Opinión
La hora del juicio del Pozo de Banfield
Imagen: Pablo Piovano

El 6 de diciembre será la jornada previa al juicio del Pozo de Banfield tras tantos años transcurridos (43) para lo que deseo, sea el castigo a los responsables de ese campo de concentración, de exterminio y de maternidad clandestina. El juicio definitivo está establecido en la agenda pública para marzo-abril del 2020.

Hemos sido sin duda democráticos, republicanos, todos los adjetivos que contemple la paciencia, y mucho más también. Desde el momento en el que pude comprender que había sido testigo del horror, y que estaba vivo, aguardé este acontecimiento, como supongo que también lo hacen los familiares de los asesinados en dicho campo, no sin antes presentarme a otros juicios relacionados y de hacer una película que reflejara la plena adolescencia. El hecho es público: ahí está para nosotros y para el mundo. La justicia es política, y lo aprendí no con la declamación de los discursos de colegios de abogados, sino con el sentido común del proceder de los mismos, en los actos. Pero está llegando la hora, nuestra hora. Quisiera que a la altura de los acontecimientos, mis conciudadanos puedan escuchar el horror, no para trasladarnos a un pasado de tanto dolor, sino para protegernos en el presente y futuro del horror. Construyo el futuro testimoniando lo pasado, sabiendo que el hombre es responsable de lo que hace, y que determina con su decisión que provocar.

Jack Fuchs, sobreviviente de Auschwitz, me decía que el hombre es potencialmente bueno y potencialmente malo; el testimonio ha de reafirmar la vida, el amor, la solidaridad, y la Paz, como fin. Él decía que con el tiempo, ya no recordaba el nombre de sus represores, sino que siempre recordó el nombre de sus ausentes… Con el paso del tiempo me he enamorado de la corta vida de mis amigos que quedaron en el Pozo, y hago esfuerzo por recordar a los reos. Así y todo son 22, y solo 2 los presos (Etchecolatz y Di Pascuale). Definitivamente, creo que tendría que haber revocatoria de domiciliarias y presencia de los reos en las audiencias. Creo que el Teatro Argentino de la Plata serviría como escenario y la presencia pública de estudiantes secundarios y universitarios sería una prolongación del hecho conocido como La Noche de los Lápices, teniendo en cuenta el carácter de legalización en la currícula de Educación. Así también poder transmitir por las redes y demás medios masivos de comunicación, en directo, los testimonios. No ocultando lo real y haciendo docencia en el Nunca Más.

A veces, cuando pienso qué valor es el esencial destacar para ser “buenas personas”, tengo contradicciones en la prioridad, pero una cosa clara: tener una pasividad retórica en base a un posibilismo, no es lo mejor. No hubo relato, ni falsedad, en el hecho concreto de sentir vergüenza por la pobreza, ni de tratar de modificar el sistema. La falta de oportunidades surgen hoy en donde se nace, y la felicidad se parte erróneamente desde la humanidad fundante, salvándonos individualmente (si tenemos suerte). La adolescencia de última, es la de los besos públicos, aquellos que sin negociar con el falso prejuicio se dan en las plazas, en los colegios, en la calle. Mientras que, sobre la falsa adultez existen los besos privados de los mismos, los que no se dan o dejan ver. La rebeldía aplica sobre lo que está mal. El hombre ha creado el sistema más perverso que pudo haber creado, donde para poder sobrevivir, para alimento y vivienda se necesita un papel, al que hemos llamado billete. Los jóvenes aun me preguntan dónde conseguir una oportunidad laboral para insertarse en este sistema y sobrevivir. Somos 44 millones ya, y hay trabajo solo para 12, entonces ¿quién sobra? Sé que estas respuestas ahuyentarán la razón de la convivencia, porque nuestra América Latina está convulsionada, un poco partida, y un tanto más despierta. Pero aún hoy, están muriendo jóvenes como ayer, por una solución definitiva de inclusión social. La represión los castiga sin piedad. La memoria me trae la militancia de mi adolescencia y los sueños. Los besos y los pesares. Ejercitaré la memoria como todo sobreviviente del horror, pero resaltaré la vida de los adolescentes desaparecidos y de las madres que estaban esperanzadas en convivir con sus hijos al nacer. Porque la historia del Pozo de Banfield, en verdad es una historia de amor, y quiero que la escuchen.

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