La edad incómoda

La nueva versión de Mujercitas dialoga con el presente del feminismo y las disidencias sexuales

Desde su planeta decimonónico pero profético, Mujercitas sigue dialogando con el presente. El clásico de Louisa May Alcott que preanunció la adolescencia como categoría social y puso en primer plano las tensiones del devenir mujer en sociedades que pretenden sumisión y miedos, vuelve al cine y da en el nervio del feminismo. Esta nueva versión de Greta Gerwig acierta en poner en primer plano la disidencia sexual, la menstruación, el despertar de las hormonas y reafirma su lugar en el mundo como manifiesto político.

El próximo 30 de enero se estrena en Argentina la versión revulsiva y feminista de Mujercitas dirigida por Greta Gerwig (la directora de Lady Bird), protagonizada por Saoirse Ronan, una Jo rubia y aun así la más guerrera, desafiante y políticamente extrema de todas las Jo de la pantalla, Winona Ryder incluida. Porque Jo March, ícono de las adolescentes de al menos dos siglos, es una disidente sexual y Greta Gerwig decide no soslayarlo. El nuevo filme asume con valentía el hecho contundente de que varias generaciones de chicas hayan aprendido a ser mujeres con un libro escrito por alguien que aspiraba a ser “el hombre de la casa”.

El casting de la Mujercitas de 2019 es toda una declaración de principios: el protagonista masculino es Timotée Chalamet, bellísima representación ultra gay de la epifánica Call by your name, y no es ningún azar que Greta Gerwig lo haya elegido. El personaje original de Laurie tiene una ambigüedad sexual mucho más verdadera y profunda que la que le adjudicaron (o no) las adaptaciones fílmicas del libro de Louisa May Alcott. Laurie en verdad se llama Lawrence y en el colegio los muchachos lo llaman Dora, una burla que alude a su impericia para los deportes y los juegos masculinos. En el libro, además, Laurie es tiranizado, domesticado y travestido por las cuatro hermanas March, y su enamoramiento del matriarcado de la familia March como idea, más allá de la elección de una u otra de las hermanas, es una afirmación desde el primer momento.

La elección de Florence Plugh, bella, enérgica y con una figura que se sale del modelo anoréxico estereotipado, es otra posición política de Gerwig. Plugh encarna a Amy, la ambiciosa hermana menor de la familia, que declara, con un sentido práctico propio de Jane Austen, que aspira a casarse por dinero. Gerwig subraya este principio ultracapitalista ya que, en las circunstancias de la novela, el casamiento es una profesión. Meg, la hermana mayor, es actuado por una Ema Watson no muy cómoda en el papel de la más conservadora y romántica del cuarteto.

La actuación de Meryl Streep como la cínica, reccionaria, graciosa y aguda tía March es sorprendente. Nunca un papel, en su exitosa carrera, pareció calzarle tan bien (el modelo de la gran Maggie Smith en Down Town Abbey hizo escuela). Su afirmación feliz en favor de la soltería, estado que Louisa May Alcott celebró toda su vida (“el trabajo es el mejor marido”) es sostenida por un argumento casi marxista: “puedo ser soltera porque soy rica”.

El único actor que podría parecer un impostor es Bob Odenkirk, y no por su mala actuación sino, por el contrario, a raíz de su excelente performance en la serie Better call me Saul. El abogado tramposo de Breaking Bad aquí encarna a un pastor, el señor March, una broma de Gerwig que puede interrumpir el ritmo dramático de la película. Laura Dern, en diálogo con su antecesora Susan Sarandon como madre de las mujercitas, compone con nerviosismo una Marmy moderna hasta el anacronismo.

El film de Gerwig trata sobre la lucha de cuatro muchachas pobres y cultas por conquistar su destino. Las cuatro mujercitas tienen a su favor el pertenecer a una familia excéntrica y a un país, Estados Unidos, aún joven y efervescente, lleno de posibilidades. Pero Mujercitas trata también sobre la literatura y los procedimientos de una mujer para afirmar su identidad y su género. El extraordinario final del filme demuestra que Greta Gerwig leyó bien Mujercitas y aún mejor las tensiones entre el personaje Jo y la autora Alcott. Sin sentimentalismo, Gerwig utiliza las condiciones de existencia de la vida real de Alcott como material narrativo del film, en una resolución cinematográfica y literaria genial que pone en el centro de la escena las convicciones morales de Alcott y las imposiciones de la realidad y de la ficción. En esta película se escucha el sonido de la máquina de escribir y también el de los rodillos, las linotipias de la máquina de imprimir, y ese estruendo funda una dinastía de mujeres.

Las ideas valen más que la vida


En la novela de Alcott rige la severidad protestante y un amor por el servicio de un firme estoicismo, como prueba el experimento que la señora March hace con sus hijas en el libro (y que ninguna de las versiones fílmicas registró). Ante las quejas de sus hijas por sus rutinarias tareas diarias, Marmee propone a las niñas dejar escuela, labores hogareñas y trabajos por una semana. Al cabo las muchachas, fastidiadas, peleadas y aburridas, descubren que su holgazaneo costó la vida de su adorado pajarito, que murió de hambre. En los funerales de Pip –un homenaje a Charles Dickens- las niñas se secan las lágrimas y agradecen a su madre la dura lección recibida: como el peregrino del ultrareligioso John Bunyan, autor venerado por la familia, las niñas comprenden la moraleja. Para llegar a la Ciudad Celestial, como el héroe Cristiano, deben sobrellevar sus cargas. La crueldad de la madre, que no duda en sacrificar al pajarito en pos de la redención moral de las jóvenes, revela que las ideas, en esta casa de filósofos, valen más que la vida.

La doctrina trascendentalista que influía a los Alcott provenía del grupo de intelectuales al que pertenecía Ralph Waldo Emerson, íntimo amigo de Bronson Alcott. Emerson, benefactor de la familia, la ayudó a conseguir un hogar cuando no tenía donde vivir, le dejaba dinero escondido entre los almohadones o los libros de sus sucesivas viviendas, compartía con ella las tertulias filosóficas y hasta condujo el féretro de la joven Elizabeth –la Beth de Mujercitas- cuando murió. Lo acompañaron el célebre naturalista Henry David Thoreau y el escritor Nathaniel Hawthorne, miembros del cenáculo de Concord.

Amada por las más emblemáticas escritoras y artistas del siglo XX, desde Patti Smith a Simone de Beauvoir, que se identificaron con la desobediencia de Jo, Mujercitas preanunció la invención de la adolescencia como categoría social. Hasta su aparición en 1868, no existía el género de novela juvenil, aunque ya habían sido publicados en Inglaterra Jane Eyre (1848) y David Copperfield (1850). Como Martin Eden, como El guardián entre el centeno, Mujercitas es una novela de iniciación. Se aventura en la edad incómoda, la edad de la llegada de la menstruación y la agonía del cambio.

Los motivos del cabello cortado, el guante perdido, los regalos de flores, el vestido quemado y los bucles chamuscados son metáforas de la sexualidad y los ritos de pasaje, la menstruación, los pechos que crecen, los géneros que se eligen. Torpe, con brazos demasiado largos y exclamaciones fuera de lugar, Jo tiene la perturbadora apariencia de una chica en crecimiento. Silba con las manos en los bolsillos, usa expresiones masculinas, se deja el pelo suelto. Meg la regaña por correr como un chico: “Recuerda que eres una dama”. Jo le responde: “¬No lo soy!” Al cortarle el pelo a Jo (y venderlo por 50 dólares) Alcott resuelve dos deseos de su heroína en un solo golpe: ayudar a su familia y lucir como un muchacho. Hasta se da el lujo de hacer llorar a Jo por su femineidad perdida.

Beth, una Peter Pan femenina, se rehúsa al paso del tiempo. Su muerte a los dieciocho años–la edad promedio de la menstruación en la Nueva Inglaterra del siglo XIX era de diecisiete años y medio-, habla más de la relación tortuosa de las niñas con la adolescencia y la adopción del género femenino que de una ambigua fiebre escarlatina que hizo llorar hasta la desesperación a varias generaciones de lectoras.

Una novela de malentendidos

Mujercitas pervive, también, a causa de varios malentendidos. Quienes confunden a Alcott con Jane Austen (y a la vez malinterpretan a Jane Auste) peregrinan a Orchard House, el Museo Alcott de Concord, en busca de merchandising hogareño. Miles de legiones de fanáticas acuden todos los años al pequeño pueblo, cercano a Boston, donde se asienta la casa de la familia Alcott, que Louise detestaba. Las lectoras suelen comprar muñecas de porcelana de colección cuya estética probablemente haría resurgir los instintos incendiarios de Jo March. Las muñecas se venden acompañadas de sus objetos fetiches: Jo con su manuscrito y su pluma; Beth con un piano en miniatura; Amy y la pizarra con la caricatura del maestro que le costó el castigo más famoso de la literatura juvenil desde Tom Sawyer. Pueden adquirirse decenas de ediciones de los libros de Alcott, films, rompecabezas, agendas, vasos de cerámica, remeras, réplicas del Museo en miniatura. Claro que cualquier estudioso de la biografía de los Alcott sabe que esa casa es en algún sentido apócrifa, ya que, si bien es cierto que los Alcott la compraron en 1857, cuando Louisa tenía veinticinco años, es también cierto que ella sólo la habitó en calidad de huésped –pasó la mayor parte de su vida adulta en Boston- y nunca llegó a amarla, porque sentía repulsión por Concord, donde no podía escribir.

Orchard House albergó más tarde a la escuela de filósofos que fundó su padre en 1879. La verdadera casa que inspiró Mujercitas fue Hillside, enclavada en la calle Lexington, comprada en 1845 gracias a la herencia del abuelo materno de Louisa y a quinientos dólares provenientes de su amigo Emerson, en la que vivieron menos de dos años, para seguir su diáspora en Boston.

Pero Mujercitas le sirvió a Louisa May Alcott para pagar todas las deudas de la familia, incluida la del médico de Lizzie (inspiración de Beth) ocho años después de su muerte, para enviar a May (su hermana menor, la Amy del libro) a Europa a estudiar pintura y para comprar la Thoreau House a su hermana mayor, Ann (joven viuda, como Meg March) y sus dos sobrinos.

Aunque en muchos aspectos el libro que inspiró a Gerwig podría leerse como una autobiografía, al menos en cuanto a la estructura formal de la familia March, Louisa May Alcott ejecutó un complejo trabajo ficcional al describir, en 1868, la historia de una convencional familia cristiana mientras estaba construyendo, a la vez, un manifiesto político, un panfleto sufragista y un manual de etiqueta.

Si Mujercitas hubiera logrado su cometido político explícito, convertirse en una pintura de la simple y buena vida puritana del siglo XIX, si semejante estructura no hubiese cedido a las fisuras y tensiones, no hubiera resistido el paso del tiempo. Sólo su lectura como un libro escrito en clave explica que el más importante manual sobre Cómo-convertirse-en-una-chica haya sido escrito por una mujer que, como Louisa May Alcott (como Jo), confesó que llevaba “un espíritu de muchacho bajo el delantal de costura”. Alcott mantuvo su propósito de no casarse y de sostener económicamente a toda la familia con su trabajo, defendió sus derechos de copyright como autora y escribió artículos sobre la felicidad de la vida de soltera: “la libertad es el mejor marido”. Pese a que estuvo enamorada de Emerson a los catorce años, luego de leer las Cartas a un niño de Goethe que él mismo le prestó, y luego de Thoreau, su maestro en la escuela antiesclavista de su padre, su gran amor fue una médica del cenáculo sufragista de Boston, la doctora W., a la que ella llamó, en sus diarios, la “amiga de los días nublados”.

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