Paramos porque se nos canta
RESISTENCIAS | En la villa 21-24, una de las más grandes de la ciudad de Buenos Aires, la Red de Mujeres que se formó a partir de una seguidilla de cuatro femicidios ocurridos en ese territorio le pone el cuerpo a una categoría potente que ahora mismo está acampando frente al Congreso de la Nación: el feminismo villero. Ese que se construye desde la urgencia y los cuidados colectivos, que es capaz de entramar transversalidad política con demandas propias que les pongan límite tanto a las violencias machistas como a la precariedad de la vida que el ajuste deja cada vez más desnuda.

La plaza tiene nombre de santo y está cruzada de banderines, hay fiesta popular entre los juegos infantiles y   están invitades todes, menos los curas y pastores, menos los varones a los que les toca el silencio en la tarde de sábado aunque no se priven de pasar y mirar, de dar vueltas en autos con parlantes sobredimensionados haciendo sonar un reaggeton pegajoso que ocupa el aire y se pierde. En la plaza, un micrófono se apoya contra un celular y la música habla de furia, de poder, del patriarcado que se derrumba; hay asamblea feminista en el corazón de la villa 21-24 y las vecinas están revueltas, llegan desde los pasillos en caravana, alentadas por otras que saben también de qué se trata ese territorio donde abundan tanto las rejas como los comedores de puertas abiertas, tanto la estigmatización como la certeza de que en el barrio no te quedás con la olla vacía porque siempre va a haber alguien que ponga algo dentro aunque sea una porción de la propia miseria. La mayoría están de gala, los pañuelos verdes hacen distintos tocados, el maquillaje tiene brillantina, las medias de red de alguna hablan de un desparpajo recién adquirido. La jornada se llama El Calderazo y la organizó la Red de Mujeres de la 21-24 que hoy, 8 de marzo, va a salir a la calle de manera inaugural, orgullosa sobre sus palos después de haber cortado la avenida que circunda la villa, que así se planeó el sábado pasado cuando la plaza estuvo cruzada por banderines y la voces que importaban usaron todas el femenino.

“¿Qué pasa si las mujeres de Zavaleta y la 21-24 paramos?” se preguntaron en el documento que se iba a leer cuando el sol empezara a derramar oro sobre esa tierra artificial que amortigua las caídas bajo el tobogán. Y la respuesta la dejaron abierta, es algo a terminar de descubrir pero también es declaración de principios. Porque ellas, las mujeres, lesbianas, travestis y trans de ese territorio de ladrillos desnudos, cruzados por uniformes de gendarmes y policías de gatillo fácil, ellas paran: “¡Paramos porque se nos canta!” gritaron para cerrar la palabra común y así reescribieron la consigna que dice “Nos mueve el deseo”.

Ahí en la 21-24, en asamblea de la Red de Mujeres, el año pasado, al mismo tiempo que se preparaba la huelga feminista, se articuló una frase que sirvió para describir los límites y la potencia de la herramienta del paro: “Repartimos crudo”. Se dijo en respuesta a esa imposibilidad de abandonar la tarea comunitaria, el comedor que multiplica la comida sin milagros de cuento de domingo. No se puede abandonar el comedor pero se puede sacar el cuerpo de procesar la comida, se puede recuperar tiempo expropiado por la triple jornada laboral. Se puede hacer visible la triple jornada laboral: la del trabajo pago aun precarizado, la de la tarea dentro del ámbito doméstico, la que se hace en la comunidad por militancia, por solidaridad o porque no queda otra. La que hizo disponible esa frase fue Gilda, una mujer que sabía de ollas populares y que poco después falleció electrocutada en una tormenta, mientras intentaba sacar el agua que inundaba su casa. Que murió, en definitiva, por la precariedad de la vida. Esa precariedad contra la que luchan las feministas villeras, la que denunciaron durante tres días de acampe -que terminan hoy- frente al Congreso de la Nación como una medida de fuerza que expande la huelga feminista y que a la vez se convierte en laboratorio para definir las demandas concretas para terminar con la miseria y con la violencia machista, con el patriarcado y con el neoliberalismo, para terminar con la heterosexualidad obligatoria y para pedir aborto legal, seguro y gratuito.

“Estamos construyendo juntas un feminismo villero, desde la realidad de nosotras mismas, de reconocer las violencias que sufrimos las villeras: somos nosotras las que ponemos todo el tiempo el cuerpo y aun así encontramos las estrategias para buscar los derechos que nos arrebatan. Este feminismo villero es de las trabajadoras de la triple jornada, de las madres de los pibes y las pibas gatilladas, las madres y las hermanas de las secuestradas a diario, de las que abortan clandestinamente con perejil y de las que tenemos muertas por aborto clandestino, un feminismo de las migrantes, de las que fuimos históricamente invisibilizadas”, así lo define Jessica Azcurraire, militante de La Poderosa, integrante del Frente de Géneros de esa organización que se expande por  América Latina y también parte de la Red de Mujeres de la 21-24 junto con compañeras que se identifican en el Movimiento Evita, Las Juanas, el Frente de Organizaciones en Lucha, el Frente Darío Santillán, Orilleres, la Corriente Villera Independiente, Casa Usina o La Cámpora; una enumeración que seguro es insuficiente pero sirve para dar una idea de cómo el territorio articula convivencia. “Es que nuestro vínculo es primero como vecinas, surge de la urgencia y la solidaridad, de los ingredientes que compartimos para el guiso y del dolor por los cuatro femicidios que sufrimos en los últimos años en nuestro barrio”, describe Jessica. “Mica Gaona, Lorena Dávalo, la chipera Elida del Valle y Haydee Mérida Durán”, nombra, para que las víctimas no pierdan identidad, para que sus nombres queden bien anclados en la memoria porque en torno a ellas y al hueco en la red de la trama de la villa que dejaron a la fuerza es que se armó esta Red que se junta en torno al fuego y quema ahí todo lo que ya no quiere.

“Que arda el pañuelo celeste y que arda el miedo a los antiderechos”, dice Karen Torres y arroja a la hoguera un papel como el que tienen todas y donde escriben eso que se quieren sacar de encima. Karen tiene 29, vive con su mamá en el barrio y estudia el profesorado de educación inicial. “Es re zarpado lo que pasa con la Red, porque no sólo hay organizaciones, hay muchas compañeras independientes, vecinas que vienen a este espacio porque cuando hacemos asambleas, cuando nos juntamos, nos damos cuenta de que estamos todas en la misma”. Ella es parte de Orilleres -la e al final para marcar ningún género es un cambio de este año incipiente- una organización que hace activismo a través del arte, los oficios y la educación popular. Su lucha por el derecho al aborto está encarnada en la cantidad de mujeres que llegan a diario a pedir acompañamiento para abortar. “Saben que somos un espacio amigable y entonces vienen, nosotres acompañamos a la salita, demandamos las pastillas, es una manera de cuidarnos. A mí me da bronca cuando hay quienes hablan por nosotras, los curas que dicen que las villeras no abortamos, el que dice eso está viendo otra película. Las asambleas de mujeres hicieron que muchas vecinas pudieran hablar, porque como acá pesa mucho el qué dirán y logramos que ese qué dirán esté a favor de las que deciden, entonces todo se transforma”. Hablar desde la primera persona de una joven villera que no “tiene como único tesoro a un hijo” -así se queja ella de cómo las describen los curas- en el Congreso de la Nación fue un momento muy importante en su vida y también en la vida del barrio. Participó en el debate de la Cámara Baja antes de la media sanción el mismo día que habló el Padre Pepe, un cura que se anota entre los curas villeros. Pero ella lo contradijo, en los barrios se aborta y las jóvenes están hartas de que su único destino sea la maternidad. Afuera, en la calle, ese día de invierno, sus compañeras la esperaban para decirle que sí, que su voz era la de todas.

Fueron a la hoguera los mitos del amor romántico, el hambre, la estigmatización que hace que se oculte la dirección para pedir trabajo,  la idea de que la maternidad es destino y también que la biología es destino. Y después se bailó, cuando sólo quedaban estrellas en el cielo y la hoguera en el tacho de pintura iba comiéndose los últimos palos. La asamblea de la Red fue alimento para la energía que se necesitaba para armar el acampe que hoy se levanta para sumarse a la movilización del 8 de marzo. Esta vez, el feminismo villero amplió los sentidos del paro, una vez más. Porque amaneció en la calle, porque la calle está ocupada y porque ahí sobre la Plaza del Congreso hubo casa feminista y cuidados colectivos durante dos noches; los mismos que se ponen en práctica en cada territorio donde la autodefensa es organización, los que merecen ser reconocidos como trabajo para que sobre los cuerpos feminizados deje de sostenerse el patriarcado.

 

Jose Nico

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