El baúl de los recuerdos
Un cofre lleno de partituras es el punto de partida de una larga e intermitente búsqueda que atravesó dos décadas, y terminó conduciendo a la directora tucumana Peri Azar detrás de la historia de Héctor y su Jazz, una de las big bands porteñas más populares de los años 40, que llegó a tener 30 músicos en escena, tocar todas las tardes en Radio El Mundo y grabar para RCA Victor. Con la participación de Sergio Pángaro, la película Gran orquesta es un admirable ejercicio de rescate, reconstrucción y, principalmente, evocación, que ganó merecidamente el premio a la mejor dirección en la competencia latinoamericana del último Bafici, y se estrena comercialmente este jueves en los cines.

Una compañera de la escuela, en Yerba Buena, Tucumán, una vez le dijo: “A vos siempre te pasan cosas increíbles”. Peri Azar hoy entiende que es el modo de contarlas, “esa vocación de transmitir que uno tiene”, lo que las vuelve mágicas. “A todos nos pasan cosas increíbles”, dice. Por otro lado, no puede negar que su camino de hormiga laboriosa le ha dado más de una perla. Como el baúl de Héctor, por ejemplo, punto de partida de Gran orquesta, su excelente primer largometraje, que estrenó en el BAFICI y ganó como Mejor Dirección en la competencia Latinoamericana. 

Los detalles de ese recuerdo del año 2000, ya instalada en Buenos Aires, se fueron organizando en función de las necesidades del relato oral; mientras estaba lejos de existir un proyecto de película, la del baúl fue una anécdota que Peri solía contar: “En ese recuerdo, yo saco el baúl de los escombros, pero ni en pedo lo pude haber sacado, uno de los albañiles me tiene que haber ayudado”. Lo de adentro era una fila de carpetas tapa dura, prolijamente forradas y acordonadas, con el grabado adelante “Héctor y su Jazz”. Partituras manuscritas de una orquesta, firmadas pero no fechadas: tal vez una murga o una típica de pasodoble, pensó Peri, y se tomó un taxi a la ENERC, donde estudiaba dirección de cine, y luego otro al departamento que alquilaba gracias a una beca de manutención del INCAA.

Hace poco, cuando la película ya se estaba editando, supo que encontró el baúl en el mismo lugar donde cayó muerto Héctor Lomuto en 1968, en la puerta del edificio sobre la calle Alsina, barrio de Congreso, donde vivía sin hijos con su esposa María Adela. En 1996, antes de mudarse a un hogar de ancianos, la mujer llamó a Ricardo Risetti, autor de Memorias del jazz argentino (1994), para que fuera a buscar las cosas del marido, si las quería. Risetti se llevó algunas fotos y discos y llamó a un coleccionista para decirle lo mismo. Ese hombre, Normando, llegó cuando María Adela ya había dejado el departamento. El encargado lo hizo bajar al depósito y le señaló el rincón de los Lomuto. También él rescató fotos y discos, y vio contra la pared el baúl pero no lo abrió pensando que era ropa. Ahora es Normando, un señor mayor, quien se está deshaciendo de sus cosas: “Es la gran problemática de los archivos personales, de todo lo que pertenece a una persona cuando fallece”, dice Peri. “Es doloroso pensar que toda la vida de alguien se desarticula en un par de meses y se pierde completamente”.

En aquel momento, con 22 años y el Altavista de buscador web, Peri no sintió el empuje de profundizar en la naturaleza de su hallazgo. El baúl le servía para guardar su dinero, y si alguna vez sacaba una carpeta para mostrársela a alguien, ponía un papel en el lugar para no desordenarlo. “Yo digo que creo más en el archivo que en la gente”, dice. “El archivo atesora algo que con el tiempo podés ir releyendo, pero tiene una verdad indiscutible. La única discusión que se puede poner en juego respecto a la información que te ofrece es la lectura que vos hacés. Algo que pienso hoy con 40 años; en ese momento lo hacía de forma instintiva, como una cosa medio maternal que tengo con el archivo. Si yo veo una fotografía en la calle, la levanto, la limpio y me la guardo, no puedo dejar una fotografía tirada. Entonces lo conservé así tal cual”. 

Pasaron cosas

En 2013, Peri Azar volvió de España con marido e hijo para terminar su tesis de maestría sobre restauración digital. El baúl de Héctor había pasado los últimos diez años en el departamento de los tíos en Flores, y por insistencia de una amiga alemana, Peri lo volvió a abrir, esta vez para ocuparse. Fue más fácil entusiasmarse ahora con Google y los primeros datos concretos sobre Héctor y su Jazz: blogs de tango que recordaban a una de las big bands más populares que existieron en Argentina en los años 40. Una orquesta de jazz bailable con arreglos de Martín Darré, Roberto Pansera y Carlos García –eminencias de la época–, que sonaba al nivel de las grandes bandas de jazz blanco norteamericanas, pero también interpretaba boleros, rumbas, malambos y otros ritmos latinos. Llegó a tener 30 músicos en escena, y trabajaba en paralelo a las orquestas típicas: de la mañana a la noche, en confiterías, milongas y cabarets. Todas las tardes, Héctor y su jazz transmitía desde Radio El Mundo, lo que le dio llegada nacional, y grabó unos 500 títulos para RCA Victor. Entrados los 50, justamente eso –la mayor conveniencia de pasar música grabada– volvió obsoletas a las orquestas en vivo. Después, claro, vinieron la revolución libertadora y el rock and roll.

La primera intención de Peri no era hacer una película sino encontrar a quién entregarle el baúl con las partituras. Rastreó primero a Héctor Lomuto, hermano del fundador de SADAIC e importante hombre de tango, un apellido muy común para una familia célebre por haber impulsado la figura de Perón desde la Secretaría de Prensa y Difusión. Recibió muchas respuestas negativas hasta que por fin apareció un Oscar Lomuto de Mar del Plata, sobrino nieto de Héctor. Así, entre la fórmula “toc toc: mi nombre es Peri Azar” y las “cosas mágicas” que empezaron a suceder –trabajando en otro proyecto encontró a la sobrina de Elba de Castro, una de las cantantes, por ejemplo–, armó lentamente el rompecabezas y dio con los protagonistas de Gran orquesta.

Cuando arrancó el proyecto, Peri ya tenía algunas cosas claras sobre sus modos de hacer. Que le gusta ser un ojo observador al margen de la situación lo descubrió hace mucho, filmando al arquitecto Rodolfo Livingston. Más formativa y avasallante fue la experiencia con el escritor tucumano Eduardo Perrone, el autor de Preso común, que terminó, entre otros males, alcohólico viviendo en la calle. Mientras investigaba qué había sido de él, Peri –que es la única guardiana de su última novela, aún inédita– se lo encontró en la calle y alcanzó a filmarlo, un material que terminó utilizando en un cortometraje titulado simplemente Perrone, escritor (2000). 

Sabía también que de ninguna manera iba a hacer un documental con zócalos: se aburre hasta en el cine, y nunca la atrajeron las narraciones convencionales. “Siempre de formas accidentales me acerqué más a la ruptura del lenguaje y las filtraciones de otros modos de contar”, dice. “Siento que es más placentero el pasaje hacia la información de la mano de situaciones plásticas o de otras sensibilidades, que del dato duro”. 

Pero, además, esta historia ofrecida en un relato simple y organizado no habría representado la complejidad del proceso de investigación: “Trabajé sobre la fórmula de que estas voces hagan una sola voz imperfecta, subjetiva, que hablan de la historia desde un lugar doméstico”, dice Peri. “Como un sutil acuse de recibo respecto de cómo estamos explicando el jazz en Argentina al no existir un espacio de investigación abierto a la comunidad que haga estudios complejos, a donde se pueda recurrir a la hora de hablar de esta música. Tenés que tirar de la gente del tango. Cuando, al mismo tiempo que decís eso, estás diciendo que el jazz forma parte de la cultura popular argentina. Héctor y su Jazz estaba pensada para el placer de la gente. Era una orquesta muy elegante, pero swing, bailable”.

La batuta de Héctor

Empezó a filmar a comienzos de 2015, después de que, con poco tiempo de diferencia, muriesen Mario Abramovich y Leopoldo Federico, los primeros pilares para reconstruir la historia de Héctor y su Jazz. Sin saber cómo le iba a dar forma a los testimonios que tomara, Peri le escribió a Sergio Pángaro, a quien no conocía en persona: “Lo que sea que haga, quiero que sea con vos”. El creador de la orquesta Baccarat aceptó, pero recién empezó a prestar atención cuando Peri le mostró en YouTube a su antecedente exacto: Abel Corriale, un crooner que tuvo una exitosa carrera internacional en el circuito lounge de los 70, al frente, junto a dos hermanas francesas, de la orquesta Abel’s Group. Abel, hijo de Pepe y hermano de Lilian Red –baterista y cantante en la orquesta de Héctor– es de los pocos personajes identificables de la película; la mayoría son personas sin nombre y relación con la historia explicitados, pero en las que resulta imposible no creer: señoras y señores a los que recordar esta historia se puede decir que les alegró la vida. “Es lo único que queda adentro de uno al margen de la obra. La obra tiene su vida autónoma, pero uno sigue generando otras nuevas, y lo que llevás encima es ese amor, esa experiencia, ese dolor. Es lo único que vale la pena”, dice Peri.

Decidió que estaba haciendo una película cuando, después de buscar mucho, le avisaron de una disquería que tenía un compilado en CD y por fin escuchó a Héctor y su jazz. El camino de Gran orquesta es el mismo: fluye hacia lo concreto, la verdadera razón del baúl y de todo lo demás: esta música sonando en vivo. Así, en paralelo a los relatos de familiares y conocedores de jazz –de su lista de 45 personas que pasaron por la orquesta entre 1941 y 1956, incluidos los tres arregladores, Peri no dio con nadie vivo–, sucede la preparación de una orquesta joven con el desafío de recrear el sonido de una big band que tocaba durante todo el día en una Buenos Aires en plena construcción de su identidad; y la de los vocalistas: Abel Corriale, Pángaro y su mujer, Cocó Muro, la descripción de una lady crooner que se hace ahí mismo, y “una aliada fémina”, dice Peri, entre esos dos hombres alucinados por haberse conocido. En el medio, lo mismo que sucedió en la realidad cuando finalmente hubo que vaciar el baúl para repartir las partituras: aparece la batuta de Héctor. 

Peri se encargó de digitalizar todas las carpetas –unas dos mil partituras–, pero el baúl, pesado como el primer día, sigue con ella, ahora en una casa con muebles de madera por Parque Patricios. “Mi casa no está atiborrada de cosas que encuentro en la calle”, aclara. “Yo las rescato solamente; después les encuentro destino y las doy”. Ahora que hizo su parte y llegó el momento de donar el baúl –no les regaló las partituras a los familiares porque “no podía desmembrarlo”–, no sabe a dónde llevarlo. Tal vez la película sirva para que aparezca el lugar indicado. A ella poco y nada la ayudaron en su momento el archivo de Radio Nacional y la Biblioteca Nacional. Su trabajo –desde encontrar el baúl y mantenerlo impecable, hasta la investigación que encaró años después y le dio un mundo nuevo de personas mayores con las que conversar– ya aportó más a la cultura del jazz en Argentina que cualquier institución. En el transcurso, supo que en los años 20, los músicos iban con sus partituras de tango al puerto para cambiárselas a los marineros por partituras de jazz. Pensar esas cosas le pone la piel de gallina a Peri Azar, parte del staff del Museo del Cine, integrante de la asociación civil ARCA (Archivo Regional de Cine Amateur) y del equipo que organiza la edición argentina del Día de las Películas Familiares, y que –aunque ahora mismo no se puede ocupar– acaba de encontrar unas fotos increíbles del rodaje de una película de Porcel.

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