La muerte de Sebastián Moro, el periodista que pre anunció el golpe de estado en Bolivia y falleció en circunstancias poco claras 

Fue el golpe

El 16 de noviembre, seis días después de la toma al Palacio Quemado en La Paz, moría el colaborador de Página12, entre otros medios para los que trabajaba. Su madre y sus hermanas marchan por él bajo la consigna #SebastiánMoroFueElGolpe e insisten con que se investigue el caso, ya que su cuerpo tenía signos de haber sido torturado.   

“El tío Sebi está en todos lados. En el aire, en el agua, en el árbol, aquí al lado nuestro...”. Sabina tiene nueve años, y es sobrina de Sebastián Moro, periodista argentino fallecido en Bolivia, en circunstancias que todavía no han sido debidamente investigadas, pero que no quedan dudas que están relacionadas con la violencia con que se preparó el golpe de estado -que se fue anticipando con crímenes contra los y las periodistas, y el silenciamiento forzoso de los medios de comunicación-. Sabina es la más pequeña de un grupo de mujeres, hermanas y mamá de Sebastián, que hoy asumen la denuncia del golpe de estado en Bolivia, y del crimen perpetrado contra su hijo, tío y hermano, y también contra todas las víctimas de la dictadura racista, fascista, patriarcal boliviana. Las mujeres en las calles, exigiendo justicia, son parte del camino que han recorrido tantas otras luchadoras, rebeldes, del Abya Yala. Se dan la mano, gritan, llevan la foto de Sebastián muy cerca del corazón, lloran, duelen, caminan, preguntan, abrazan… sin perder la ternura jamás.

Raquel, la mamá, Melody y Penélope, las hermanas, marchan al lado de Norita Cortiñas en la ronda de las Madres de la Plaza de Mayo. Las acompaña Miriam Medina, mamá de Sebastián Bordón, y otras madres de víctimas de la violencia institucional. Mujeres que nunca dejaron de caminar, como tantas, en estos territorios de violencia, dolor y rabia. “La fuerza de ellas nos enseña un montón –dice Melody-. Varias nos han aconsejado cómo seguir en esta investigación. Nos ayudan a sabernos que no estamos solas, que hay otras madres, hermanas, hermanos, acompañando”.

Hay una cierta incredulidad, sin embargo, en la expresión de las hermanas y la mamá de Sebastián, cuando se ven colocadas en un lugar que conocen, porque todas ellas han acompañado a otras víctimas de la violencia institucional o de la dictadura en otros momentos, pero que hoy las tiene como protagonista (Sebastián fue uno de los periodistas que trabajó con rigor en la información sobre los juicios realizados a los genocidas en Mendoza, antes de salir para Bolivia).

Miles de mujeres tuvieron que pasar por ese lugar de protagonistas, y se han vuelto gigantes en la búsqueda de justicia, en el durísimo oficio de transformar el dolor en lucha. Sin embargo, cada dolor es singular. Ellas conocen esa relación de lo general, de lo histórico, y de la devastación personal que tienen que superar. Sobre esto trataba precisamente la obra de teatro dirigida por Melody, Uter, que adaptando textos de Federico García Lorca, llevó al escenario historias de vida de tres mujeres, Miriam Medina (Madres en Lucha), Alicia Peña (ex presa política) y Carolina Jacky (abogada trans especializada en violencia de género). “La obra habla sobre la fuerza femenina –dice Melody- . Nos planteábamos que las mujeres movilizan a las masas, se paran al frente, y reivindican derechos. Ver a mi madre en el lugar de la mujer que pierde a su hijo, fue muy impactante y dije: hasta acá llego. La fuerza femenina todo lo puede, pero cuesta”.

Después de la ronda, Norita las invita a hablar. Ellas respiran hondo. Hay un ritual que continúa, apretando los dientes y dejando escapar las lágrimas. Dice Raquel: “Soy la mamá de Sebastián Moro, periodista. Él se desempeñaba hacía ya más de un año largo en el semanario gráfico Prensa Rural, y en Radio Comunidad, dos medios de la CSUTCB (Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia). Radio Comunidad funcionó hasta el 10 de noviembre, y después fue hackeada y desmantelada. Prensa Rural salía lo domingos, y se distribuía entre campesinos y campesinas. De ahí el reconocimiento de muchos hermanos y hermanas, que en encuentros que hemos tenido, se acercaban a abrazarnos y nos dicen que ellos lloraban a sus víctimas y entre ellos a Sebastián. Una de las mujeres que lo había conocido, abrazándonos, nos decía en aymara: “Sebastián era nuestro héroe”.

En los días que siguieron a las elecciones, Sebastián anticipaba que estaba en curso un golpe de estado. Penélope recuerda: “Sebastián estaba denunciando ante el mundo ese golpe que se estaba perpetrando a partir de las elecciones, o desde antes quizás. Cuando llegó a Bolivia, a principios de 2018, él dio un vuelco en su vida periodística, y se compenetró con la realidad boliviana desde lo pluricultural, el sector campesino, indígena. Sin embargo, termina su vida comunicando una vez más sobre un golpe de estado. Hasta el día de hoy, hay intelectuales que parece que no quieren entender que lo que sucedió en Bolivia fue un golpe de estado que instaló una dictadura. Sebastián lo anticipó. Por eso en esas horas previas al golpe estaba bajo un doble fuego, porque informaba hacia el interior de Bolivia, y también hacia afuera -con el trabajo en Página 12 y con su colaboración solidaria con muchos medios de Mendoza, Colombia, Buenos Aires-”.

El 10 de noviembre la familia perdió contacto con Sebastián. A pedido de ellas, un conocido fue a la casa, y lo encontró en estado de semi inconciencia. Lo trasladaron de urgencia al hospital. En horas llegó Penélope, y a los dos días llegaron Raquel y Melody. Sebastián estaba en terapia intensiva, luchando por la vida. Nos relata Penélope: “Cuando lo encuentro en la clínica, veo marcas en su cuerpo. Le saco fotos. Pregunto a los médicos si esas marcas tenían que ver con el diagnóstico de ACV. Muchos me dijeron que eran marcas de agresiones”. La situación era desesperante. Relata Melody: “Estábamos las tres solas, bastante desprotegidas. No recibíamos información en cuanto a qué había que hacer. En La Paz no había combustible para trasladarse, no teníamos medicación, no podíamos tomar un taxi, no había actividad bancaria, no podíamos cambiar dinero”.

Además de los golpes que vieron tanto Penélope como los médicos de la clínica que lo atendieron, nunca apareció su chamarra de periodista, su grabador, y su libreta de anotaciones, elementos de los que no se desprendería.

Al tiempo que investigan, se contienen, van haciendo cada una su propio duelo. Melody sueña: “Sólo quisiera volver el tiempo atrás, haberlo ido a buscar antes. Teníamos muchos proyectos juntxs. Nuestra vida se derrumbó para siempre... Nos queda una tarea larguísima que es hacer memoria con todo el trabajo que dejó, como los grandes historiadores universales”.

Agrega Raquel su memoria de madre: “Evito recordar en sus veintipocos, al adolescente adulto, de mirada triste, preocupado, siempre buscando un lugar para desplegar intensamente, siempre comprometido con lo ajeno que lo hacía propio. Entonces lo recuerdo feliz en su infancia, con sus hermanas, con Melody, con Penélope, amador de su abuela Rosa, compañero incondicional en la escuela. Niño feliz. Yo les decía rigurosamente: “tienen que estar unidos, porque puede que yo les falte”. Su papá partió muy joven, a los 42 años, hombre y padre fundamental en la conciencia de cada uno de ellos. Sebastián amaba con pasión y amar con pasión duele. Sebastián era frágil, intenso, imperfecto, leal. Lo abrazo y lo veo caminando, siempre caminando con alguna bufanda. Usaba mucho tiempo las mismas. Nunca faltaba su libreta y una lapicera. Escribir, escribir, escribir, y no callar nunca".

Más tarde, más cerca, desplegó intensamente. Partió un hermoso día, soleado, con la postal que hubiera elegido. La ventana frente a él mostraba el Alto, con esa cultura que lo había atrapado. Y el suave paso del teleférico, en sintonía con su partida. "Sebastián era un caminante. Caminaba, caminaba. No sé por qué, pero siempre caminaba hacia arriba. Y era un periodista del pueblo. Fue muy feliz en ese período en Bolivia, y nosotras con él. Es increíble lo que en tan poco tiempo él pudo lograr. Creo que él se daba cuenta, pero no tuvo tiempo de disfrutarlo. Estamos seguras de que cada paso que dio allá lo eligió, y fue muy feliz en ese Estado Plurinacional, donde él apostaba a quedarse y a darlo todo, porque era un militante del día a día desde siempre”.

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