que este proyecto que llevó unos cinco años de proceso, desde la idea original hasta la finalización del montaje, haya sido elegida por su principal país productor como emisaria para los premios de la Academia de Hollywood y los Globos de Oro. Al momento de la entrevista, el realizador se encuentra precisamente en Los Angeles, en plena campaña de promoción de su obra. “Estamos mostrando la película y participando de cócteles. Es una cosa un poco rara para una película tan pequeña, pero lo estamos haciendo”. La inevitabilidad de las reglas del juego a la hora de intentar el ingreso a esa categoría que, a fuerza de corrección política, cambió su nombre por el de Mejor Película de Habla No Inglesa.

Hacer cine en Paraguay no es tarea sencilla y, más allá de fenómenos excepcionales como el de 7 cajas (2012), la película de Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori que fue un éxito de público en su país y también en la Argentina, conseguir la financiación necesaria para un proyecto como el de Martinessi no fue nada fácil. Es por esa misma razón que Las herederas, que tendrá su lanzamiento comercial en nuestro país dentro de un par de semanas, incluye capitales de países vecinos como Brasil y Uruguay y de otros más lejanos como Francia, Alemania y Noruega. Para el director, que vive una parte del año en su país natal y otro tanto en Londres, “la cultura paraguaya se produjo mayormente desde afuera. No quiero decir toda, pero sí mucha. Augusto Roa Bastos vivió lejos de Paraguay. Gabriel Casaccia, nuestro otro gran autor y una gran inspiración en el proceso de escritura de Las herederas, vivió en Posadas y luego en Buenos Aires. José Asunción Flores, el creador del género musical conocido como guarania, vivió mucho tiempo afuera. Agustín Pío Barrios, compositor de guitarra clásica, también. Paraguay es un país que históricamente se pensó desde la distancia y creo que eso tiene que ver con su forma de pozo, que en muchos casos te hunde. Para mí la única forma de pensar la película fue saliendo de Paraguay y teniendo la distancia para observar mi país. No quiero quitarle méritos a la gente que hoy crea obras estando dentro, desde luego, pero en mi caso fue muy importante entrar y salir varias veces, mirar de cerca y luego desde lejos. En cuanto al cine, a diferencia de los argentinos, por ejemplo, crecimos sin ver nuestro modo de vivir o escuchar nuestra forma de hablar en la pantalla”. 

Chela (la debutante Ana Brun y ganadora del Oso de Plata) mira con disgusto como sus bienes son sopesados y desea que nada se venda, que todo quede en casa, consciente al mismo tiempo de que necesita el dinero. Quien hace las veces de improvisada vendedora hogareña es Chiquita (Margarita Irun), su pareja de toda la vida, quien está a un pasito de pasar unos meses en la cárcel, con prisión preventiva: un préstamo y la falta de pago se transformó súbita e injustamente en un caso de estafa. La vida para ambas ya no será lo que era. Para mal y, también, para bien.

Perder privilegios

Antes de su primer largometraje, Martinessi había realizado algunos cortos, dos de ellos basados en cuentos de Roa Bastos y Carlos Villagra Marsal. Las herederas nació de una sensación de urgencia que llegó luego del año 2012. “Me desempeñaba como director de la televisión pública paraguaya y en ese momento se dio el golpe de estado, la destitución del gobierno de Fernando Lugo. Sentí que la clase social de la cual provengo, una clase privilegiada, había apoyado ese golpe con tal de no perder los privilegios. Cuando suceden esas crisis uno se pone a pensar de dónde viene y entiende cosas que usualmente tiene naturalizadas, se hace preguntas que antes no se hacía. Empecé a reflexionar sobre el entorno en el cual crecí. Un mundo de mujeres, además. Un mundo de Mamá, tías, abuelas, niñera. Mi memoria del mundo tiene que ver con esas voces de mujeres y, a partir de allí, comencé a buscar una forma de contar algo, aunque todavía no sabía bien si se trataba de un registro documental o de ficción. Comencé a escribir algunos diálogos y a tratar de entender las impresiones que tenía de ese lugar del cual yo venía, en un sitio tan particular como Paraguay, que tiene una larga historia de autoritarismos y que ha sido siempre muy machista, pero donde, a pesar de ello, las mujeres han tenido históricamente un rol muy importante. La construcción de los personajes parte de personas que conozco. Más allá de lo que le ocurre a Chiquita, creo que lo central en la película es la idea de las prisiones: un país donde la gente está constantemente presa: en una clase social, en una relación, en una casa”. Chela no quiere levantarse de la cama. Mucho menos ir a esa fiesta en un karaoke donde deberá volver a ver a muchas de sus amistades. Lo mejor para Chela (eso piensa ella, al menos) es quedarse en casa, rodeada de las cosas de las cuales tanto le cuesta desprenderse. Económicamente, al menos, es una mujer caída en desgracia, pero al realizador le parece que esa es apenas una primera impresión. “Creo que los personajes empiezan a vivir justamente a partir de esa ‘caída’. Eso es también lo que vi en mi entorno. Ustedes los argentinos tienen una frase que me gusta mucho: la idea de vivir en un termo. La gente que vive en un termo se pierde de muchas cosas y cuando, de repente, tienen la oportunidad de salir –a veces forzosamente, como ocurre en la película– y empezar a mirar alrededor, esas personas ganan mucho, empiezan a desear, a sentir, a vivir”.

“Las herederas es la historia de una clase social muerta, una elite”, continúa Martinessi. “Una pequeña burguesía que está muerta justamente por su encierro; se fue muriendo de a poco por su incapacidad de conectar. La película es la historia de dos personas que, a partir del momento en el que dejan de pertenecer, empiezan a vivir. Claro que hay una resistencia, porque es la reacción natural de una persona que todo el tiempo está tratando de seguir anclada al lugar al que pertenecía. Supongo que es algo universal y que la historia también podría ocurrir en Argentina. Tal vez no en Buenos Aires pero sí en alguna provincia, como Santa Fe. Es algo muy latinoamericano, esa burguesía de apellidos largos y bolsillos cortos que, con el tiempo, comenzó a perder estatus económico. Estas dos mujeres en la película son como el último eslabón de ese proceso de pérdidas”. Chela y Chiquita son pareja, viven juntas desde hace mucho tiempo, pero el deseo ya no parece formar parte de sus vidas. Sí el cariño, sostenido en gran medida por la compañía mutua y la fuerza de la costumbre. Chela es, justamente, un animal de costumbres y una taza ubicada en el extremo equivocado de la fuente puede provocar un pequeño enojo, como nota la señora que ha comenzado a servirle luego del encierro de Chiquita. Chela pinta cuadros, de manera estrictamente amateur, y esa es la única actividad que parece sacarla un rato del modo standby en el que está sumida, a la espera del regreso de Chiquita. La película sería muy diferente si la protagonista estuviera casada con un hombre, como dicta la tradición, pero a pesar de que esa relación es conocida por los familiares y amigos parece ser un tema que se da por sentado, del cual mucho no se habla. “Ellas no son lesbianas militantes y ni siquiera son personas que viven cómodas en su propia piel. Son hijas de una generación de mucho autoritarismo, personajes que para sobrevivir tuvieron que vivir con identidades prestadas. De alguna manera, son lesbianas homofóbicas. Hay una escena que para mí es muy importante: cuando regresan del karaoke y Chiquita le dice a Chela algo así como ‘ah, esa chica que parece un mitaí’, refiriéndose a una joven invitada a la fiesta. En castellano paraguayo, con préstamo del guaraní, mitaí quiere decir muchachito. Si fueran otra clase de mujeres jamás tendrían ese nivel de homofobia. Me interesaba hablar de mujeres que, de alguna manera, están en un closet, escondidas en un lugar y mirando la vida desde ahí. Encerradas en sí mismas y nada cómodas con su cuerpo y sus deseos”.

El país de las mujeres 

Chela no sería la misma –es decir, sería otra muy distinta– sin el rostro y el cuerpo de Ana Brun, la tía de un amigo del realizador, alguien con cierta experiencia como actriz teatral en el pasado que, sin embargo, no había pisado un escenario en quince años. Para el director, “su capacidad expresiva es notable: ella puede contar una historia con sus ojos. Ese es un gran don y fue la respuesta a mi gran problema: encontrar a alguien que pudiera narrar algo de su mundo interno sin diálogos”. La mirada de Chela/Ana es triste, melancólica, incluso de desesperanza. Ahí es cuando aparece Angie. Casi de casualidad, Chela termina convertida en remisera. Sin siquiera un registro de conducir. Una vecina, Pituca, le pide el favor de llevarla a un juego de naipes con sus amigas y esa primera vez se transforma en rutina. Por la cual, además, recibe un pago. Una manera de hacer plata sin depender de las limosnas de familiares y amigos. Primero con reticencia, luego con determinación, finalmente con placer. Sobre todo luego de que Angie, una mujer más joven, sensual y frontal, comienza a despertar en Chela algo que llevaba dormido una eternidad. “Angie es el viento fresco que aparece sin querer en la historia de Chela y que comienza a remover algunas cosas en ella, el deseo de volver a sentir cosas. Por otro lado, esa mujer más joven es diferente a las otras, que son chismosas y todo el tiempo hablan de los demás. Angie habla de sí misma, de sus hombres, de sus deseos, de sus historias. Creo que su generación, que es la mía, es una suerte de bisagra, es la generación que comienza a cuestionarse el modus operandi de una sociedad muy conservadora y también muy poco honesta”. Menos Angie, todas esas mujeres tienen un apodo: Chela, Chiquita, Pituca, Pati, Pitita, que el director admite son los nombres reales de algunas de sus tías-abuelas. Es un universo un tanto (un mucho) endogámico, que las conversaciones con Angie comienzan a ampliar, a diversificar, como si otros mundos cercanos que estaban invisibilizados por un velo oscuro de pronto pudieran verse bajo la luz más incandescente.

La mirada de Martinessi hacia esos personajes no deja de ser cruda, pero nunca llega a mirarlos con desdén. Menos aún con intención de hacer daño. “Hubiera sido muy injusto contar esta historia sin algo de humor. Siempre me pareció que las mujeres latinoamericanas de clases privilegiadas son fáciles de transformar en caricatura. Y a pesar de que una anciana como Pituca puede decir cosas muy hirientes, lo hace de una manera que la hace querible. Una de las cosas que más me ha gustado es que, al acompañar la película a lugares como Corea o Túnez, algunos espectadores me han dicho ‘esa mujer se parece a mi abuela’. El construirlas como personajes no detestables permite cierto grado de identificación, un mundo de mujeres mayores que ya no tienen filtros y dicen frontalmente lo que piensan. Pero sin ir hacia el extremo, ya que en Paraguay la gente puede digerir un personaje diferente, sea cual sea esa diferencia, siempre y cuando pueda reírse de ellos. Por ejemplo, una pareja de hombres gay muy amanerados. La idea aquí era la opuesta: incomodar a partir de la imposibilidad de ubicar a los personajes en un lugar sencillo”. La casa que abre y cierra la película, mientras tanto, comienza a vaciarse de muebles, pero a Chela ya no parece importarle tanto. Y el título de la película adquiere un nuevo y más luminoso sentido.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ