CRONICAS DE UNA CHONGUITA FORMOSEÑA. PARTE IV
Había una vez... un circo
El circo de pueblo y el irresistible llamado de las mostras. Una película mirada en familia de pronto funciona como una botella al mar para una niña lesbiana. La chonguita formoseña celebra en esta crónica, la potencia liberadora de la ficción. Viva el circo. Viva el cine.

Siempre me gustaron los circos. Voy desde chiquita. Atención que no estoy hablando del Circo du Solei. Estoy hablando del circo “familiar”, bizarro, con trajes muy envejecidos de Mickey Mouse, malabaristas que venden pochoclo, enanos y trapecistas con pancitas que delatan ausencia de entrenamiento. Cuánta magia. Entrar a la carpa, las luces medio apagadas, las mujeres con escotes y mallas entalladas que resultan un tanto confusas, pero se parecen a las del carnaval. Algún payaso sufriendo consumo problemático. Cuánta Magia.

En los `90, los circos eran el único entretenimiento que llegaba a Las Lomitas, el pueblo donde pasé casi todos los fines de semana de mi infancia, pubertad y adolescencia. Eso, y la colección vhs de la revista Caras.

DISGRESION: AGRADECIMIENTO A REVISTA CARAS

Quisiera aprovechar este espacio para agradecer a la persona que haya hecho la curaduría de esa colección. Desde el corazón. Quiero agradecerle porque incluyó la película “Cuando Cae la Noche”, dirigida por Patricia Rozema .

“When Night is falling” (su título original) es la historia de Camile, una docente universitaria católica bien gringa (white trash), un poco aburrida de su vida, que está a punto de casarse con un docente universitario católico (también gringo), pero conoce a Petra, una lesbiana negra, artista de un circo alternativo, que la seduce en un lavadero de un pueblo perdido de Canadá. No voy a hacer mucho spoiler pero diré lo importante: tiene un final feliz. Encontrar una película lésbica de los `90 con final feliz, es una rareza digna de la colección Platinum.

Yo habré tenido 11 o 12 años. En ese momento la casa de mi viejo era un solo cuarto dividido por un placard, una cocina de barro separada por un pasillo y el baño al fondo en la parte más alta del terreno. Los árboles rodeaban toda la casa. Mirábamos las películas en el patio, en un TV de 32 pulgadas, cuadrado, que parecía un mueble viejo. Todo muy Cinema Paradise, cine bajo las estrellas, con el ventilador protegiéndote de los mosquitos, opacando cualquier banda sonora con el runrunear de su motor, a punto de estallar por el calor.

No sé si mi viejo reconocerá alguna vez el hippismo de aquellos años, pero sí que fue muy progresista y no detuvo la película cuando Petra le dijo en su trailer a Camile: “Camile me encantaría verte desnuda a la luz de la luna, con el cuello tendido y el cuerpo en llamas.”

Tampoco detuvo la película cuando hicieron el amor (porque en una película romántica no se coje, se hace el amor), en el colchón de seguridad de las trapecistas, que practicaban una coreografía que un poco dialogaba con el movimiento de Camile, sentada sobre Petra, con el cuello tendido y el cuerpo en llamas. Mirábamos las películas de la colección sin leer las sinopsis, así que nadie se la vió venir. Yo aluciné, por un segundo me olvidé de los mosquitos, de los 40 grados y de las cucarachas en el pozo ciego del baño.

Después de esa película ya nada fue lo mismo. En una hora y media descubrí que podía ser lesbiana y no terminar muriendo de sobredosis, en un psiquiátrico, o consumida por una vampira. Descubrí que tenía hormonas que escapaban a mi control, y descubrí también, que las mujeres podían participar en el circo sin tener que usar esos trajes entallados que jamás hubiera podido habitar. Había esperanza.

MALABARISMOS
Como no conocía ninguna lesbiana para practicar los movimientos de Petra, que aprendí de memoria, hice lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar, empecé a estudiar malabares. Y aunque nunca me sirvió para seducir a nadie, fue muy útil durante mis años universitarios, en los que en más de una ocasión, salí al semáforo a rescatar una moneda.

Hace poco volví al circo con mi viejo. Como la macrisis se siente en todos los puntos cardinales había 2x1 , así que pagamos la entrada más cara y por primera vez, nos sentamos delante de todo. Mi viejo me insistía con que el trapecista se nos venía encima, y un poco tenía razón, porque el techo de la carpa no era muy alto. Cuando entraron las personas disfrazadas de Minion, Mickey Mouse y algo que parecía ser el Hombre Araña, yo sentí que estaba entrando a un viaje muy oscuro, digno de una pepa de muy mala calidad. Respiré. Volvió la oscuridad al escenario y una voz de locutor venido a menos, sobre una música mística, estilo Enya, presentó el show de malabares. Entonces la vi. Una marica hermosa avanzaba con los brazos en alto, como Jesucristo súperstar. Detrás, las mujeres de escote avanzaban con los elementos para malabarear. Bailaron todes juntes, a medida que el ritmo de la música mutaba de Enya a electrónica de boliche a la 1am. El viaje oscuro se trasnformó en una fiesta. Volvió la calma.

Alguna vez, tomando vino con un payaso enano al costado de una carpa de circo en Las Lomitas, pensé en irme de casa con ellxs y lo hubiera hecho, si no me hubieran puesto como requisito usar la malla entallada y el corte de pelo ochentoso. Me perdí en ese recuerdo y en la oscuridad del escenario, que se abría para dejar lugar a las aguas danzantes, “la máxima atracción de Las Vegas”. El chorro de agua iluminado que caía sobre una especie de pelopincho, me recordó que había tomado mucha cerveza antes de entrar. Salí al baño y una de las bailarinas me dijo sonriendo “el baño de mujeres es por allá”. Fue la primera vez, en todos los años que llevo en Formosa, que una chica en vez de intentar echarme del baño de mujeres, me invita a pasar. Cómo no sentirme en casa cuando estoy en el circo, pensé, si es la cuna de les freakys, marginales que viajan en familia, en tribu, llevando magia a los pueblos perdidos de países remotos. 

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