En Ovo, el Cirque Du Soleil deslumbra con su espectacularidad
Despliegue de destrezas al punto del asombro
Es el mundo de los bichos el que se pone en escena. Lo que ocurre a ras del suelo y bajo las hojas cobra poesía, dimensión y vuelo. Y hasta una cucaracha se vuelve glamorosa.
Cada insecto, con su modo particular de moverse, pone en juego una disciplina circense distinta.Cada insecto, con su modo particular de moverse, pone en juego una disciplina circense distinta.Cada insecto, con su modo particular de moverse, pone en juego una disciplina circense distinta.Cada insecto, con su modo particular de moverse, pone en juego una disciplina circense distinta.Cada insecto, con su modo particular de moverse, pone en juego una disciplina circense distinta.
Cada insecto, con su modo particular de moverse, pone en juego una disciplina circense distinta. 

Si hay algo que la compañía de origen canadiense Cirque Du Soleil ha sabido mantener, hacer lucir y elevar como marca identitaria es justamente su origen: su corazón circense. Es en el ejercicio de las artes milenarias que animan al circo –desde las contorsiones hasta los números de altura, desde los equilibrios hasta los malabares con elementos, incluyendo también los números de humor– que sus espectáculos encuentran su meta y sentido. Solo que alrededor de eso, se monta también un gran despliegue de espectacularidad en la puesta y en la técnica. En Ovo, la propuesta que esta vez trae a tierras locales el Cirque, se pone en escena muy especialmente, tal vez mucho más que en espectáculos anteriores, la primera y central de sus virtudes: la exhibición y el despliegue de destrezas humanas, una tras otra, al punto del asombro.

La locación elegida este año fue la del Estadio del Bicentenario de Tecnópolis, un espacio gigante que, justamente por eso, ofreció menor cercanía al público que en puestas anteriores, en una disposición menos integrada al escenario. La conexión, de todos modos, es inmediata e ineludible. Tan pronto como un grupo de hormigas hace su entrada y comienza a jugar con alimentos (kiwis, choclos) al ritmo de la música, y hasta a pasarse entre ellas mismas por el aire, solo con sus pies, se abre la puerta hacia un mundo asombroso. Son atletas chinas que hacen su número de antipodismo (malabares con los pies) y juegos icarianos, una de las disciplinas más antiguas de las artes circenses, en los vuelos aéreos corporales. Y son, al mismo tiempo, parte de ese mundo tan particular en el que propone, literalmente, sumergirse, Ovo. 

Es el mundo de los bichos el que se pone en escena. Lo que ocurre a ras del suelo, bajo las hojas, en cuevas subterráneas, cobra dimensión y vuelo, y aquí, claro, es central el despliegue de vestuario y puesta. Por cada número transcurren libélulas, arañas, mariposas, orugas, luciérnagas, escarabajos, pulgas, langostas. Cada insecto con su modo particular de moverse, relacionarse, saltar por los aires, aparearse. Cada uno, también, poniendo en juego una disciplina distinta, todas asombrosas. Y entre ellos, tres bichos con un rol, si se quiere, más teatral: la desgarbada y graciosa Mosca Azul, que llega para romper la armonía del ecosistema, cargando en sus espaldas un enigmático huevo. La rellena y demostrativa Mariquita, inmediato objeto de su amor (y sus torpezas). Y el Escarabajo violáceo, líder de la comunidad de insectos, preocupado por poner orden tras esta extraña irrupción en la colonia. 

Los números se suceden y también las destrezas: la elegante libélula y sus equilibrios de manos. Las mariposas, que protagonizan el momento más poético en altura, entre correas aéreas, contorsiones, vuelos danzados. Las luciérnagas, que se ganan el primer aplauso cerrado con un número que a priori podría no figurar entre los más espectaculares, pero que sin embargo sorprende especialmente: el de los diábolos, lanzados hasta cuatro por los aires. Y sobre el final las increíbles langostas, que saltan sobre camas y colchones elásticos, creando coreografías de extraordinaria sincronización. 

Entre las arañas, hay de todos los tipos y para todos los asombros. La araña blanca logra contorsiones que ponen, literalmente, su cuerpo al revés. La araña roja trepa por las paredes como si fuese su hábitat natural. La araña negra va y viene en la cuerda floja, hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo, ¡hasta montada a un monociclo! Es el chino Qiu Jianmang, el “Hombre Araña” de la cuerda floja, tal vez el más impactante en cuanto a destreza. 

A lo largo de las dos horas que dura el show (más un entreacto de veinte minutos) en Ovo se pueden ver las destrezas de cincuenta artistas en escena, provenientes de 14 nacionalidades diferentes (contando el equipo técnico, llegaron unas 100 personas de 25 países para hacerlo). Hay entre ellos también músicos, una banda de cucarachas, entre las que se destaca una cantante brasileña (Julia Tazie), que logra todo otro desafío: convertir a este bicho con fama de repugnante en una glamorosa líder vocal. El espectáculo fue creado por la brasileña Chantal Tremblay, y la marca de su país aparece fundamentalmente en lo musical, también en cierta exuberancia que transmite la puesta, los coloridos paisajes imaginados y los bichos que lo habitan. Fuera de estos momentos de música en vivo, el aspecto musical es el menos destacable de la puesta.  

Ovo es uno de los 19 espectáculos que actualmente tiene girando por el mundo esta compañía que empezó como el proyecto callejero de un tragafuegos y dos amigos hippies en Canadá, y que terminó convertida en el grupo trasnacional de espectáculos más grande del mundo. Un itinerario que, de algún modo, puede verse resumido en escena.

  •  Hasta el 30 de junio en Tecnópolis.

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