Aguafuertes torteñas
La novelera
De cómo montar pequeñas escenas de amor y desengaño donde hubo fuego.

Volví a ver a MM. Hacía años que no nos veíamos, aunque manteníamos una cadena accidentada de mensajes discontinuos (MM no tiene Whatsapp). Le respondí uno donde ella me preguntaba cómo estaba, un mensaje de vaya a saber cuándo. Voy a tu provincia. Solo me quedo unas horas, le escribí. Me respondió de inmediato: ¿Es que nos cruzaremos, rubia?. MM tiene la mirada clara y los abrazos dispuestos. Es esa clase de persona que pareciera tener una certeza: nunca la vi hacer movimientos bruscos, nunca la escuché levantar la voz y eso que una noche, hace ya varios años, unos ataques de ira y celos nos sacaron de la cama y los gritos nos encontraron en medias y camiseta. Tampoco escuché gritar a MM esa madrugada en la que la que confusión o los fantasmas de una amiga en común nos agitaban los nervios. No escuché gritar a MM y eso que todas estábamos gritando. MM se mueve como si bailara un lento, como si la acompañara un bossa nova o tal vez una melodía de Ricardo Vilca. Tiene la templanza de las montañas y su misma calidez cuando el sol la cubre. En promedio, desde que comenzó nuestra amistad nos vemos una vez cada cinco años, siempre con amigos en común, en cenas o cumpleaños. Entonces a MM le encanta monopolizar la conversación. Sea dónde sea que estemos es como una voz de mando muda se erige entre nosotras y ella empieza a narrar.  Le gusta contar esta anécdota: la vez que me vino a buscar a Buenos Aires, se tomó un avión desde el norte donde vive, sólo para proponerme vaya a saber qué, si amor o un romance, y yo la dejé esperando con un ramo de rosas en un andén. Otra noche, en otra cena, la historia varía: cuenta cómo me corrió por Corrientes (patinando esa erre profunda que se apropia y arrastra como nadie) y yo apenas me di vuelta a mirarla y me subí rrrrrrrrápidamente (arrastrada la erre y yo) al taxi. O también le gusta relatar, evaluando al público presente, cómo me esperó con un jugo de naranjas en Puerto Madero y yo no aparecí. Tres horas parece que estuvo esperándome. La más osada fue hace poco en este viaje, cuando sumó a la lista de falsos desplantes una propuesta concreta de casamiento. MM cuenta que se apareció en la puerta de mi trabajo, que tenía puesto un smoking, que había reservado una lujosa habitación de hotel y que me mandó a buscar por el recepcionista con un mensaje claro: en la puerta está MM que se quiere casar con vos. La escucho y la dejo narrar, observo cómo la audiencia la sigue embobada. Podría estar diciéndoles cualquier cosa y daría lo mismo, la que cuenta y lo que cuenta es ella. De tanto en tanto se requiere mi corroboración de los hechos y no puedo más que asentir mientras digo, es tal cual como dice MM. La tribuna enloquece, todes la aplauden, la vitorean, ¡qué campeona! Ella saborea ese momento sabiendo que tiene aún por dar el golpe final: baja los párpados, se vuelve mansa y casi susurrando dice pero no bajó y me volví con mi ramo, sola a la habitación del hotel. Las miradas, reprobatorias y finitas, se vuelven hacia mí ¡qué mala! ¡Ni bajaste! Y no necesito agregar nada más, solo mirar a MM y soltarlo: no, no bajé.

Si hiciéramos la cuenta, a MM le clavé como cinco desplantes en muchas partes del centro de la ciudad. Andenes, avenidas, Corrientes o Rivadavia, Plaza Dorrego, Puerto Madero, el Castelar. MM traza sin saberlo un mapa del desencuentro en una ciudad que no le es propia ni siquiera en el deseo. Su geografía emocional es un archipiélago de lugares y situaciones dónde el NO siempre será la respuesta. No le interesa armar historias ganadoras. Le interesa elucubrar la pérdida porque es una manera de seguir, porque las verdaderas son menos espectaculares o tal vez porque siguen doliendo tanto que mejor inventar las que no fueron. Mejor perderse en ese mapa inexistente pero más placentero que los reales. Mejor armar esos espacios del deseo a fuerza de palabras y complicidades. MM vive en Chaco pero sueña con Purmamarca. Se sueña levantando los brazos como alas al cielo, cerrando los ojos y volviendo a abrirlos frente a su amor. Un amor que encontró bailando, mirando, caminando por ahí con la templanza que la caracteriza. Cada vez que la abrazo surge simultáneamente la carcajada de encontrarme con lo que MM es o imagina, con lo que yo misma soy o ella imagina que soy para ella, con las historias que no fueron pero que vivimos, porque ante cada anécdota que asiento y actúo como cierta, ella mueve apenas la comisura de los labios sellando nuestro pacto ficcional, ese del que está hecha mi ciudad y nuestro vínculo. Es su mirada la de las que sueñan con las cosas que pasan acá, con lo que no sucedió pero existe, porque de juegos, de pequeñas novelitas montadas para escena también están hechos nuestros afectos. Copar el derecho de lo que no sucedió, armarlo para les otres, para que envidien los raptos de locura o de amor sediento. MM reivindica con sus historias el derecho a apropiarnos como se nos cante de todos los gestos del romanticismo al mismo tiempo que le damos batalla pero con los que de vez en cuando navegamos entre risas y con calor en una ciudad que justamente se llama Resistencia.

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