Hacia la unidad del pensamiento crítico

Las crisis tienen la inmensa capacidad de fomentar la producción de conocimiento. Sin embargo, la actual crisis mundial pone en jaque la misma noción: es tan durable, tan heterogénea, tan multicausal; sus consecuencias son de alcances tan locales, tan globales, tan iguales y, a la vez tan diversas, que empezamos a nombrar rasgos y ya estamos en el ocaso de la validez de lo que acabamos de decir. Asistimos a una proliferación de cosas nuevas. La nueva derecha, las nuevas tecnologías, el nuevo orden mundial, las nuevas estrategias represivas, la nueva conflictividad social, la nueva mayoría, el neo fascismo. La honestidad intelectual nos obliga a adjetivar como nuevos aquellos fenómenos que vemos reinventarse. Y lo fundamental sobre ellos, ya fue dicho antes. Lo nuevo son los dispositivos, no sus resultados.

Es precisamente por esto que el pensamiento crítico debe animarse de nuevo a conceptualizar, a producir y crear, más que a reproducir. Y esta criticidad no debe limitarse a los otros, a lo ajeno, al adversario. Es también una crítica de nuestras propias premisas, supuestos y modos de acción política. La aparente victoria cultural e ideológica de una hipermodernidad neoliberal que aniquila personas, identidades, naciones y territorios nos incentiva a hacer una apuesta más. Una apuesta a la unidad, la diversidad y la creatividad. Una apuesta intelectual a un modo de reflexión que no solo analice, sino que también dispute poder, el poder.

La palabra intelectual es pomposa, distante y suele sonar a soberbia. Evoca una suerte de lejanía entre quienes la portan y el resto del universo. No es casualidad. Durante siglos las elites que detentan el poder real han elaborado distintas estrategias para ubicar al campo de las ideas como algo ajeno al día a día, a lo común, a lo útil. Cuanto más ajenidad hay, menos apropiación y representación, y como suele suceder con todo aquello que se nos vuelve extraño, lo rechazamos. Y a mayor rechazo, más campo para reproducir las dominaciones y las colonialidades.

Sin embargo, ya en el siglo pasado Antonio Gramsci dibujó uno de los conceptos que mejor sintetiza a una filosofía política transformadora: el de intelectual orgánico. Y lo define sin titubeos: es aquel que debe combatir con toda su tenacidad a la hegemonía dominante, es aquel que no solo describe sino que actúa -de manera colectiva- y se anima a proponer nuevas formas de ver el mundo. Hoy, en tiempos donde la posverdad nos clava el visto y la meritocracia nos invita a autoexplotarnos de formas cada vez más descarnadas, se torna imprescindible discutir cuál es el rol del pensamiento crítico y de los intelectuales.

Semanas atrás, intelectuales de Cambiemos se reunían y llegaban a la flamante conclusión de que son, ante todo, fervientemente antipopulistas, antikirchneristas y antiperonistas. Cambiaron el prefijo “pro” por el “anti”, acorde con estos tiempos donde según dicen los gurúes del marketing político, el voto bronca será decisivo.

También días atrás se lanzaba la iniciativa Agenda Argentina, un colectivo de grupos de orientación nacional, popular, progresista y democrático, compuesto por miembros de la academia, la ciencia, la comunicación y la cultura, con la clara consigna de contribuir a la unidad. No competimos para ver quién es más antimacrista, sino que por el contrario, buscamos consensos para construir un camino alternativo a este modelo de ajuste que nos impone el actual oficialismo. Dialogamos y debatimos sobre cómo armar una narrativa de futuro que no convenza sólo a los ya convencidos, sino que vuelva a enamorar al conjunto de la sociedad. Pensamos allí cómo aportar ideas-fuerzas a la agenda opositora, cómo hacer que temas como la seguridad, el progreso individual, el buen vivir o el orden no sean tabúes para un proyecto popular.

Agenda Argentina se lanzó para ser una voz renovada y vigorosa que apele a los muchos y muchas, que se pregunte lo incómodo, que divulgue lo indeseable, que forme en lo peligroso y que configure un conjunto de prácticas dispuestas a transformarlo todo, menos los históricos valores del humanismo, la solidaridad, la justicia social y la igualdad para todos. Ese es el desafío. El de siempre, pero hoy.

Nahuel Sosa es sociólogo, director del Centro de Formación y Pensamiento Génera, integrante de Agenda Argentina.

Abelardo Vitale es licenciado en Comunicación, consultor, Grupo Fragata, integrante de Agenda Argentina.

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