Descubriendo a mi hijo, largometraje israelí de Savi Gabizon
Una comedia que hace equilibrio sobre la tragedia

 

Una mujer y un hombre se encuentran al mediodía en un restaurant de Tel Aviv, pero podría ser cualquier ciudad más o menos grande. No se ven desde hace 20 años y aunque él parece interesado por el encuentro, ella, que es quien lo arregló, no puede evitar algunos comentarios irónicos. Enseguida se pone a llorar y le cuenta que después de separarse supo que estaba embarazada y que decidió tener a aquel bebé que, a la sazón, es su hijo. Luego, conmovida, se levanta y se dirige al baño para recuperarse. Por un momento la película abandona los primeros planos para contemplarlo a él desde más lejos, como respetando la intimidad de ese personaje que parece haber acusado el impacto. Sin embargo, lejos de perder el control el hombre saca su teléfono y llama a su abogado, previendo la posibilidad de algún reclamo legal. Ese es Ariel, el protagonista, y esa personalidad pragmática y con cierta dificultad para la empatía es el punto de partida de Descubriendo a mi hijo, cuarta película en 27 años del israelí Savi Gabizon.

Aunque el disparador es uno de los lugares comunes más visitados por el cine, apenas variado aquí por una ingeniosa vuelta de tuerca, Descubriendo a mi hijo no es lo que amenaza ser. Porque aunque el primer acto se mantiene dentro de un estricto registro dramático, se trata de una comedia oscura que hace equilibrio sobre la tragedia sin temor a dar algunos pasos en el vacío del absurdo. Adam, el hijo de Ariel, está muerto. El padre, que viaja para asistir a la ceremonia religiosa del entierro, comienza a conocer a quienes integran el entorno de Adam. Pero al principio el cambio de tono es tan inesperado que resulta confuso, porque es difícil decidir si se trata de un resbalón grosero o si realmente la película está tomando ese riesgo. La duda alimenta la curiosidad y Gabizon la aprovecha para llevar al espectador siempre un paso más allá, al menos por un rato.

Descubriendo a mi hijo resuelve con ingenio el problema de poner en escena algunas preguntas difíciles. ¿Se puede amar a alguien a quien será imposible conocer en el sentido más material del verbo? ¿Se puede sufrir por la pérdida de lo que nunca se tuvo? Para responderlas la película se propone evitar el melodrama todo lo posible, desafío que consigue superar de forma parcial. Su eficacia es alta cuando la mentalidad pragmática de Ariel lo lleva a tratar de cerrar algunas cuentas pendientes de su hijo de formas poco ortodoxas o cuando actúa movido por la idealización del ausente, pero sin conocer del todo la naturaleza de su carácter. En esos momentos la película crece, moviéndose en el territorio de lo inesperado e incluso se permite alguna escena con agradables visos fellinescos. Es cierto que otras veces la película cede a la tentación de buscarle las cuerdas emotivas al espectador y en esos lances pierde parte de su sorpresa, pero incluso en esos momentos lo hace, por suerte, tratando de eludir los clichés.

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