Opinión
Licencia para la barbarie

Poco antes de las 5 de la mañana del 1º de septiembre de 1939, el buque de guerra alemán Schleswig-Holstein cañoneó la cuidad libre de Danzig (actual Gdansk polaca); simultáneamente la aviación bombardeó la ciudad de Wieluñ, destruyéndola en un 75 por ciento y matando a 1200 personas. Asi empezó la Segunda guerra Mundial, hace 80 años que se cumplen hoy. A las 8 de la mañana las tropas alemanas cruzaron la frontera polaca por el norte centro y sur. El día 17 los soviéticos la invadieron desde el este.

Lo que se puso en marcha ese 1º de septiembre fue mucho más que una nueva guerra europea. Las acciones que precedieron a la invasión del territorio polaco dan una idea a pequeña escala de la catástrofe que se avecinaba, pero que nadie pudo prever en toda su magnitud. En la noche del 31 de agosto miembros de las SS vistiendo uniformes polacos tomaron la estación de radio de Gliewitz, situada en la Silesia alemana, cerca de la frontera con Polonia. El objetivo de la incursión era darle a Hitler un pretexto para atacar Polonia, en represalia por las “agresiones” cometidas por ese país contra las minorías alemanas. Para hacer creíble la provocación polaca los nazis concibieron un plan macabro: dejaron en la estación de radio el cuerpo de un “saboteador”. La víctima era Franciszek Honiok, un agricultor alemán que la Gestapo había arrestado el día anterior por simpatizar con los polacos. Tras aplicarle una inyección que lo mató se lo llevaron a Gleiwitz. Allí le pusieron ropas polacas y le pegaron un tiro para fingir que había caído en un enfrentamiento con los guardias alemanes. Las SS y Gestapo montaron una veintena de operaciones similares en las horas que precedieron a la invasión de Polonia, todas con el mismo objetivo: dar sustento a la acusación de que Polonia constituía un peligro para los alemanes. La metodología también fue la misma: para proveerse de los cuerpos que más tarde serían presentados como “agresores” polacos los nazis recurrieron a detenidos de los campos de Dachau y Sachsenhausen, a quienes, tras asesinarlos, les desfiguraron el rostro para que no pudieran ser identificados.

Los planes de dominación de Hitler en 1939 se asemejaban sólo en las apariencias con el objetivo buscado por el Kaiser en 1914. La decisión del dictador nazi de destruir a Polonia y los estados surgidos de los tratados de paz de 1919 no se reducía a un mero reordenamiento territorial de Europa centro-oriental, sino que apuntaba a la reconfiguración de esa extensa región según consideraciones estratégicas y raciales: obtención de “espacio vital”, destrucción de la URSS, exterminio de la población judía. Ese objetivo tan ambicioso como radical debía alcanzarse a través de una guerra concebida como cruzada ideológica y ejecutada con métodos de una brutalidad sin precedentes. Poco antes de la invasión Hitler había anunciado a sus comandantes que el objetivo de la guerra era “la destrucción física del enemigo”. Las unidades de las SS tenían órdenes de “matar sin piedad a todos los hombres, mujeres y niños de ascendencia o lengua polaca”, sólo de esa manera, aseguró, “obtendremos el espacio vital que necesitamos”.

La invasión de Polonia puso en marcha una dinámica radicalizadora de destrucción y barbarie. El Pacto Molotov-Ribbentrop (agosto 1939) y la invasión germano-soviética destruyeron Polonia como estado. En los meses que siguieron alemanes y soviéticos intentaron destruirla como nación, eliminando a sus elites y esclavizando al resto de la población. Los nazis fueron aún más lejos: dividieron su zona de ocupación en un territorio reservado para el establecimiento de colonos alemanes (el Warthegau) y otro, más extenso, que se convertiría en el destino final de los judíos de toda la Europa ocupada (el Gobierno General). Polonia se convirtió así en una suerte de laboratorio en el cual el nazismo ensayó medidas extremas que más tarde se extenderían a otros escenarios. Su ubicación geográfica—enclavada entre dos estados hostiles—y la feroz resistencia que los ejércitos polacos opusieron a los invasores hicieron más fácil para los alemanes deshacerse de las inhibiciones que en otras ocasiones frenaron sus impulsos mas destructivos.

En Polonia las fuerzas regulares (Wehrmacht) demostraron el más absoluto desprecio por las leyes de guerra, haciendo caso omiso de la distinción entre combatiente y no combatiente. Fue en Polonia donde, por primera vez, extensas regiones de un país ocupado quedaron bajo el control exclusivo de un organismo paraestatal extremadamente violento y directamente responsable ante Hitler (las SS). Fue también en Polonia donde se pusieron en marcha las fases iniciales de la “Solución Final”, con la creación de los primeros guetos y campos de concentración, y los asesinatos masivos con gas tóxico en furgonetas móviles. El lado mas perverso de esa página oscura de la historia es el hecho que, como ocurriría más tarde en otras partes de Europa oriental (el Báltico, Ucrania), la conducta criminal de los invasores desató impulsos similares en los propios polacos, muchos de los cuales se libraron a una orgía de violencia contra sus vecinos judíos. “¿Es posible ser al mismo tiempo una víctima y un verdugo?”, se preguntaba el historiador Jan Gross en su libro sobre la destrucción de la comunidad judía de Jedwabne, Vecinos. Probablemente sea en esa tragedia donde hallemos el rasgo más trágico y moralmente ambiguo de lo que comenzó el 1º de septiembre de 1939.

Profesor Investigador, Departamento de Estudios Históricos y Sociales, Universidad Torcuato Di Tella .

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