Eran veredas prohibidas. Durante la última dictadura, por las calles Santa Fe, Dorrego, San Lorenzo y Moreno que rodeaban la Jefatura de Policía, no pisaba el ciudadano común.

Dentro de aquel edificio, entre los años 1976 y 1983, funcionó el Servicio de Informaciones de la Provincia (SI). Por allí pasaron alrededor de 2000 personas que fueron torturadas y alojadas en condiciones infrahumanas por el Estado genocida; muchas fueron asesinadas y permanecen desaparecidas. Una trama corporativa y estatal de impunidades por esos crímenes, cometidos por militares y civiles, se fue tejiendo en años sucesivos a la par de la construcción colectiva de una lucha pública por la memoria, la verdad y la justicia que aún continúa cada miércoles en los Tribunales Federales.

En aquel sótano hubo cinco bebés y las mujeres guardaban el poco kerosene que les era asignado para calentar el agua con que bañarlos.

 

Este año se cumple una década del día en que fue posible proclamar "el comienzo del fin de la impunidad" del terrorismo de Estado en Argentina. Porque en 2009 comenzaron las audiencias de los juicios por delitos de lesa humanidad en Rosario. Desde el 22 de marzo de 2019 hasta octubre, el Museo de la Memoria de Rosario conmemora aquel acontecimiento con una exposición documental en su sala del primer piso de Córdoba y Moreno. De las sombras a la luz reúne prensa, ensayos, libros, legajos, gráficos y videos, con material del archivo Rubén Naranjo de dicha institución y del fondo documental de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

Andres Macera
Prensa de los juicios en este y otros medios.

"Un Museo puede servir como cámara sepulcral o como sede de posibles resurrecciones", dice citando a Andreas Huyssen, en el texto de sala, la directora del Museo de la Memoria, Viviana Nardoni. Hay un punto estratégico dentro de la sala del primer piso donde es posible sentarse cómodamente a mirar y escuchar dos videos a la vez: en segundo plano, la multitud de agrupaciones haciendo "el aguante" en la entrada de los Tribunales Federales de Rosario donde tienen lugar las audiencias de los juicios; en primer plano, ex detenidos desaparecidos y ex detenidas desaparecidas, que sobrevivieron para ser querellantes y dar sus testimonios en los juicios de la causa Feced, recorren con sus abogadas y abogados el antiguo Servicio de Informaciones para reconstruir un mapa de la infamia y de la resistencia. Señalan dónde estaba cada "parrilla" y el pasillo al que con humor negro apodaron "el bulevar Perdiste". Es un recorrido que debe ser escuchado y que ahora está al alcance de todos, para la memoria que debe ser construida. Nadie se quiebra ante estas cámaras. Las voces firmes narran aquel horror en presente, y también las paradojas perversas de sus verdugos (el que se lava las manos doloridas de pegar y torturar y putea por eso a sus víctimas; las luchas de poder entre los militares y los policías; el superior que caga a pedos a sus subordinados por arruinar a golpes los cuerpos que eran el material de "trabajo" para la tortura), pero también evocan la resistencia, individual y colectiva. En aquel sótano sin sol hubo cinco bebés viviendo (uno de los cinco murió) y las mujeres guardaban el poco kerosene que les era asignado para calentar el agua con que bañarlos. Había bodas entre compañeros y compañeras que se celebraban a espaldas de las celadoras. "Fiestas", recuerda una sobreviviente pero la palabra le queda grande y la cambia por otra. No estaba permitido hacer nada, ni siquiera cantar, todo estaba prohibido, no había libros, no les dejaron ingresar ni una Biblia, no les permitieron bautizar a los bebés de las detenidas que eran de clase obrera; para la higiene y limpieza solamente existían jabón blanco, detergente y cloro. A partir de un intento de fuga que hubo, no los dejaron subir más. Freían el pan duro en la grasa que juntaban del puchero, cuyos huesos de caracú tallaban para hacer colgantes que escondían en los colchones; lo untaban con un dulce de leche hecho a fuerza de azúcar atesorada para cuando llegara la leche. "Barquillos", le decían a ese manjar. Veían pasar el aceite y la fruta robadas por los represores y se decían: "Ahí va nuestra comida". Sonríen con ironía recordando aquello. Son escuchados. Un hombre alto de traje sostiene con gesto adusto un grabador encendido. 

En una sala negra están los rostros, nombres completos, aliases, cargos y penas de los condenados en las causas Feced y Guerrieri: Daniel Isach, Ricardo Torres, Ovidio Olazagoitia, Julio Fermoselle, Ernesto Vallejo, Ramón Ibarra, Eduardo Dugour, Lucio Nast, Carlos U. Altamirano, Ramón Díaz Bessone, Mario Marcote, Ramón Vergara, José Scortechini, José Lofiego, Joaquín Gurrera, Carlos Sfulcini, Ariel López, Alberto Pelliza, Juan Cabrera, Ariel Porra, Marino González, Walter Pagano, Eduardo Costanzo, Juan Amelong, Jorge Fariña y Oscar Guerrieri. La lucha sigue.