Opinión
Héctor y la memoria
Imagen: Guadalupe Lombardo

Murió Héctor, me dicen al amanecer de este último domingo de 2018. Y con el dolor de la noticia se apelotonan los recuerdos de una amistad de varias décadas, diferentes geografías y algunos hitos que testimonian la calidad humana de uno de los mejores cancilleres que tuvo la Argentina.

La noche del 19 de diciembre de 2001, cuando salimos juntos de un programa de televisión que él conducía y se grababa en Callao y Riobamba, nos encontramos con sus dos hijas adolescentes –Yordi (Jordana) y Mandy (Amanda)– y nos unimos a la impresionante marea humana que marchaba por Corrientes rumbo a la Plaza de Mayo. No sabíamos que esa noche se escribía una de las páginas decisivas de la Argentina contemporánea, pero nos sumamos entre sorprendidos y esperanzados a la masiva manifestación que colmó la Plaza, donde a las once de la noche decenas de miles de ciudada[email protected] fuimos reprimidos de manera bestial. Bajo la lluvia de disparos y gases lacrimógenos nos lanzamos a correr pero la marea nos separó. Héctor alcanzó a pedirme y ordenarme, en un mismo grito, que protegiera a Yordi mientras él jalaba a Mandy, y en medio del escándalo ellos por San Martín y nosotros por 25 de Mayo conseguimos huir hacia el Bajo, donde nos encontramos una hora después.

Un mes más tarde, cuando en enero de 2002 convoqué a decenas de [email protected] de todo el país para fundar El Manifiesto Argentino, Héctor fue el primero en aceptar. Y juntos convocamos a la primera reunión, a comienzos de febrero, en la ciudad de Rosario. Y a partir de entonces fueron muchos los encuentros y convites en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Santa Fe, y también en Resistencia, donde en abril de 2004 y en calidad de director de la revista Debate, participó en un ciclo de dos noches de discusiones políticas organizadas por nuestra Fundación, junto con el entonces arzobispo de Resistencia, Carmelo Giacchinta; la dirigente del ARI Elisa Carrió; la docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA Alcira Argumedo y el rabino Daniel Goldman, de la comunidad Bet-El.

Entre ese 2004 y 2007 nos vimos varias veces en Manhattan, cuando él era cónsul general en Nueva York y yo enseñaba Literatura en la Universidad de Virginia. Y en diciembre de 2010, pocos días después de asumir como canciller, me invitó a una charla íntima en su departamento de Palermo. Exultante e hiperactivo, me contó sus planes y me invitó a colaborar, aunque sabía de mi rechazo a ser embajador en Cuba o en México, cargos que me había ofrecido en 2003 el presidente Kirchner. Quedamos en mantenernos cercanos, nos dimos un abrazo y no volvimos a vernos hasta finales de 2011, cuando él, siendo canciller, caminó toda la calle Florida al caer la tarde y hasta la librería Distal para acompañarme, sentado entre el público, en la presentación de mi libro Cartas a Cristina. Fue una agradable sorpresa y un gesto fraternal. Al libro lo presentaron Ricardo Forster, Jorge Fernández Díaz y Eduardo Anguita y al final Héctor pidió la palabra, hizo un aporte y brindamos todos con el público. La grieta entonces no existía, o al menos no para quienes se comportaban como caballeros.

Héctor fue canciller desde junio de 2010 y hasta diciembre de 2015 y en esos años lo visité varias veces en la embajada, en Washington, y en una ocasión él retribuyó con una visita oficial a la Universidad de Virginia. Por entonces, y además de dar clases a dos horas y media de Washington, yo escribía regularmente en la revista Debate, dirigida por su socio y amigo Marcelo Capurro. 

Creo que dejamos de vernos en 2012 o 2013. El era un alto funcionario y aunque cada tanto hablábamos por teléfono, era obvio que sus tiempos y compromisos le dificultaban o impedían las deliciosas prácticas de la amistad.

Después vino la hecatombe que hoy padecemos, y él –judío practicante y muy religioso– empezó a ser acosado por casi todas las organizaciones de la colectividad. La miseria humana, la mentira contumaz, las infamias del ocultamiento de la verdad jamás esclarecida de los atentados a la AMIA y antes a la embajada de Israel, y la cachivachesca Justicia argentina en manos de miserables mercaderes hicieron el resto. Había que aniquilarlo, y lo lograron. Por eso para mí Héctor Timerman no murió; lo mataron.  

Hablamos por teléfono varias veces a lo largo de este año que termina. La última fue en julio, y me pidió que lo visitara. Su voz ya era débil, pero nos prometimos pasar juntos toda la tarde siguiente y “ponernos al día”. Pero un par de horas después me llamó y me dijo que no podía, que no se sentía bien, que lo disculpara. Era la segunda o tercera cancelación. Nos abrazamos a la distancia.

Ahora, al enterarme de su muerte, me derrumbo en la flamígera mañana chaqueña. En esta casa hoy se llora al amigo y compañero, y se putea al jodido 2018 que termina arrebatándonos esta misma, última semana, a Héctor y otros dos imprescindibles: Osvaldo Bayer y Jaime Torres. No tengo dudas de que en algún lugar se encontrarán los tres; en alguna esquina o peña o pavimento del misterio, porque así son los senderos de la eternidad que ignoramos y no sabemos ni imaginar. 

Pero hay tres cosas que sí sé: que Héctor no murió nomás, sino que lo mataron. Que ya tiene un lugar importantísimo en la memoria del pueblo argentino. Y que ese lugar es para siempre.

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