Iris llega a su casa como cualquier otro día, pero ese día en particular no es cualquier día. La fiesta de cumpleaños sorpresa (las velitas no se cuentan, pero serán algo más de cincuenta) la espera agazapada y las “invitadas” son todas mujeres, amigas de la vida. La organizadora, Jackie (Eva Bianco), es bastante más que eso, desde hace al menos un par de décadas, aunque hayan evitado de común acuerdo la cohabitación. Habrá otra sorpresa esa misma noche: la presencia de Maia, la hija de una amiga, recién llegada de Tucumán con las intenciones de seguir una carrera universitaria, a quien Iris hospedará hasta que la joven encuentre un lugar para alquilar. Así comienza Margen de error, cuarto largometraje de la cordobesa Liliana Paolinelli que, como las anteriores Amar es bendito y Lengua materna, vuelve a retratar un universo excluyentemente femenino, en el cual los vínculos lésbicos han salido del clóset hace rato y no le deben explicaciones a nadie.

La apuesta de la realizadora, de la cual sale más que airosa, no es sencilla: las formas narrativas, los ritmos, los modos del diálogo, la fotografía, hasta el uso de recursos como el chroma key para un par de escenas dentro de automóviles, remiten al universo del cine popular (con claros rasgos de la comedia romántica). A tal punto que la misma historia podría perfectamente transcurrir en un universo heterosexual, con uno de los personajes centrales cambiando de sexo y, desde luego, de preferencia sexual. Quien lleva adelante el punto de vista, la mirada del deseo, es Iris, una impecable Susana Pampín en un papel que, en otras manos y con otro guion menos afilado, podría haber caído en la caricatura costumbrista. Paolinelli construye en esa bióloga, con una vida profesional y personal completa y aparentemente feliz, un personaje complejo que comienza a mostrar sus aristas con el correr de los minutos. Algo similar, aunque en menor medida dadas su edad y experiencia, puede afirmarse sobre Maia, interpretada por la casi debutante Camila Plaate (El motoarrebatador) con iguales dosis de candor, coquetería y autosuficiencia juvenil.

Luego de un paseo por Buenos Aires en uno de esos autobuses amarillos (buena escena, que logra hacer de la ciudad un sitio al mismo tiempo familiar e inesperadamente desconocido), de algunas comidas compartidas y de la búsqueda de un depto para la visitante, Iris comienza a darse cuenta de qué algo aparentemente dormido está despertando dentro suyo. Si es algo epidérmico, platónico, o algo más intenso y profundo todavía no lo sabe, ni ella ni el espectador. Allí comienzan, con la fidelidad necesaria a ciertas convenciones del género, una serie de malentendidos (el “margen de error” del título), motores de la trama hasta las escenas finales, con un clímax que se desarrolla durante otra fiesta, un casamiento campestre.

 

Paolinelli maneja con precisión los resortes de la comedia que, a pesar de no ser desembozada, incluye más de un gag visual y verbal, utilizando con rigor y gracia a los personajes secundarios. El drama, en tanto, es amable y nunca agresivo: ningún personaje –mucho menos el de Iris– recibe una pátina de patetismo como gancho para la empatía instantánea. La plena confianza en la materia con la cual está construida la película (las ideas, la historia, las intérpretes) logran evitar cualquier tipo de exceso de cálculo. Badur Hogar, de Rodrigo Moscoso, otra película estrenada este mismo año, y Margen de error demuestran que es posible hacer un cine de ambiciones populares desde afuera del mainstream sin morir en el intento.