El gol que no hicimos nunca

¿Cómo se hace para hacer rodar un relato? ¿Cómo se convoca a las palabras, esas tan esquivas que están en el diccionario, y no? Las que vienen amasándose desde lejos en el barro del idioma, este tan nuestro, tan querido, tan apto, único, el materno que parece fácil. Lo hablamos desde que somos niños, nos constituye pero siempre resulta esquivo, indiferente, lábil, como que fuera un potro a domar, siempre, siempre.

Uno tiene siempre autores de su preferencia y quién no los tiene, diría Juan Gelman, como un hombre y una mujer con sus problemas. Edgar Bayley decía (y escribía) que uno debe merecerse ese poema. Raúl Gustavo Aguirre acotaba que esas palabras que uno echó a rodar hasta que se encuentra con su lector que lo acune. Esa búsqueda puede resultar trabajosa pero siempre da con el lector que lo espera, el que lo hará feliz.

¡Qué buena que es está quietud de esta ciudad dormida! Uno está entonces en esta valva silente esperando las palabras que no vienen, insistía Juan Manuel Inchauspe, mi amigo. Los grandes poetas siempre se quejan de no encontrar esa palabra para su poema perfecto, que, claro tampoco llega nunca.

A veces, cuando madrugo, mi felicidad me supera y puedo pasarme horas imaginando los despertares de la ciudad que pronto se llenara de ruidos y de cosas y de noticias tristes pero de pronto hay un nacimiento y la esperanza renace y es como si la vida pidiera que le abran posibilidades plenas que no todo es odio en este valle hondo de tanta intensa lágrima. Que de tanto dolor parece que nunca acabara.

Uno sabe que puede interrogar aquella infancia de cielos abiertos y de crepúsculos rodadores, girantes como grandes manos que quieren abarcar la tierra ésta que nunca nos deja conforme, nunca nos da el reír plenamente mientras tanto uno disfruta de esta ciudad que navega en hondo mar de aguas tranquilas esas vigilancia atenta, ese abandono al que uno se rinde. Como se rendía en el principio del anochecer en que habíamos tenido días de cazas o de pesca con los otros chicos de ese lento barrio de aquel pueblo del que alguna vez me vine, y que ahora busco todas las palabras para volverlo vivo, palpitante como aquella sandia roja que robamos aquella siesta y partimos sobre la tierra hasta arrancarle ese corazón vivo que recogían los rayos del sol del querido verano y nosotros no lo sabíamos pero éramos imbatibles en nuestra imaginación que mezclaba piratas, gauchos alzados contra la injusticia, con la zurda perfecta de nuestro crack querido que hacía el gol en ese ángulo imposible, ese o aquel que soñamos convertir en un clásico inexistente, en el que sin quererlo nos metió la vida cuando ya era tarde y ese día nos golearon para siempre.

 

Estas palabras son para Justito Pezzino, para Toto Miguez, para Roberto Vega, para Miguel Correa, y para Víctor Sanchez que me esperan en esa cortada de gramilla que el progreso convirtió en una calle que saltea pasto hacia el Sur, la ruta y el mismísimo camino del Diablo.

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