RESCATES

Ámbar feminista

Pintora invisibilizada tras la firma de otros varones sin un ápice de su talento, Judith Leyster (1609-1660) era un huracán que arrasó con los mandatos en cada uno de sus trazos.

“Votá bien, Conchetumá” óleo sobre tela (1647) Judith Leyster, decía un whatsapp, uno de los tantos que llegaron a nuestros teléfonos en la mañana de las elecciones y que no eran cadena pero que aparecían en la oleada para abrigar correspondencias. El whatsapp reproducía un óleo que Judith había pintado en 1647 y que se exhibe en el Mauritshuis, el museo emplazado el centro de La Haya, guarida de las mejores pinturas holandesas de la Edad de Oro. Pero oh sorpresa, en el museo de Los Países Bajos el óleo colgado se llama El tacto, tiene diez años menos, pertenece a la serie de las alegorías de los sentidos –como las de Rubens y Brueghel– y no dice que sea de Judith sino de Jan Miense Molenaer, su esposo. La respuesta al supuesto error del whatsapp no es otra que la que revela una verdad silenciada: toda la obra de Judith (salvo siete pinturas, seis firmadas JL) fue atribuida a dos hombres: Frans Hals, uno de los barrocos maestros neerlandeses del retrato y a Molenaer, supuestamente más prolífero que ella (no tenía casa que limpiar ni niñxs que cuidar) pero definitivamente menos talentoso. ¿Cuál de todas las obras que dicen Molenaer son realmente suyas? ¿Cuántas de las de Hals? Una inventada hogarañería devocional cubrió el robo, la firma sobre la firma, y dejó a Judith fuera del catálogo. Aquel whatsapp traía dos verdades, la donosa con trasfondo de moraleja (condición de las alegorías) que representaba la escena doméstica donde un hombre recibe un zapatillazo sobre la cabeza con coscorrón o tirón de pelo incluido (votá bien conchetumá) y la de la identidad robada. Ese cuadro que un museo cuelga con el nombre de un hombre seguramente -y como tantos otros cuadros- los pintó una mujer. Judith no aprendió a pintar en el taller de su padre (no era pintor, era cervecero), lo hizo sin cofradía, tal vez siendo alumna de Frans Pietersz de Grebber, o tal vez solo influenciada por la luz caravaggista. Posibles ambas. Unos años después de firmar su primera obra abrió su propio taller y formó parte del grupo de pintores de San Lucas de Haarlem donde no entraban mujeres. Pintaba retratos, vida cotidiana y bodegones con personas tomando o tocando instrumentos musicales y además daba clase (algo excepcional en una mujer). Entonces, cuando todo parecía envolverse en un huracán de producción, se casó con un pintor (Molenaer) y dejó los óleos y las telas por una casa con cinco hijxs). La pintora a la que hoy se la reconoce haciendo pintura de género (escenas íntimas de mujeres a la luz de las velas o rechazando el dinero de los hombres como en ​"Hombre ofreciendo dinero a una mujer joven", colgado en Mauritshuis) dejó el taller y supuestamente, también de pintar. Un retrato perdido y algunos tulipanes cierran aquellos años en los que Judith solo pintaba flores. Pocas. Un autorretrato y otro posiblemente oculto en “La alegre compañía” (donde de modo casi imperceptible se ve a un hombre pintado sobre la figura de una mujer) destapan algunos de los mantos que cubrieron su nombre durante siglos porque fue ese cuadro cuando el XIX terminaba en el que un curador reconoció la firma de Judith debajo de la falsa firma de Hals. Nacía alguien ya nacida, como un ámbar falsamente extinto reflejando su alta luminosidad, la congelada luz de ese amarillo rojizo que guarda el naranja. Volvió para mostrar su obra –la corteza y las astillas– y para que dudemos de los cartelitos de los museos.   

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