Byung-Chul Han
El alquimista
Sus ensayos breves, intensos y fulgurantes tratan acerca de complejos problemas teóricos que, sin embargo, afectan a todas las personas en tanto consumidores, trabajadores sometidos a alta presión, nómades digitales, habitantes de megalópolis, seres de todo el planeta amenazados por la angustia y la depresión. Nacido en Seúl, Corea, estudió letras y filosofía en Alemania donde actualmente reside en la ciudad de Berlín y donde se especializó en Heidegger. Byung-Chul Han, cuyos libros empezaron a publicar en Argentina editoriales como Herder y Caja Negra, es un filósofo de culto al que vale la pena comenzar a conocer.
Imagen: Isabella Gresser

La búsqueda constante de optimización. Pensamientos positivos y autosuperación personal. El cuidado del cuerpo y la salud. El horror al vacío y al  aburrimiento: para Byung-Chul Han son expresiones de una época dominada por el exceso de positividad. La tesis general que guía los libros del filósofo surcoreano denuncia la saturación de lo positivo en un mundo que ya no tolera rastro alguno de negatividad. En su diagnóstico se propagan males como la depresión, los trastornos de atención y el suicidio. Patologías que se extienden como una epidemia desde comienzo de siglo y tienen como denominador común desatar una guerra al interior de cada individuo quien, fatalmente, terminará luchando contra sí mismo.

La sociedad del rendimiento y la autoexplotación voluntaria es para Han el resultado de un cambio de paradigma de dimensiones ontológicas que también se expresa en el arte, la política, el erotismo, la comunicación y se inmiscuye en cada recoveco del alma humana. A lo largo de sus libros, que son muchos y breves como estocadas, Han se aboca a analizar las diversas consecuencias engendradas por esta nueva sociedad del rendimiento y la positividad: “La sociedad disciplinaria de Foucault, hecha de prisiones, hospitales, centros penitenciarios, cuarteles y fábricas ya no es un reflejo de la sociedad contemporánea. En su lugar, ya hace mucho tiempo que ha surgido una sociedad de torres de oficina de cristal, shoppings, centros de fitness, estudios de yoga y clínicas de belleza. La sociedad del siglo XXI no es una sociedad disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento”, advierte en Topología de la violencia, uno de sus últimos libros publicados en español

HEAVY METAL

Nacido en 1959, en Seúl, una megalópolis tecnológica de más de diez millones de habitantes, Byung-Chul Han hoy vive y escribe en la algo más tranquila Berlín, donde también dicta sus clases en la Universidad de Artes y es uno de los filósofos vivos más traducido, leído y discutido. A diferencia de otros autores, con sus intervenciones Han logró hacer trascender su obra más allá de los encorsetados círculos académicos. Por ejemplo, La Sociedad del cansancio, traducido a varios idiomas, agotó numerosas ediciones y se transformó de inmediato en un best-seller filosófico.

La carrera de Han es meteórica y brillante si además se tiene en cuenta que durante buena parte de su juventud se dedicó a estudiar metalurgia en la Universidad de Seúl. Abandonó después de provocar accidentalmente una explosión que casi lo mata -o por lo menos lo deja ciego- durante un experimento casero con sustancias químicas. Han era un nerd que se la pasaba investigando con materiales y en alguna entrevista (de las poquísimas que concedió)- reconoce que la tarea del filósofo y la del alquimista guardan estrechos y explosivos vínculos. Luego del accidente, a los 26 años y sin saber el idioma, llegó a Alemania con el pretexto de continuar sus estudios en metalurgia, siguiendo el mandato familiar. Pero sus planes en verdad eran otros: mintió a sus padres y se puso a estudiar Literatura Alemana y Teología en la Universidad de Munich. Su ritmo de lectura, algo ralentado, lo obligó a pasarse a Filosofía en la Universidad de Friburgo, donde, en 1994, finalmente se doctoró con una tesis sobre Martin Heidegger, junto a Nietzsche uno de los autores centrales en los desarrollos de Han, que en sólo nueve años adoptó un idioma hasta entonces desconocido y comenzó una prolífica carrera en pleno desarrollo.

“El lamento del individuo depresivo, Nada es posible, solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que Nada es imposible.” Han observa cómo mientras se enaltecen la hiperactividad, la aceleración, el rendimiento, la exposición y el no límite de la productividad, también crecen, a ritmo constante, el cansancio de la información, la fatiga de la atención, el burn out laboral, los trastornos de la personalidad y la depresión generalizada. En Topología de la violencia, traza una genealogía física que culmina, en la actualidad, con una descripción de los males provocados por la interiorización de la violencia bajo la sociedad de rendimiento: “La decapitación en la sociedad de la soberanía, la deformación en la sociedad disciplinaria y la depresión en la sociedad del rendimiento son estadios de la transformación topológica de la violencia. La violencia sufre una interiorización, se hace más psíquica y, con ello, se invisibiliza. Se desmarca cada vez más de la negatividad del otro o del enemigo y se dirige a uno mismo”. Para Han, la sociedad disciplinaria descripta por Michel Foucault, donde todavía rige el no, ya no da cuenta del estado actual de cosas: “Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados”. 

En La sociedad de cansancio describe cómo la fatiga infinita que acosa al hombre contemporáneo se origina cuando cada sujeto, bajo la apariencia de la libertad, de manera voluntaria, emprende un intensivo proceso de autoexplotación. Detrás del “Impossible is nothing”, del “¡Sí, se puede!” global, una maquinaria invisible diseñada como libertad empuja a cada individuo hacia la autoexplotación. Para Han, la consolidación del neoliberalismo reside en que el exceso de positividad, manifestado como un uso desinhibido de la libertad, ofrece infinitos incrementos en la tasa de rendimiento. El capital, expandido “psicopolíticamente” en la mente de cada individuo, sería ampliamente más poderoso y rendidor que cualquier forma de coacción externa, disciplinaria.

Así, arrojado de manera carcelaria a su propia y obligada libertad, el sujeto de rendimiento contemporáneo implosiona ante una carrera absurda por la mejora, el consumo y la atención sobre sí. La libertad tan anhelada, se transforma en un nuevo esclavismo bajo la sociedad neoliberal, que la convierte en su principal insumo. La sociedad de rendimiento prescinde de cualquier tipo de negativa coerción externa: los sujetos de rendimiento se abalanzan gustosos y convencidos hacia su propia autoexplotación: “La positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del deber”, advierte.

Atrapado en su rueda de hamster narcisista, donde gira cada vez más rápido sin saber bien hacia dónde ni por qué, el sujeto de rendimiento, un Yo hipertrofiado, sufre la violencia de la positividad que se expresa en aquellas enfermedades, cada vez más frecuentes, que provienen del propio sujeto. Al respecto, Han advierte que un severo “trastorno en la estructura de la gratificación”, asociado a la ausencia de un “otro”, obliga a producir cada vez más. Se trabaja “en lo abierto”, sin formas conclusivas que detengan la curva de optimización que devora el corazón de los autoexplotados. Como resultado, el Yo se hunde en una repetición narcisista y nunca se encuentra satisfecho: “En esta sociedad de obligación, cada cual lleva consigo su campo de trabajo forzado. Y lo particular de este último consiste en que allí se es prisionero y celador, víctima y verdugo a la vez”.

“Para incrementar la productividad, no se superan resistencia corporales, sino que se optimizan procesos psíquicos y mentales. El disciplinamiento corporal cede ante la optimización mental.” Las cada vez más difundidas técnicas de mejora neuronal (“neuroenhancement”) encubren la existencia de una verdadera “sociedad del dopaje” en la cual el ser humano es constantemente provocado a la optimización. Su contrapartida: la sociedad del cansancio y la depresión.

EL PODER AMABLE

En La sociedad de la transparencia, Byung-Chul Han toma la fórmula de Jean Baudrillard y señala “el infierno de lo igual” para denunciar una época dominada por un pornográfico estado de exhibición permanente bajo los dictados de la visibilidad. Para Han nos encontramos bajo el “dataísmo”, una “segunda ilustración” apuntalada en la técnica cuya nueva deidad es el Big Data, que, al positivizar en forma de datos cualquier comportamiento humano,”anuncia el fin de la persona y la voluntad libre” y vislumbra la ambición totalizante y despótica de la sociedad de la transparencia. Para Han, el Big Data es la reencarnación positiva del Big Brother orwelliano: la sociedad de la transparencia obliga a hacer cada vez más visible cada región de lo existente. Su objetivo es transformar en información cada elemento existente al punto que el pensamiento comienza a confundirse peligrosamente con el cálculo.

La transparencia es para Han un “dispositivo neoliberal” que de forma violenta “vuelve todo hacia el exterior para convertirlo en información”. La enajenante y agresiva  búsqueda de aceleración ilimitada de los procesos de intercambio subyuga todo lo existente bajo un lenguaje funcional que no resiste ningún tipo de opacidad, ambigüedad o fisura. “La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual”, sentencia. Bajo el imperio de la transparencia, exposición es sinónimo de explotación: “El capitalismo agudiza el proceso pornográfico de la sociedad en cuanto lo expone todo como mercancía y lo entrega a la hipervisibilidad”.

“La libertad y la comunicación ilimitadas se convierten en control y vigilancia totales. Cuando apenas acabamos de liberarnos del panóptico disciplinario, nos adentramos en uno nuevo aún más eficiente”. El panóptico digital “no nos impone ningún silencio. Al contrario: nos exige compartir, participar, comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos y preferencias; esto es, contar nuestra vida. Este poder amable es más poderoso que el poder represivo. Escapa a toda visibilidad”. Para Han, en redes como Facebook o Twitter, “la exhibición pornográfica y el control panóptico se compenetran”.

Bajo el totalitarismo digital y la dictadura de lo idéntico, “la trascendencia de lo absolutamente otro queda sustituida por la transparencia de lo mismo”. Las redes asumen la forma de un torbellino de egos que, gracias a su hipercomunicación, se vigilan mutuamente. 

Como el turista, que no deja de profanar cada rincón del mundo volviéndolo accesible, la hiperconectividad genera un intolerable torrente de imágenes y posibilidades que se amontonan tras la retina de los sujetos de rendimiento y empujan su ojo hasta retorcerlo sobre sí mismo. “Con el crecimiento de la transparencia crece también lo oscuro”, advierte Han.

LENTITUD Y EROTISMO

En El aroma del tiempo, analiza las consecuencias de una temporalidad absolutamente capturada por el exceso de positividad bajo la lógica del rendimiento: “Cuando el intervalo espacio-temporal solo está ligado a la negatividad de la pérdida y el retraso, todos los esfuerzos se concentran en hacer que desaparezca”. El desasosiego posmoderno, expresado en la constante búsqueda de eliminación de los tiempos muertos y la imposibilidad de cualquier demora contemplativa, representan para Han la muerte de la narración y un creciente empobrecimiento semántico y ontológico del mundo. “La multitud de posibilidades y alternativas hace que uno no tenga la obligación ni la necesidad de demorarse en un lugar. Demorarse largo y tendido solo provocaría aburrimiento”. 

Para Han lo que actualmente se percibe como una aceleración del tiempo, en verdad está vinculado a una incapacidad para acabar y concluir. “Solo las formas temporales del final generan, contra la terrible infinitud, una duración, un tiempo pleno, lleno de significado”. La continua discontinuidad del tiempo, la imposibilidad de “concluir con sentido”, provoca un insomnio mortificador en donde el presente se reduce a “picos de actualidad”. De ahí provienen el ajetreo y nerviosismo actual: un zapping vital en donde no es posible llegar hasta final de ninguna posibilidad. Han detecta que esa supuesta aceleración de los tiempos contemporáneos, en realidad, se trata de una “inquietud nerviosa que da tumbos de una posibilidad en otra”. Recuerda que, en otros tiempos, Dios se ocupaba de darle una “gravitación” al tiempo, como un estabilizador. Ahora, “el tiempo se precipita como una avalancha porque ya no cuenta con ningún sostén en su interior”.

En el tiempo de la sociedad de rendimiento, cosido por puntos, atomizado, el intervalo entre cada evento se presenta como una duración vacía, un entretiempo que debe ser neutralizado constantemente con novedades y radicalismos. Hecho de presentes como puntos intermitentes, para Han, el tiempo del capital, sin narración ni tensión dialéctica, pierde su aroma: “El tiempo se precipita, se agolpa para equilibrar una falta de Ser esencial, aunque no lo consigue, porque la aceleración por sí misma no proporciona ningún sostén. Solo hace que la falta de Ser resulte incluso más penetrante”.

En La agonía de Eros, analiza como el erotismo, que descansa en la ambigüedad, el secreto y presupone la negatividad del misterio, queda abolido por el ascenso de la hipernitidez de la pornografía y sus sucedáneos. El exceso de oferta de otros bajo el infierno de lo igual, conduce a una crisis del amor, una erosión de la alteridad del otro y a una desaparición de la experiencia erótica. Para el narcisista sujeto de rendimiento contemporáneo, “todo es aplanado para convertirse en objeto de consumo” y el mundo sólo se presenta como una proyección de sí mismo. “No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo con esta alteridad”. “Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo”. 

El amor se positiviza como sexualidad y cae bajo la lógica del rendimiento: “la sensualidad es un capital que hay que aumentar”. Para Han, sin negatividad, en la sociedad de rendimiento, donde todo es posible, donde todo es iniciativa y proyecto, no hay acceso al amor como herida, pasión y desgarro: “La ausencia total de negatividad hace que el amor hoy se atrofie como un objeto de consumo y de cálculo hedonista. El deseo del otro es suplantado por el confort de lo igual. Se busca la placentera, y en definitiva cómoda, inmanencia de lo igual”.

LAS MULTITUDES DIGITALES 

Para Han, las clases y la lucha de clases son categorías históricamente superadas. En su lugar asciende lentamente la figura del panóptico digital, un enorme enjambre de individuos hipercomunicados pero aislados, “una multitud sin interioridad”. Frente a proposiciones más combativas, sostiene: “Cuando la víctima y el verdugo coinciden ya no es posible resistencia alguna”. “Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo”.

Como salida a la encrucijada narcisista de la psicopolitica neoliberal y la sociedad de rendimiento, Han propone rehabilitar la vida contemplativa como remedio frente a la compulsión al trabajo y la optimización. La contemplación, la demora y el Eros, con su efecto vinculante con un otro, se ofrecen como mecanismos de desinteriorización del Yo, que aislado en sí mismo, saturado, se ahoga. En el prólogo a La sociedad de cansancio, distingue la fatiga infinita del sujeto de rendimiento de aquel cansancio curativo que cierra las heridas: “Tal cansancio no resulta de un rearme desenfrenado, sino de un amable desarme del Yo”.

En Shanzhai, El arte de la falsificación y la deconstrucción en China, enseña como en el arte chino no existe la idea de original del mismo modo que en occidente: “El pensamiento chino no se caracteriza por concebir la creación a partir de un principio absoluto, sino por el proceso continuo sin comienzo ni final, sin nacimiento ni muerte”.  No hay realidades inmutables, sino constelaciones en plena transformación. Frente a la verdad, el Ser inmutable, Han contrapone la “des-creación” del pensamiento chino: un proceso “poliforme y heterogéneo”, cambiante, des-subjetivado y ajeno a la “acción héroica del yo” que domina el pensamiento occidental. 

En Filosofía del budismo Zen, confronta sus puntos de vista filosóficos esenciales con los fundamentos de autores como Heidegger, Nietzsche y Platón. Ajeno a cualquier estructura narcisista, subjetividad interior o voluntad individual, en el budismo, todas esas condiciones más que carencias representan una fortaleza: el vacío es un medio de amistad entre todas las cosas, la posibilidad de restituir una “afabilidad arcaica”. Para el budismo Zen, cualquier ser constituye un centro, “nada se retira a un aislado ser para sí”. “Libre de la coacción de la identidad”, para Han, el vacío o la nada budista es una “afirmación suprema del Ser”. Un “recogimiento sin interioridad” que, en virtud de su vacío, puede albergarlo todo.

Breves, claros, contundentes, los ensayos de Byung-Chul Han parecen mensajes lanzados por un náufrago que ha visto algo terrible más allá del horizonte. Reclama con vehemencia la que para él es la principal misión de la contemporaneidad: rehabilitar la capacidad de incorporar la negatividad como instancia constructora de un otro a través de la restitución de la “vida contemplativa”. En Humano, demasiado humano, Nietzsche ya había advertido: “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie”.