Guillermo Folguera, biólogo e investigador del Conicet, sobre el deterioro de los suelos

“Hoy resulta imposible pensar en una Argentina a 20 años”

Folguera analiza el modelo de agricultura industrial, sostiene la imposibilidad de continuar con él y señala la alternativa de la agroecología como un paradigma con nuevas pautas de cuidado de la naturaleza y salud humana.
Guillermo Folguera, biólogo e investigador del Conicet.Guillermo Folguera, biólogo e investigador del Conicet.Guillermo Folguera, biólogo e investigador del Conicet.Guillermo Folguera, biólogo e investigador del Conicet.Guillermo Folguera, biólogo e investigador del Conicet.
Guillermo Folguera, biólogo e investigador del Conicet. 

Las tierras campesinas pensadas como tierras del sacrificio. Exprimidas hasta el hartazgo, saturadas de agrotóxicos que barren con la riqueza de la naturaleza y obligan al desplazamiento de las comunidades no urbanizadas. El avance de la frontera agrícola y un extractivismo verde que no tiene reparos ni conoce de ética ecológica. La agroecología como una propuesta que puede quebrar el paradigma de la producción agrícola a escala industrial y transformarse en una nueva forma de vida. Sobre todo ello ensaya una reflexión Guillermo Folguera, que cultiva una perspectiva con raíces en la filosofía de la biología.

-Esta semana se conoció la creación de un fertilizante 100% orgánico desarrollado por jóvenes tandilenses. Cada vez hay una mayor conciencia por parte de diversos sectores de la sociedad…

-Lo que sucedió en Mendoza y Chubut describe, claramente, un cambio de escala en la participación en estos temas. Es posible rastrear desde hace algunas décadas una convicción creciente de parte de diferentes sectores –asambleas, movimientos sociales, pueblos originarios, colectivos de trabajadores y sindicatos– que apunta a proteger un poco más a nuestra naturaleza y a nosotros mismos. Al mismo tiempo, los síntomas locales se han vuelto mucho más visibles. Me refiero a cuerpos de aguas contaminadas, disminución de los glaciares, incendios, inundaciones y un marcado deterioro en las condiciones de la calidad de vida de las poblaciones. Signos de deterioro que vuelven muy difícil mirar para otro lado. En este marco, que cada vez más gente se preocupe por revertir una realidad con la que no está de acuerdo puede despertar cierto optimismo. Ahora mismo formo parte de la organización de la marcha del 22 de marzo y se ha generado un sincretismo, una mezcla fabulosa de grupos sociales que quieren lo mismo.

-La marcha en defensa del agua…

-Sí. Involucrará a sectores de diferentes lugares del país (con grupos que llegarán, incluso, desde Uruguay y Paraguay) y confluirá en Buenos Aires con un acampe previo. Se esperan movilizaciones y actividades en diferentes puntos del territorio y será masiva. El objetivo, por un lado, será lograr visibilidad en el espacio público y la agenda mediática y, por el otro, conseguir que la lucha ambiental deje de estar atomizada. Nos acostumbramos a pensar en la megaminería, las represas, el agua, la pesca, la contaminación y los agroquímicos como problemáticas sin ningún punto de conexión. Planteamos, entonces, un cambio de enfoque a partir de la conjunción de problemáticas que pueden ser abordadas desde una misma perspectiva.

-El tema de la tierra requiere de una ocupación inmediata. Estamos acostumbrados a pensarla a partir del abastecimiento químico, cuando lo cierto es que previo a la década de 1950 se cultivaba sin ningún producto.

-Sorprende la mirada histórica, genera escalofríos. La agroindustria –pero también la megaminería– no puede pensarse a futuro. ¿Qué pasará, en dos décadas, con las poblaciones que habitan en la zona de Entre Ríos, el norte de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba? Realmente no tenemos idea. ¿Qué le estamos dejando a nuestros hijos e hijas cuando, en cualquier momento, un derrame de cianuro podría generar una catástrofe? Hemos montado a lo largo y lo ancho del país tecnologías y modos de producción que ante la menor crisis podrían generar conflictos impensados. Hoy resulta imposible pensar en una Argentina a 20 años.

-¿Puede existir una salida en la agroecología?

-Sí, en la medida en que se desmarca de una agricultura basada en insumos de síntesis química. Fertilizantes, herbicidas e insecticidas que, desde la Revolución Verde (1960) se ubicaron como una pata fundamental de la producción agrícola. La sobreproducción generó deterioro y también dependencia por parte de los productores. A diferencia de lo que sucedía en el pasado, los agricultores comenzaron a depender de estos insumos y resignaron autonomía. Los campesinos que antes se autoabastecían a partir de sus propias semillas y el intercambio con sus vecinos, debieron seguir una lógica contraria que, evidentemente, tiene que ver con una expansión del capitalismo. Elizabeth Jacobo, especialista en el tema, distingue muy bien entre productos orgánicos y agroecológicos.

-Conceptos que suelen intercambiarse.

-Lo orgánico suele pensarse a partir de su destino. Se pretende que los productos de esta clase deben satisfacer a sectores sociales con mucha plata. Alimentos premium sin químicos agregados y listos para ser consumidos por las elites. La agroecología se despega de esta definición. Prescindiendo también de los químicos deja de concebir a la agricultura como bien de uso y escenario para la reproducción del capital, para pasar a definirla como forma de vida. Comunidades arraigadas en territorios que pueden volver a proyectarse a largo plazo; los padres, sus hijos y sus nietos podrían cultivar una mirada prospectiva. Emergen las interacciones con instituciones claves como son las escuelas rurales. Lo agroecológico ofrece un cambio de paradigma, una vuelta al rescate de la dimensión de lo humano en el campo.

-Es que la producción agrícola fue planificada a partir de una lógica extractivista. Hay que utilizar el suelo mientras deje plata y luego habrá otros…

-Esa última parte es clave. El proyecto de la agricultura industrial fue demográfico: en 30 años se vaciaron nuestros campos. Si uno visita cualquier pueblito al interior de Argentina, en general, lo que se escucha son historias de desarraigo. A veces involucran criollos, otras a pueblos originarios; inmensas masas poblacionales que dejaron sus campos y se asentaron en los cordones periurbanos (el Gran Chaco, el Gran Buenos Aires, la Gran Córdoba, el Gran Rosario, etc.) durante las últimas décadas. Así se maneja el sistema financiero en el mundo: escoge un sitio, invierte y cuando el rendimiento ya no cierra se marcha. Se conforman, de este modo, zonas de sacrificio; asumimos que existen territorios, personas y cuerpos que pueden sacrificarse.

-Y siempre se sacrifican los mismos. La ventaja de lo agroecológico es que se presenta como sustentable. Un término mágico, muy empleado por estos tiempos.

-Vuelve a la práctica agrícola una actividad susceptible de ser pensada a pequeño, mediano y largo plazo, que no requiere necesariamente de la utilización de insumos químicos y que no destruye cuerpos ni territorios. Modifica la escala en la medida en que ya no se necesita de proyectos faraónicos ni de satisfacer mandatos del tipo: “Argentina debe ser el granero del mundo y tiene la responsabilidad ética de alimentarlo”. La agroecología, en este punto, es mucho más modesta. Que el campesinado y los pequeños productores puedan recuperar su autonomía, rescatar su dignidad es uno de los puntos centrales. El hecho de vivir como uno elige no me parece menor: comunidades que escogen qué cultivar, cuando hacerlo, qué comerciar y en qué términos.

-¿Qué rol deberían desempeñar la ciencia y la tecnología en todo esto?

-En principio, no fueron ajenas a los cambios producidos por el capitalismo en las últimas décadas. La Revolución Verde coincide con la emergencia de la Big Science. Los investigadores dejaron de producir sus avances desde la soledad de sus laboratorios para comenzar a trabajar en equipos de muchas personas por objetivos comunes trazados por el Estado. Se delinean, luego de la Segunda Guerra Mundial, las primeras políticas gubernamentales en el área CyT. Los decisores, funcionarios y políticos empiezan a solicitar el auxilio de los investigadores para resolver problemáticas sociales, vinculadas a la producción de alimentos y el mejoramiento de la salud pública. No es casual, asimismo, que durante los 50’ y 60’ se expandan las farmacéuticas; el incremento exponencial de los psicofármacos se produce en esta época. Los gobiernos domésticos instaron a la creación de carreras que apuntaran a la formación de técnicos para empresas. Las facultades de Agronomía fueron un ejemplo del avance de los agronegocios en la región. Currículas acotadas y desprovistas de cualquier ideología y discusión social. En la actualidad pienso que hay lugar para la crítica pero también para la esperanza; confío en que todo puede cambiar a partir del diálogo.

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