Desde París

Nunca estamos protegidos ante lo inesperado. Un manojo de segundos cambia para siempre a un individuo o a una sociedad. Los casi dos minutos que duró el ataque contra el semanario satírico Charlie Hebdo perpetrado hace 5 años por los hermanos Chérif y Saïd Kouachi abrió una secuencia que iba a trastornar a Francia de forma duradera. Nada es lo mismo. 

Los hermanos Kouachi revelaron la densidad de las redes yihadistas instaladas en Francia, el horror que fue descubrir que sus miembros eran hijos de la República y la influencia que tenían en ciertas zonas del país las retóricas del Estado Islámico. 

Charlie Hebdo fue sólo el comienzo de un período cargado de muerte. A partir de ese enero, 255 personas murieron victimas de atentados terroristas. Apenas dos días después, Amedy Coulibaly, otro adepto del Estado Islámico, atacó un supermercado judío de París luego de haber asesinado a una mujer policía en un suburbio de la capital francesa. En febrero, tres militares fueron atacados en Niza en las puertas de un centro judío. En abril, un estudiante que se aprestaba a cometer un atentado contra una iglesia asesinó a una mujer. En junio, el empleado de una empresa de reparto de gas decapitó al dirigente y expuso su cabeza. El 21 de agosto, el marroquí Ayoub El Khazzani, armado con un fusil Kalachnikov, atacó a los pasajeros del tren Thalys que se encontraba en territorio francés proveniente de Ámsterdam. Tres militares norteamericanos y un joven francés que estaban en el tren lograron desarmarlo (Clint Eastwood rodó una película sobre ese episodio).

 El 13 de noviembre de 2015 el manto de la barbarie envolvió París: tres comandos coordinados atentaron contra el Stade de France, bares y restaurantes de Paris y la sala de conciertos Bataclan. 130 muertos y decenas de heridos. En 14 de julio del año siguiente, el tunecino Mohamed Lahouaiej-Bouhlel precipitó su camión contra la multitud que presenciaba los actos conmemorativos de la fiesta nacional francesa: 86 muertos, 400 heridos.

Charlie Hebdo fue la matriz de un modo operativo teledirigido desde el califato que Abu Bakr al-Baghdadi instauró en 2014. Los hermanos Chérif y Saïd Kouachi ultimaron a 12 personas y, con ellas y todo lo que siguió después, asesinaron una forma de vivir juntos, los espacios de libertad, cierta autonomía del pensamiento, un principio muy arraigado de tolerancia e interés por el otro, la facultad de andar por las calles sin miedo ni miradas recelosas. El atentado contra Charlie Hebdo sacó a millones de personas a la calle para defender la libertad de prensa al tiempo que globalizó la consigna Je Suis Charlie (Yo soy Charlie). Pero quedó la herida, una columna de aire asomada al abismo que se tragó una suerte de inocencia colectiva. El atentado hizo entrar a Francia en la era del terror, de la desconfianza, del Estado como agresor de las libertades individuales en nombre de la lucha contra el terrorismo y de los individuos vigilantes estrictos de todo lo que se expresa. Siguiendo su tradición de insolencia radical, en su número aniversario del atentado, el semanario cede la palabra a los familiares de las víctimas y se revela contra esa cultura de la delación global que empezó a expandirse por medio de una generación a la cual Riss, el director de la redacción, califica como “los nuevos gurús del pensamiento formateado”. Riss fustiga a los “nuevos censores” que se creen “los reyes del mundo detrás del teclado de un Smartphone” y que llevaron a que “las llamas de los infiernos de antaño les dejaran el espacio a los tweets delatores de ahora”.

En los últimos 5 años se han escrito muchos libros sobre ese acto terrorista. Analistas, sobrevivientes y familiares han ahondado en las significaciones de ese minuto y 49 segundos que les llevó a los Kouachi a perturbar para siempre el rumbo de la historia y matar, entre otros, a los célebres dibujantes Cabu, Charb, Tignous, Wolinski. A lo largo de un relato sembrado de tanta emoción como furor político, Riss contó, en un libro, ese minuto y 49 segundos y ese impacto instantáneo en el cual “todos lo entendimos. Es el fin. Nuestro fin ha llegado”. Ajeno a toda pulsión de venganza, Riss escribe en esa obra que después del atentado “no había que revelarse, ni designar a los responsables, ni apuntar con el dedo hacia los cobardes y los culpables”, ni tampoco “denunciar el proselitismo de las creencias arcaicas, de los conceptos reaccionarios, para no lastimar a aquellos que los practican y quieren propagarlos paras entirse menos solos”. El director de la redacción de Charlie Hebdo es resueltamente lúcido y conmovedor cuando barre con una frase las estupideces primarias que siguen a las tragedias como forma de consuelo. Riss escribe: «quienes creen que la violencia está detrás de nosotros no entendieron que esa violencia está ahora dentro de nosotros. No hay reconstrucción. Lo que no existe más no volverá jamás”.

El periodista y escritor Philippe Lançon es otro sobreviviente de la matanza de Charlie Hebdo. Su libro, Le Lambeau (El colgajo, publicado por Anagrama), constituye uno de los más honestos, demoledores y vibrantes relatos de un ser humano que no sólo se salvó de una matanza, sino que tuvo que atravesar un infierno de reconstrucción de 17 operaciones. Su libro no solo se sumerge en el atentado y en ese espacio de vida suspendida que viene después. Lançon interroga a todos los seres humanos que fue antes de que el destino lo encerrara en Charlie Hebdo; al niño, al joven, al periodista. En estas páginas de una dignidad y de una latitud humana sobrecogedoras, Philippe Lançon no expresa odios, ni deseo de venganza, ni rabia hacia los hermanos Kouachi. Es un relato fuera del rencor,” un acto de gratitud”, como él mismo lo reconoce. Un puñado de locos dementes puede sembrar la hecatombe, pero hacen falta muchas más personas al lado nuestro para sobrevivir. ” No tengo rabia, tengo tristeza. Una tristeza infinita por lo que pasó”, dice Philippe Lançon. Esa tristeza, a su manera disimulada, es también colectiva. 

El atentado contra el semanario francés fagocitó para siempre la esperanza de una armonía humana. Se impuso la visión de la seguridad, del control, del espionaje de cada transeúnte raro, de la expansión policial en cada rincón. Fue un paredón de fusilamiento cuyos impactos siguen vigentes.

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