Las marcas hegemónicas de género en la arquitectura
Las brujas de Arquelarre
"Ese nombre que llevamos no es lápida, es lucha", dicen lasarquitectas que proyectaron su primera intervención.
¿Qué preguntas vienen a clavar con sus estacas?¿Qué preguntas vienen a clavar con sus estacas?¿Qué preguntas vienen a clavar con sus estacas?¿Qué preguntas vienen a clavar con sus estacas?¿Qué preguntas vienen a clavar con sus estacas?
¿Qué preguntas vienen a clavar con sus estacas? 

Arquelarre es un colectivo que comenzó a reunirse en diciembre de 2018 en la facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño de la UNR y que ya se planta y se proyecta, con fuerza de estaca, abriendo memoria en las tramas de los feminismos locales.

Los encuentros de Arquelarre comenzaron en diciembre de 2018 en un ciclo que se llamó "mujeres en ronda, una iniciativa del área de Derechos Humanos de la facultad con Arquibarrios, después de que se había empapelado toda la facultad con frases de profesores, alumnos y ayudantes que eran terribles, eso visibilizó no sólo los acosos, sino el maltrato que sufrimos constantemente por ser mujeres", cuenta Victoria Funes.

Después de un año que había tenido en la escena pública el primer debate sobre el aborto en el Congreso Nacional, el ámbito académico fue también un territorio puesto en tensión. En la UNR algunas unidades contaban, como Medicina, con la primer cátedra electiva sobre el aborto como una cuestión de salud pública, o se ponía en marcha el primer protocolo de atención a víctimas de violencia, como el implementado en la facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, en Arquitectura se abrió concurso para conformar el Programa de Géneros y Sexualidades para casos de violencia en la facultad. Hasta ahora el Programa que coordina Celina Mondelli logró formalizar ocho de las denuncias".

Alejandra Buzaglo, que fue jurado en la conformación de dicho programa, dice que para fines de 2018 "surgieron en las primeras jornadas de encuentro varios temas: el de la violencia era el más urgente, pero también se planteó la ausencia de las mujeres en la disciplina y los otros tipos de violencias simbólicas. Lo primero que hicimos fueron unos fanzines que se llamaban 'nosotras también estábamos', donde empezamos a ver que las mujeres eran socias no de cualquier proyecto, estaban al lado y creando a la par de grandes arquitectos". Para Lucía Fernández "fue todo un descubrimiento decir "ah, ¿participaban a las mujeres?" y ahora queremos seguir profundizando por cuáles eran concretamente los aportes de ellas, porque estamos encontrando que las mujeres brindaban otra mirada, otro conocimiento".

La violencia como uno de los emergentes más fuertes de los encuentros las llevó a pensar su primer intervención en el espacio público. "Nosotras estamos acostumbradas a laburar en planta, proyectando algo que pueda ser visto desde arriba, entonces el puntapié fue marcar un mapa", dice Lucía y lo que querían hacer visible ahí, aclara Victoria, "eran los femicidios y travesticidios con el nombre, edad y lugar donde había ocurrido cada uno". Como todo con la perspectiva cambia, las estacas emplazadas algunas amontonadas y otras más dispersas, decían también algo respecto a la distribución de la violencia machista en el territorio nacional. Lucía explica que el 8 de marzo (la primera vez que plantaron la intervención), la idea "era hacer un recorrido, por eso usamos una malla naranja de las que delimitan e indican peligro, para trabajar también con la espacialidad". Entonces, algo que resuena en los relatos de las violencias, donde las trayectorias se espiralan en laberintos sin salida, se materializó: "La gente entraba y cuando se encontraba sin salida, puteaba, se ponía de mal humor. Entonces nosotras nos acercábamos, les explicábamos, 'capaz vos estuviste un ratito perdida ahí, pero a estas pibas se las llevaron o las mataron y no volvieron más'".

Hacer las estacas podría haber sido parte de esas jornadas innumerables de trabajo invisible que se suman en el universo femenino. "Llevó tiempo, trabajo, dinero", dice Victoria, y aunque parezca una obviedad, hay parte de ese trabajo que es hasta esquivo de nombrar. "Juntar los nombres fue muy duro, leer qué le pasó a cada una. Queríamos que fuera producto de un modo de producción colectivo y la verdad es que resultó posible gracias a un trabajo también colaborativo". Como cuenta Alejandra, experimentar de algún modo la fuerza y la solidaridad del encuentro colectivo: "Preguntarnos ¿de dónde vamos a sacar los hierros? y que una de las compañeras de los sindicatos dijera que ella los podía conseguir, que una de las Evitas nos dijera que ella podía traer las maderas, que en la facu contamos con el espacio y las herramientas para trabajar".

Ya en la marcha del 3 de junio, con esas líneas conectándolas a un cuerpo mayor, cuando Arquelarre propuso llevar las estacas, todas las comisiones acordaron que fuera esa intervención, o fueran ellas y todas las que quisieran llevar un nombre, las que encabezaran la marcha. Alejandra recuerda: "Nosotras venimos atrás de los hechos que se hicieron visibles. Nosotras queríamos hacer una intervención artística, arquitectónica, donde los materiales que utilizamos nos llevaran a una reflexión sobre la disciplina, porque tuvimos que pensar en darles un tratamiento especial para que perduren en el tiempo. Pero que hoy no usemos banderas, sino que ellas sean nuestro estandarte... es muy emocionante que cada una llevara un nombre, y fue muy fuerte cuando el papá de Paula Perassi nos pidió el nombre de Paula. Porque así como la elección de poner el nombre y no el apellido da la posibilidad de que nos reconozcamos todas, también tiene la fuerza de que ese nombre que llevamos no es lápida, es lucha. Esta instalación no es de muerte, los nombres se elevan al cielo pero, como estacas, se clavan en la tierra y también germinan".

"'Capaz vos estuviste un ratito perdida ahí, pero a estas

pibas se las llevaron o las mataron y no volvieron más'".

La misma lucha necesita de todas ellas (docentes, graduadas, alumnas) para volver de la calle a las aulas (y más allá) a "pensar en una universidad pública y feminista -como dice Ana-, las estudiantes somos humilladas y somos doblemente humilladas por ser mujeres, en las clases, en las consultas, en los exámenes". Trazar relaciones y conexiones entre sus distintos recorridos dentro de la unidad académica que las reúne muestra las marcas del patriarcado. Aquello a lo que, dice Alejandra "en nuestra época decíamos "es un baboso", ahora lo reconocemos como acoso", o, como subraya Victoria, "notamos que en la práctica profesional existe la misma experiencia más allá de la diferencia generacional. Por ejemplo, cuando vamos a una obra, el albañil le habla al varón. Puede que vos seas la que pensó el proyecto, la que sabe qué indicación hay que dar, pero ellos no te reconocen".

La arquitectura porta las marcas de las violencias, pero puede también y sobre todo transformar los modos de distribuir los espacios de acuerdo a su tamaño y función, o incluso rediseñar la ciudad y la vivienda de modo que la diversidad de seres que las habitamos encontremos en ellas un lugar y un recorrido. "Desde Arquelarre nosotras también nos preguntamos cómo hacer de esos territorios espacios desjerarquizados", dice Alejandra y cuenta la anécdota del proyecto de una arquitecta que participó del concurso para construir en calle Salta un sitio de memoria, que "fue rechazado por ser 'demasiado femenino'. Esto es ser anti monumental. La diferencia está en si vas a recordar desde el monumento o si vas a propiciar lugares para el encuentro. El proyecto que ganó, de hecho, es un monumento".

Parece inevitable que con el feminismo en la arquitectura y la arquitectura en el feminismo no aparezcan las fricciones entre los modos hegemónicos y las preguntas por lo que es un espacio justo para todes. Lucía cuenta cómo el lenguaje inclusivo se cuela en el aula. "Cuando yo nombraba chicos y chicas y una chica me dice "profe, chiques" y yo no sabía si decirlo o no, entonces esas experiencias abren también la necesidad de discutir sobre el lenguaje", o esa misma cuestión se vuelve absurda porque, como dice Alejandra "esas experiencias en las aulas van por delante de las formas burocráticas de nombrar, los cargos por ejemplo todavía están masculinizados, yo soy jefe de trabajos prácticos y no jefa en los papeles". Ningún proceso de cambio es de una vez y para siempre y en Arquelarre, remata Alejandra, "estamos afilando el ojo".

La agenda de Arquelarre incluye montar las estacas cual escobas hasta Mar del Plata, donde fueron invitadas el próximo 14 de septiembre por el Colegio de Arquitectos al encuentro multiterritorial de arquitectura y urbanismo feminista, "Irrupciones, acciones sobre el territorio y el oficio".

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