Principal RADAR NO Turismo Libros Futuro CASH Sátira
NO

todo x 1,99

Clara de noche

Convivir con virus

Fue

Será

Ediciones anteriores

 

Jueves 7 de Octubre de 1999
tapa tapa del no

convivir con virus


Daniela tiene 16 y los ojos como estiletes, listos para punzar a sus posibles interlocutores. Todo el tiempo se toca el pelo, se lo tironea como si así pudiera acomodar las pocas mechas largas que sobrevivieron a este corte tan punk que le hizo Reina, su mejor amiga, que la acompaña al hospital cuando Daniela accede. Y no es fácil que acceda. Estar en el pasillo, frente al consultorio, esperando. Daniela se depila las cejas con los dedos y se corre el delineador que intenta cubrir la ausencia de pelos que su manía arranca todos los días. Reina le da un chirlo en la mano y le pide que se quede quieta de una santa vez, ella es así, todos santos y jesucitos y a Daniela le revienta. Tiene una furia muda que se lee en su cuerpo, flaco como una aguja, en los moretones que se deja en los brazos de tanto apretarse esos granitos que sólo ella puede ver y que busca con ojos de lince recorriéndose la piel, como si hubiera algo más que descubrir en ella. No quiso abortar, ni siquiera cuando le dijeron que tenía VIH. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Para que su vieja se quede tranquila? ¿Para darle el gusto al pelotudo de su novio que la quería dejar con esa bruja de mierda para que la torture? Le dio más miedo el consultorio de Mataderos que seguir adelante con la panza que apenas se le nota, aunque ya va por el quinto mes. Ahora ya está, es tarde para lágrimas. El pibe ese que se muera. Si al final estaba más preocupado por haberse enterado lo del bicho, que por ella. Y bueno, el médico le dijo que no es lo mismo, que si él no se hace el análisis no puede estar seguro de si lo tiene o no lo tiene. Así que basta. Si él dice que no quiere saber de qué se va a morir, que no lo sepa. Igual es más fácil que lo mate la yuta si lo agarra choreando que el Sida. Reina le vuelve a dar un manotón, que se quede quieta, le dice, que ya la van a atender, y con un poco de saliva en la yema de los dedos le delinea otra vez el dibujo de las cejas. El resto de los pacientes que esperan en ese pasillo las miran sin ver. Cada tanto llega alguno que pregunta quién es el último y Daniela dice que ella es la que sigue, como si alguien quisiera robarle el lugar. Cuando por fin se abre la puerta, Reina la levanta de un brazo como para llevarla en penitencia y entran. Salen media hora después, Reina llora y le dice que no se preocupe. Daniela va dos pasos adelante cruzando consultorios, pacientes, enfermeras como si corriera un rally hasta la calle, ahora es ella la que llora, con furia, y Reina la que consuela. Que ya van a terminar los trámites, que ya van a conseguir las pastillas, y un buen lugar para vivir ¿Acaso no era ella la que lo quería tener? Ahora tenían que volver a entrar al hospital y pasar por la farmacia para retirar un poco de medicación, le alcanzaría hasta terminar los papeles. Pero nada de volver a Mataderos, te quedás conmigo en el hotel, le dice Reina y le acaricia la panza. Una patadita sorda le toca la mano.

MARTA DILLON