Final para la competencia oficial
Festival de Cannes: Bellocchio y Elia Suleiman suman calidad
El director italiano y el palestino se destacan en el último tramo del concurso con Il traditore e It Must Be Heaven. Mañana sábado se conoce el palmarés.
No hay nada más lindo que la familia unida: Il traditore, de Marco Bellocchio.No hay nada más lindo que la familia unida: Il traditore, de Marco Bellocchio.No hay nada más lindo que la familia unida: Il traditore, de Marco Bellocchio.No hay nada más lindo que la familia unida: Il traditore, de Marco Bellocchio.No hay nada más lindo que la familia unida: Il traditore, de Marco Bellocchio.
No hay nada más lindo que la familia unida: Il traditore, de Marco Bellocchio. 

Desde Cannes

Dos excelentes películas –Il traditore, del italiano Marco Bellocchio, It Must Be Heaven, del palestino Elia Suleiman-- clausuraron el tramo final de la competencia oficial del Festival de Cannes, donde el jurado que preside el director mexicano Alejandro González Iñárritu anunciará mañana el palmarés completo. No tiene sentido hacer vaticinios sobre la Palma de Oro, porque además de Iñárritu –de quien se pueden sospechar sus afinidades electivas— éste año, como nunca, los directores son mayoría absoluta en el jurado y hay algunos de personalidad muy fuerte y muy distintos al mexicano a la hora de hacer cine, como el griego Yorgos Lanthimos, el polaco Pawel Pawlikowski, la italiana Alice Rohrwacher y la estadounidense Kelly Reichardt. Un jurado aparte, presidido por la cineasta francesa Claire Denis, revelará a su vez la Palma de Oro al mejor cortometraje, por el que concursan dos films argentinos, Monstruo Dios, de Agustina San Martín, y La siesta, de Federico Luis Tachella (https://www.pagina12.com.ar/195503-argentinos-sueltos-en-la-croisette).

A los 79 años y con 50 películas como director –contando también cortos y participaciones en films colectivos— Marco Bellocchio está tan activo y en forma como siempre. Lo prueba Il traditore (El traidor), la primera película en su carrera en la que aborda un tema muy fatigado por el cine italiano, pero al que él le da, como es su costumbre, una perspectiva nueva, desde un costado eminentemente político. Se trata del caso real de Tommaso Buscetta (1928-2000), un capo de la mafia siciliana que en 1983 fue el primero de su rango en romper la omertá, ese pacto de silencio que une a la Cosa Nostra, revelando las conexiones con altos estamentos de la política italiana, incluido Giulio Andreotti, Presidente del Consejo de Ministros de Italia en siete ocasiones y también uno de los máximos exponentes del partido Demócrata Cristiano.

Lo curioso del asunto es que Buscetta nunca se consideró un traidor a la Cosa Nostra. Por el contrario él --que confesó haber cometido con sus propias manos infinidad de asesinatos— consideraba que quienes habían faltado al juramento de fidelidad eran algunas de las familias más encumbradas de la Cosa Nostra –entre ellos los “Corleonesi”-- porque en su creciente codicia por hacerse con multimillonario negocio a escala mundial del tráfico de drogas habían desatado una guerra entre clanes que incluía asesinar a cualquiera –incluidos niños— que tuviera lazos de sangre con una familia rival. El propio Buscetta sufrió el asesinato de dos de sus hijos, un hermano, un yerno, un cuñado y cuatro sobrinos y eso lo determinó a testimoniar frente a recordado juez Giovanni Falcone, asesinado a su vez en 1992. Dinamitaron con mil kilogramos de explosivos la autopista por la que viajaba Falcone con su esposa.

Ese momento, extraordinarmente reconstruido, es uno de los puntos altos de una película muy dinámica, que avanza y retrocede en el tiempo, y que está realizada con una solidez narrativa que --si no fuera por el propio Bellocchio-- se extraña en el cine italiano. Cada uno de sus planos tiene un peso y una contundencia equivalente al de sus personajes, entre ellos no sólo Buscetta (Pierfrancesco Favino) sino también su insumisa segunda esposa (Maria Fernanda Cândido), que como buena brasileña se diferenciaba de las mujeres sicilianas que vivían a la sombra de sus maridos, lo que agrega una capa extra de tensión al relato.

A su vez, el cierre de la competencia oficial no pudo ser mejor. Un hombre que observa, y que comenta sobre lo que observa, pero que comenta únicamente con la mirada, con ese poder feroz que sólo el cine parece capaz de desplegar. Esa podría ser una primera descripción de It Must Be Heaven (Debe ser el cielo) y también una definición de su director, autor y protagonista, Elia Suleiman (Nazareth, 1960), un palestino que desafía todas las fronteras: las barreras físicas que dividen a los pueblos y también aquellas otras, intangibles, que impiden la libre circulación y el vuelo de las ideas. Se diría que, por sobre todas las cosas, It Must Be Heaven –como antes había sido Intervención divina (2002)-- es justamente un film libertario, en el sentido más amplio de la palabra, en la medida en que enfrenta con un humor, un coraje y una libertad de espíritu extraordinarios un material tan sensible y tan complejo como la identidad palestina.

Filmado en su Nazareth natal, en París y en Nueva York, It Must Be Heaven tiene la singularidad de que Suleiman encuentra no sólo en su país, sojuzgado por Israel, sino también en las grandes metrópolis de Europa y Estados Unidos una violencia similar: ominosa, latente, propia de los nuevos estados policiales, equipados con los más sofisticados –y a veces también ridículos, como esos skates eléctricos que ahora también usa la policía de la Ciudad de Buenos Aires-- instrumentos de control y represión. No parece nada casual que uniformados de todo tipo aparezcan permanentemente en esta aguda comedia humana realizada por el Jacques Tati palestino.

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