El Grupo Alejandría celebra quince años de lecturas

Una comunidad dentro del ecosistema literario

Ana María Shua y Mauricio Kartun serán los invitados principales, hoy a las 20 en el Matienzo, junto a los hacedores de otros ciclos de lectura emblemáticos. También habrá feria de libros.
“Los ciclos de lectura son como un ágora”, afirman sus hacedores.“Los ciclos de lectura son como un ágora”, afirman sus hacedores.“Los ciclos de lectura son como un ágora”, afirman sus hacedores.“Los ciclos de lectura son como un ágora”, afirman sus hacedores.“Los ciclos de lectura son como un ágora”, afirman sus hacedores.
“Los ciclos de lectura son como un ágora”, afirman sus hacedores. 
Imagen: Guadalupe Lombardo

Leer en voz alta es poner el cuerpo en escena. Los textos leídos –éditos o inéditos– circulan de otra manera; entran por los oídos y son liberados de la cárcel de la página impresa o de la pantalla. Los ciclos de lecturas lograron que muchos escritores se enfrentaran cara a cara con cientos de lectores. El Grupo Alejandría celebra hoy quince años de lecturas ininterrumpidas con dos históricos: Ana María Shua -la primera escritora que leyó en el ciclo- y Mauricio Kartun como invitados principales, desde las 20 en el Centro Cultural Matienzo (Pringles 1249). Como la idea es compartir con otros ciclos que continúan activos o que fueron muy emblemáticos y escribieron el lado “B” de la literatura contemporánea posterior al 2001, están confirmados que se sumarán Gilda Manso (Los Fantásticos), Pamela Terlizzi Prina (Siga al Conejo Blanco), Mauricio Koch (Bienvenido Bob), Ricardo Romero (El Quinteto de la Muerte) Lucas “Funes” Oliveira (Los Mudos), Juan Faerman (Outsider), Patricia Fogelman (Rueda Lésbica Varieté), Mariana Kozodij (Naranjas Azules), Gustavo Gottfried (El Rayo Verde), Anabella Cerrato (El Toro), Cecilia Szperling (Confesionario), Marco Gras (Santa Poesía), Adrián Haidukowski (Jam de Escritura) y Diego Suárez y Jimena Repetto (Ah Um Dijo Un Sapito). Y habrá también una feria de libros con los sellos que integran La Coop más Indómita Luz, Imprenta Rescate y Peces de Ciudad.

Aunque Confesionario ahora es un programa radial y ya no está activo como ciclo, Cecilia Szperling recuerda cómo fue aprendiendo a “editar” las lecturas a través de la experiencia. Clara Anich, del Grupo Alejandría, repasa las resistencias iniciales de los escritores a leer en público: “No me van a escuchar”, “La gente se van a aburrir”, decían. Mariana Kozodij aclara a PáginaI12 que aunque Naranjas Azules tampoco está funcionando algunos de los integrantes están “queriendo volver”. Patricia Fogelman coordina Rueda Lésbica Varieté, uno de los ciclos creado recientemente, que está empezando con su tercera temporada.

–Los primeros ciclos de lectura tenían que lidiar con el estigma del que recién empieza. ¿Cómo fueron esos comienzos?

Cecilia Szperling: –El objetivo que tenía era hacer algo inclusivo y transversal: el inédito que tenía su poesía escrita de los 15 años con alguien súper consagrado. Yo quería juntar a alguien que le temblara la voz y las manos, aunque al principio venía la gente más arrastrada por el grupo musical, cuando hacía Lecturas + Música. Estaba Sergio Pángaro y venían unas 200 personas a verlo. Después me di cuenta de que había gente a la que no le gustaba el escenario y venía igual, pero ese escritor no lo pasaba bien y el público tampoco. Por un lado, tenía que domar al público que estaba acostumbrado a escuchar bandas y por otro tenía que aprender a “editar” mejor: te conviene tres textos cortitos en vez de uno largo, o saber cortar a un escritor que se ponía a leer durante 45 minutos. Ese aprendizaje fue muy divertido.

Clara Anich: –La primera resistencia cuando hablábamos con los escritores era comentarios como “la gente se va a aburrir”, “no me van a escuchar”. Nosotros no teníamos música, es decir que toda la noche giraba en torno a la lectura: venían a escuchar la lectura de cinco escritores y para el cierre había una entrevista. Era pura literatura; aunque nosotros no veníamos de Puán. Y al principio volanteábamos por la calle Corrientes.

–Lo de volantear en la calle Corrientes es más del espíritu del teatro, ¿no?

C.A.: –Sí, es que era pre redes sociales y volanteando era la única manera que teníamos de dar a conocer el evento que hacíamos. Me acuerdo de que les pedíamos a las librerías que nos dejaran pegar el afiche. El flyer lo hacíamos nosotros a prueba y error quince veces: “puse mal el apellido de (Silvia) Hopenhayn, ¡me quiero morir!”... y volver a imprimir los mil volantitos otra vez (risas). Hacíamos todo recontra a pulmón. Cuando invitás a un escritor hoy, piensa en la lectura en voz alta. Uno de los temas que se debaten mucho en los talleres literarios es: ¿el escritor tiene que saber leer sus textos en voz alta? Es una pregunta que circula... Nosotros nos desayunamos con muchos escritores que, como nunca los habíamos escuchado leer, no sabían leer sus textos.

Mariana Kozodij: –En todo este tiempo ganamos entrenamiento en la oralidad de la literatura con los ciclos de lecturas. Cuando empezamos con Naranjas Azules, me acuerdo de que discutíamos si leer diez minutos no era mucho. Una de las cosas que siempre hacíamos, al final de cada ciclo, era pedir un aplauso para la propia gente del público por la escucha. Nos sorprendía muchísimo el respeto en la escucha. Nos dimos cuenta de que la escucha era parte del ciclo.

Patricia Fogelman: –El ciclo que coordino tiene una experiencia mucho más breve, pero se gestó en torno a la demanda de las chicas de la comunidad lésbica, que tenemos un cierto placer por que nos lean. Para nosotras, juntarnos en una rueda a que nos lean es casi una práctica frecuente. Siento que hay una comunión laica cuando nos sentamos en la rueda con la mano bajo la pera para escuchar lo que las chicas vienen a compartir. Hay como dos grandes experiencias: las escritoras que ya están más consagradas y tienen práctica de lectura, tienen una dinámica verbal mucho más fluida y más seguridad en la presentación de la voz, y un estilo que te envuelve y te lleva. Y después están las chicas más jovencitas que hacen poesía; algunas son poetas conurbanas que tienen un estilo diferente. Siento que hay un gran abismo en esa presentación y me encanta esa diversidad. Hay un horizonte de gente joven que está acostumbrada a recitar poesía y no leerla.

C.S.: –Una cosa que fuimos generando entre muchos fue que, por el apoyo a la campaña para la legalización del aborto en Nosotras Proponemos, una agrupación feminista de escritoras, vivimos todo el año subidas al escenario, haciendo lecturas. Nos poníamos a leer como podíamos; en un momento se nos cayeron las hojas y nos gritaron: “¡vamos las pibas!”.

C.A.: –El año pasado, el ciclo Alejandría coincidía con los debates sobre la legalización del aborto en el Congreso, entonces lo transmitíamos en vivo en el Matienzo. Nosotros cortábamos las lecturas para ver el debate y estábamos con todos los que habían venido a leer viendo el debate en el Matienzo en vivo. Esto también es la literatura y esto también es lo que estamos generando quienes hacemos la literatura. Aunque haya diferencias, en nuestra generación formamos un equipo, armamos redes.

C.S.: –Cuando hicimos las firmas de escritoras por la legalización del aborto, con Claudia Piñeiro nos planteamos comprar unos 30 a 50 pañuelos verdes. ¡Y fueron 250 escritoras! Fue histórico, no había pasado nunca, porque las escritoras no veníamos con antecedentes de dar la cara y de dar la pelea.

M.K.: –Los ciclos de lectura fueron un espacio de igualdad. No había ciclos donde leían todas mujeres o todos hombres, siempre estuvo la igualdad incluso en el hecho de que podía leer alguien que todavía no había publicado nada y que venía con su borrador y era la primera vez y alguien consagrado. Fueron un espacio de aprendizaje porque justamente el que no había leído antes de repente estaba leyendo con Mariana Enriquez.

C.A.: –Me acuerdo de que Leónidas Lamborghini, que era un señor escritor, cuando hablamos para invitarlo nos pidió leer primero, y que lo pasáramos a buscar y lo lleváramos a su casa después de terminada su lectura. Pero no hizo eso: al final, cuando terminó de leer, se quedó. No se quiso ir porque el ciclo le gustó. Lo llevamos a su casa a las dos de la mañana y se llevó los libros del resto de los chicos que habían leído.

C.S.: –Hay una idea política en todo esto: los ciclos de lectura democratizaron la literatura. 

–¿Los ciclos de lectura redujeron la distancia entre leer y contar, y los volvieron casi sinónimos?

M.K.: –No sé... Para muchos escritores, fue una forma de apropiarse de su texto de otra manera y también fue un testeo. Y esto no es menor. Recuerdo a Selva Almada leyéndonos fragmentos de Ladrilleros, en un montón de ciclos, previo a que apareciera el libro. Pero testeo no como algo calculador, sino para compartirlo y ver la importancia de la escucha.

P.F.: –Estamos pensando más desde la escritura que desde la recepción: cómo se comparte lo que se escribe, cómo se performatea, cómo se colectiviza lo que uno escribe. Esto de estar dispuestos a escuchar en rueda, en ronda, en grupo, es una tradición tan antigua que estaba siempre ahí disponible. Antes de que existiera el boom de la literatura, de la imprenta, la gente se juntaba para escuchar a alguien que sabía leer y le contaba lo que estaba leyendo. Esto de sentarse a escuchar escritores no sé en qué momento decayó. Creo que se lo llevó la radio y ahora está volviendo a los grupos más jóvenes. No soy escritora, aunque escribo poemas y algunas cosas; hice talleres de poesía con algunas escritoras que admiro mucho como Paula Jiménez España. Soy historiadora e investigadora, y para mí armar el ciclo fue como jugar a hacer una especie de puente: salir un poco de mi producción escrita, que tiene que ver con la disciplina de la historia, y hacer el puente de comunicación entre escritores jóvenes y público.

M.K.: –Después de toda escucha, lo que sigue es una charla, porque es el momento en el que se ponen hablar muchos escritores que se escuchan por primera vez entre ellos y el público que empieza a hacer preguntas, que se acerca; entonces, el ciclo es como una comunidad mínima que se forma dentro del ecosistema de la literatura, que tiene sus desigualdades. Pero en ese momento hay una idea de comunión laica, sin romantizarlo. 

C.S.: –Es como un momento un poco utópico, un momento anticapitalista, ¿no? Cuando empezamos muchos ciclos, estaba la idea del escritor en su torre de cristal, ese romanticismo del escritor lejos del mundo, “el mundo a mí no me afecta, yo estoy para otra misión”... Pero en algún momento ese corte con el mundo empieza a ser indiferencia y el negocio de los libros se impone como central. Cuando era más chica, que era un mundo más masculino, el escritor cuanto más canchero, cuanto más pedante, más fuera del mundo estuviera y más inalcanzable fuera, era mejor. Ese prototipo no tenía tantas oposiciones. Ahora sí.

–En los ciclos de lectura se fue dando casi a la par la lucha política, ¿no?

C.S.: –La voz está atravesada por la experiencia personal; por eso lo personal es político. El espacio de los ciclos de lectura es como un ágora.

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