Conversaciones en la biblioteca

El encuentro con las grandes figuras de los centros intelectuales de Occidente (léase: Europa y Estados Unidos) suele ser un suceso raro en nuestras latitudes. El mismo, habitualmente, llega tarde; ocurre cuando un renombrado académico se encuentra más en el ocaso que en el cenit de su labor intelectual. Precisamente, este aspecto hace que la reunión con la esperada personalidad gire de manera inevitable en torno a una revisión y balance de su obra. El caso que nos convoca para esta reseña es el del historiador italiano Carlo Ginzburg. Figura destacada en el ambiente de la historia, cultor de un estilo particular de investigación, la microhistoria, Ginzburg llegó el año pasado a nuestra ciudad, invitado a dictar un seminario de doctorado para alumnos de Historia. El nombre del mismo, "Problemas de la historiografía", sirvió como excusa para repasar sus planteos más conocidos respecto de la disciplina: su defensa de la misma -aunque él los llame contraataques- contra el relativismo y escepticismo que trajo el posmodernismo, su definición de la microhistoria y su reflexión sobre la metodología y el proceso de investigación, contrariando la extendida creencia de que los historiadores son poco dados a reflexionar sobre esto.

El libro Conversaciones en la biblioteca, diálogo con Carlo Ginzburg (editado por HyA ediciones, la editorial de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR) rescata el espíritu dialogado y debatido de esa jornada, con intervenciones de profesores y alumnos. En una primera impresión, el tono del diálogo pareciera perder el hilo entre abundantes digresiones desplegadas por el mismo Ginzburg, temas dejados de lado a pesar de las preguntas, vueltas a repetir ciertos conceptos o reformulaciones de ideas ya expresadas; sin caer en un valor negativo, el libro es un registro de la naturaleza del diálogo, de la conversación, que lleva a ese recorrido irregular y entreverado. Hablamos buscando entendernos, ese es el sentido de toda comunicación o intercambio de ideas.

La relación entre lo popular y la alta cultura, las representaciones como espacios en donde se ven esos cruces, el interés por entender esa "doble perspectiva", acercaron desde el principio a Ginzburg a una mirada que suma elementos de la antropología, la literatura, el arte, con una escritura que navega entre la indagación y el ensayo. Sin embargo, valga la redundancia, también hay una historia de la microhistoria, un momento en la que su apellido pasa a convertirse en sinónimo de esa corriente. A ese momento Ginzburg lo liga a la ruptura entre la "generación del 68" -Italia también tuvo su "68"-, con el PC italiano y con la idea del marxismo como la forma de conocimiento para la historia. A fines de los 70, esa generación de intelectuales italianos buscó nuevos caminos ante la crisis del pensamiento de izquierda y un ambiente en que lo académico empieza a ser hegemonizado por corrientes relativistas y escépticas de palabras como "testimonio", "verdad" o "documento". En este sentido, la microhistoria es su forma de "contraataque" metodológico y, por qué no, político, que encuentra a ese desafío. A la caída del gran relato universal y el abandono a entender los grandes procesos económico-políticos, Ginzburg "contraataca" a partir de un cambio en la perspectiva. Se ocupa de casos y de casos aislados. Su ejemplo más famoso: los avatares de un simple molinero en la región friulana en el siglo XVI, relatado en su obra El queso y los gusanos (1976). Haciendo un mapeo exhaustivo de la zona, y "agotando" la documentación y archivos al respecto, Ginzburg busca encontrar la anomalía, lo "excepcional normal", en palabras de Grendi, otro representante de la microhistoria, pero no para ver cómo esa anomalía es controlada y asimilada por el poder, el panóptico o la biopolítica naciente del estado -y aquí hay también una respuesta a la visión foucaultiana, que tanto predicamento tuvo entre los historiadores desde los 80- sino para descubrir, a partir de ella, la tensión entre lo particular y lo general. El choque, pero también la mezcla entre lo local y lo global, entre lo alto y lo bajo. Encontrar en esa tensión la sustancia histórica misma que a la vez ayude a entender el contexto. Como lo expresa en el libro: "…un caso individual puede iluminar un panorama más vasto". Y son las opiniones de Menocchio, sobre Dios, los ángeles, encontradas en los documentos de la Inquisición, y su contrastación con la circulación en la región de cierta literatura prohibida, lo que le permite a Ginzburg mostrar el encuentro que ya había, incluso en sectores populares, de opiniones que se consideraban que circulaban solo en círculos intelectuales.

El otro "contraataque" hacia el posmodernismo es la valoración que hace de lo subjetivo. Ginzburg se pregunta en el libro "¿Cómo se concilia la aceptación de la subjetividad con la búsqueda de la verdad y la proposición de una?". Teniendo en cuenta que lo subjetivo siempre es visto como una mancha de aceite en la posibilidad de llegar a un conocimiento objetivo y en un momento que, desde una mirada posmoderna se objetaba a la historia por no diferenciarse demasiado de una narración, Ginzburg reivindica el lugar de la historia como constructora de una verdad, y una verdad surgida de un proceso dialéctico en que lo subjetivo y lo objetivo están en una constante retroalimentación, feedback, como gustan decir otros. El historiador enfrenta sus presupuestos de los que parte con las fuentes y documentos y puede y es capaz de llegar a una verdad, que es potencialmente refutable, pero es verdad al fin. Ginzburg retrovierte la prueba, corresponde a los otros demostrar que eso que el historiador halla/produce no es verdad; y es más, un historiador deber poder decir -tener la potestad, agregaría- "esto es verdadero y esto es falso": "…si no somos capaces de decidir si este documento es verdadero o es falso (…) podemos decirle adiós al trabajo de historiador". Debe haber verdad porque no todo puede ser ficción. Esto posee una profunda consecuencia ética en la tarea del historiador, teniendo en cuenta la aparición de discursos negacionistas a los que Ginzburg ha combatido fervientemente y de los que se relata su lucha en el libro.

Por último, hay un motivo implícito en el texto, aunque se explicita en el prólogo. La celebración de la figura y las ideas de Ginzburg que también son la reivindicación de una generación de estudiantes de la disciplina de la historia en la Argentina: la generación que se empezó a formar después de la dictadura, y que encontró en posturas como la microhistoria italiana, formas menos anquilosadas - ¿también menos politizadas?-, de encontrar nuevos caminos de investigación.

Tal vez su visita cierra un círculo para esa generación, formados en esa coyuntura de salida de una dictadura y de derrota de la izquierda, que los llevó a buscar alternativas, en pos de recuperar la posibilidad de seguir pensando a los hombres y su historia. Queda para las siguientes generaciones de historiadores, en este tiempo de próceres reemplazados en los billetes por guanacos, pensar si, más allá de su innegable calidad intelectual, sigue siendo una reflexión útil para los desafíos que el presente de nuestro país nos depara.

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