En las cápsulas hay espacio de sobra

Imagen: Francisco D'Eufemia

EL CUENTO POR SU AUTOR

Desde hace unos años – creo que seis - vivo en la ciudad de Buenos Aires. A esta altura soy un porteño más. Antes, cuando mi vida estaba en la periferia, entre los barrios de clase media de los inmigrantes y las ruinas de las casas inglesas de zona sur, mi forma de pensar y de habitar las relaciones mantenían cierta linealidad convencional. La narrativa de mi vida estaba encauzada en un planteo, un nudito y un desenlace. Ahora, mis vínculos y mis relaciones se dan todas en simultáneo; palabras cortadas, gente que aparece y desaparece, afectos que duran apenas unos minutos, diálogos veloces que buscan resaltar sagacidad e inteligencia donde no se la necesita. Hay algo del cálculo y de lo irresuelto cuando uno vive en una ciudad como esta, algo que me hizo entender a algunos escritores y escritoras con quienes no lograba conectar, como Lorrie Moore, Stephen Dixon, Paula Fox, Donald Barthelme, Martín Rejtman. Todo eso hizo que cambiara mi forma de imaginar historias. Aunque supongo que este relato no deja de ser una especie de paso de comedia, como lo es vivir en una ciudad que te vuelve siempre, y cada día, un poco más demente, y un poco más solo.  

EN LAS CÁPSULAS HAY ESPACIO DE SOBRA

Durante el último tiempo Nini había desarrollado una especial afición por las estufas. Era normal entrar a su casa y verla pegada al horno prendido con la mirada flotando entre la bacha de la cocina y el microondas.

- Llamaron de una universidad de Costa Rica - dijo -. Quieren que vaya a dar un curso.

Dejé la bolsa de la verdulería orgánica sobre la mesa. Recorría largas distancias para conseguir un bolsón de vegetales. Había novedades.

- ¿Qué te parece? - dijo.

Era una pregunta frecuente.

- Es bueno para tu carrera - dije.

- Pagan el viaje y la estadía. Cinco días de hotel. Desayuno tropical. Mango, ananá, esas cosas.

El aire de la casa estaba viciado de cuentas.

- Siempre es bueno conocer el Caribe – dije.

- Hay autopistas de seis manos en su mayoría. Lo googleé.

Se despegó del horno y se acomodó los anteojos de marco grueso. Tenía una idea.

Las ideas eran para Nini pequeños corrales de cristal. Cuando aparecían en su cabeza lo mejor era no molestarla. Cruzó la cocina y cerró la puerta con llave.

Tomó un avión por la mañana. Trece horas más tarde supe que había llegado a destino. Era el octavo viaje en avión que hacía desde que la conocía. Su vida en el cielo era un misterio.

Estaba solo en esa casa que no era mía. Hacía un mes que compartíamos el espacio. Atravesaba yo un momento complicado.

En mi computadora tenía la cara de un cliente nuevo con quien me comunicaba vía Skype. Era un hombre rubio y prolijo, camisa turquesa y pantalón de gabardina. Debía festejarle los chistes cada vez que lo ameritaba. Se apellidaba Semenzato, no miento.

Yo redactaba promociones por internet. No tenía un trabajo interesante. Nini se despeñaba como académica de escritura creativa. Una carrera muy joven en nuestro país. Eso me decía ella.

A pesar de su inseguridad tenía una gran trayectoria.

Para Nini mis manos eran sanadoras. En otra vida yo podría haber sido un santo. La gente me adoraría entre las montañas, levantarían iglesias con mi nombre y mi rostro. Eso decía ella.

- Nos llevamos tan bien, vivamos juntos – eso decía ella.

- Este es el hotel – dijo Nini, alzando la computadora para mejorar el encuadre-. Allá está la autopista, ¿ves? Seis carriles. Te lo dije.

El paisaje en la pantalla era desolador: edificios, un cielo rojo, nubes oscuras. La estaba pasando mal y se notaba. Nini tenía puesta una toalla que le cubría la cintura, estaba desnuda en la parte de arriba. La clase había ido muy bien. Todavía no había probado el desayuno frutal.

En cinco días hice varias cosas en casa de Nini. Una fue perfeccionar mi técnica para cocinar foccacia de papa. Usaba más harina y menos almidón así me quedaba chatita como una tortilla. A Nini no le habría gustado. Disfrutaba de las recetas hechas paso a paso.

- La proteína se liga cuando se amasa. No hay que agregarle huevo – decía Nini.

Siempre hacía una receta de pescado cuando había visitas. Teníamos muchos invitados en su casa, al menos tres a la semana. En su mayoría hombres solos: profesores, amigos, periodistas, dramaturgos, escritores. Nini hablaba mirándolos fijamente a los ojos. Yo me iba quedando paulatinamente en silencio. Había un brillo incandescente en esas charlas locuaces e inteligentes, como una fogata que se ve de lejos en una noche cerrada.

Cuando la visita se iba teníamos buen sexo aunque poco creativo. Siempre en la misma posición.

Llamé por teléfono al maestro mayor de obras, quien debería de haber terminado la obra en mi casa. Una simple refacción rutinaria por la cual estaba pagando una suma descabellada de plata. De ahí a que cuidara mi relación con Semenzato con obstinada alevosía.

El maestro mayor de obras que estaba trabajando en mi departamento me enviaba fotos de sus avances.

- Eugenio – decía yo -. Mi situación es precaria. Necesito que termine.

- Claaaaro – decía. Siempre estiraba la a. Me parecía divertido ese detalle.

- ¿Cuándo cree que va a terminar?

Siempre eran dos semanas, o una. Dependiendo del clima.

Al quinto día de estar solo en la casa de Nini sonó el timbre. Por lo general no atendía a los llamados. Tenía miedo a que algún desconocido alterara el microsistema que había creado dentro del sistema de Nini, muy precario y solvente, imaginario y audaz. Esta vez, en cambio, habían sostenido los golpes contra la puerta, quizás a sabiendas de que yo estaba adentro.

- Sé que estas adentro – dijo una voz masculina.

Observé por la mirilla: era un hombre alto, con look moderno, ojeras y piel fláccida. Nini lo había mencionado varias veces; el músico frustrado de pop que se ganaba la vida como pintor y colocador de paredes de durlock. Yo creía que Nini se había acostado con él en otra vida. Creía eso de todos los hombres que habitaban ese edificio afrancesado.

Abrí la puerta, cauteloso.

- Hay una pérdida que viene de tu baño – dijo -. Se me está levantando el empapelado que mi mujer trajo de Suiza.

- Uh.

- Mi mujer no quiere que el agua deforme los motivos de los empapelados. Son dibujos geométricos muy precisos, fractales. Tardó mucho en traerlos.

Sin que pudiera detenerlo, entró en la casa. Había dejado un cigarrillo a medio fumar al costado del felpudo de bienvenida. Desde el baño empezó a hablar:

- Ves, ahí está.

Había un charco de agua que salía de la base del inodoro.

Esa noche hablé con Nini sobre las clases y sus nuevos alumnos. Repasó algunos ejercicios conmigo, me comentó detalles y chusmeríos de la universidad.

- Me hice amiga de Diego, un chico colombiano que trabaja acá en la Universidad – dijo -. Vamos a ir a la playa mañana.

- Uh.

- ¿Pasa algo?

Decidí no comentar el tema de los fractales y el empapelado mojado. Tampoco mencioné el ingreso del vecino al baño de su casa. Ella nunca permitía que cualquiera entrara sin su consentimiento. Era muy celosa de las entradas y las salidas. Los movimientos internos.

Al día siguiente llamé a un plomero.

- Está obstruido – dijo.

- ¿Eso qué significa?

- Que está tapado.

- No entiendo qué pudo taparlo.

- Muchas cosas – dijo el vecino de abajo. Había vuelto a entrar en la casa de Nini, y había dejado, otra vez, el cigarrillo al lado del felpudo, en la puerta de entrada – Por lo general es cemento.

- Sí – dijo el plomero -. Es probable que sea cemento.

- Yo no tiré cemento.

- Eso lo sabe usted.

Al día siguiente, dos chicos de unos veintipico de años llegaron a la casa de Nini con una máquina parecida a un generador. Afuera llovía y el día parecía más dramático. En el baño estaba el vecino de abajo (esta vez fumaba dentro de la casa), el plomero y su asistente, y los dos chicos que habían llegado con la máquina que, según ellos, destrabaría el caño por donde el agua no podía pasar cada vez que tiraba la cadena del inodoro.

- No hay que tirar cemento por el desagüe – dijo el plomero.

- Nunca tiré nada por el desagüe, no estoy en obra acá.

- Cada casa es una cápsula. Te lo puedo asegurar. Estuve recorriendo miles de interiores. Por lo menos tres o cuatro por día. En una cápsula hay siempre lugar de sobra para hacer cosas que uno apenas puede imaginar.

- ¡Dale arranque! – gritó el chico del destapador.

La máquina hizo un sonido abominable. De un extremo salía una manguera larga y flexible de un material que ninguno de los ahí presente – metidos en el baño de la casa de Nini - supo especificar. El cable, como un largo tentáculo, estaba recubierto de un alambre duro. La máquina lo hacía vibrar, y al moverse se desprendía una pasta de color marrón oscuro.

Uno de los chicos, prendido del extremo del cable de la máquina, indagaba por la boca del inodoro. El otro sostenía la máquina y el extremo opuesto del cable para que no se retorciera y se cortara. Cada tanto preguntaba si había algo, o si cortaba la electricidad o si seguía. Eran indicaciones y pedidos precisos; dos personas que llevaban en el rubro de las destapaciones durante mucho tiempo. Venían de generaciones enteras de destapadores de inodoros.

La máquina de pronto hizo un sonido salvaje, gutural. Chilló como un chancho a punto de recibir una estocada. Se agitó y el otro chico comenzó a gritar “pará, pará, pará”. Era tarde. La máquina hizo un sonido agudo y mecánico, un suspiro lejano y su engranaje dejó de enviar señales internas a los componentes que la hacían funcionar. El silencio volvió a la casa de Nini.

El plomero, el asistente del plomero, los dos chicos, el vecino de abajo y yo miramos por la boca del inodoro.

- Lo dije – dijo el plomero -. Acá tiraron cemento.

Durante una semana, mientras hablaba con Semenzato sobre posibles campañas, ideas y frases como “el objetivo está cumplido cuando se alcanza la meta de un trabajo logrado”, la máquina reposaba como un perro muerto en el pasillo que conectaba el baño con las habitaciones, la cocina y el living. No habían podido sacarla del baño.

Era una casa de 73 metros cuadrados que Nini había recibido como regalo por parte de sus padres gracias a su buen desempeño universitario. Los padres vivían a media cuadra.

- Me voy a quedar el mes completo – dijo Nini por Skype -. Salió la posibilidad de enseñar… ¿qué es ese ruido?

- Uh.

- Parece el sonido de un burro de arranque.

La máquina se había encendido sola. Sin que Nini notara la prestidigitación de mis dedos, desconecté el modem y su imagen se evaporó. Era así de simple. Un día tenías una novia viajando por el mundo como profesora de escritura creativa, al minuto siguiente la máquina que estaba atascada en el pasillo de su casa se encendía sola sin previo aviso y ella desaparecía.

Llamé al plomero.

- No puede ser – dijo.

- Está andando sola.

- Tengo una idea.

- Las ideas están sobrevaloradas – dije, pensando en voz alta.

- Podemos probar con un método que uso en los pozos ciegos en el conurbano – dijo el plomero.

- Que consiste en...

Era un hombre de relatos básicos el plomero. Juego de palabras, transiciones, suspenso. Angustia frente al abismo.

El hombre que trajo el plomero se llamaba Arno. Había inventado una fórmula para destapar pozos ciegos con microorganismos. Así lo llamaba él y así lo decía su tarjeta que me extendió: “Destape su pozo con microorganismos. Limpio y directo. Evite los atmosféricos”.

- Se supone que usted tira ese polvo granulado y eso se come la porquería que obtura – pregunté.

- Puede perforar hasta el cemento.

- ¿Y cómo dio con la fórmula?

- ¿Si tuviera la fórmula de la Coca Cola la daría tan fácilmente?

- Hay escalas en las fórmulas.

- No tengo dudas.

- ¿Entonces?

- Digamos que es una receta familiar.

- Una receta de microorganismos.

- El inicio del mundo fue por intermedio de microorganismos. Se los conoce como estrematolitos. No es descabellado pensar que lo mismo que nos trajo al mundo pueda destruirnos. O al menos destapar un inodoro.

Abrió el frasco y arrojó su contenido. Hubo un sonido efervescente, como si alguien arrojara Vitamina C a un frasco con agua. Había algo de ritual pagano en la imagen. El hombre de los microorganismos y el plomero mirando, en cámara lenta, el movimiento del agua. La máquina a sus pies, apagada y obturada sin poder salir del inodoro del baño de Nini. En el piso de abajo el empapelado suizo cada vez más mojado.

- ¿En cuánto tiempo debería destaparse? -pregunté después de unos minutos.

- Entre una y cuarenta y ocho horas.

- Es un margen un poco amplio.

- También lo son las obturaciones.

No había forma con él. Siempre tendría una facilidad pasmosa de crear una coraza. ¿Estaba peleando con su idea de matar una obturación con microorganismos? Puede ser. Siempre queremos ganar las batallas de lo cotidiano. Vaya uno a saber para qué.

Durante varias noches no pude pegar un ojo. Nini se quedaría un mes más, comentó por mail. La posibilidad del trabajo era mejor, estaba ganando en una moneda extranjera. Al volver, la plata se vería multiplicada. Crecería como levadura, había escrito. Su mail estaba viciado de cálculos. La máquina cada tanto despertaba, rugía; como si recordara que aún estaba ahí, trabada en el inodoro de Nini.

El timbre sonó pero esta vez no fue el vecino de abajo. Sino que, me enteré por la persona que vino a hablarme - un hombre flaco y alto, vestido con un piloto verde -, que el vecino de abajo, el cantante pop frustrado que tenía la extraña manía de dejar su cigarrillo al lado del felpudo, había sido internado de urgencia por una intoxicación. No había novedades del empapelado.

- Algo en el agua – dijo el hombre tocándose con dos dedos la punta de la nariz. Supuse que trabajaba con el portero, o quizás era el portero. No tenía pinta de ser una cosa ni de la otra.

Tenía que dejar la casa de Nini por unos cinco o seis días. Tal vez más. Había que fumigar los departamentos. Era obligatorio. Un caso de vida o muerte. No queremos otro posible muerto en el edificio, dijo.

- Tenemos pruebas fehacientes de que el problema se encuentra en las cañerías. Eso nos llevaría un tiempo de análisis. En qué estado de la situación nos encontramos - volvió a tocarse la punta de la nariz con dos dedos -. También queremos aprovechar para limpiar cada uno de los espacios, el ascensor, la terraza, las escaleras. Nos interesa hacer un buen trabajo. Dejar al cliente satisfecho.

No había mucho tiempo, dijo en voz baja, como en una contraseña. Tenía yo que dejar la casa lo antes posible. Podía ser un virus (y no una bacteria, como se especulaba). Podía ser mortal.

- La señora de la planta baja dijo que tuvo alucinaciones. Los alcances de esta intoxicación no están del todo probados. Pensamos lo peor. Aunque tampoco queremos sembrar el pánico – se acercó aún más, me miró a los ojos, bajó la voz -. Tendemos a creer que fue puesto por alguien para cobrar algún tipo de seguro. Los alcances de la mente humana son siempre variables.

Cargué la mochila con mis pocas pertenencias. Camisas en su mayoría. Los intentos desesperados de Nini de cambiar mi forma de vestir: pasar de la remera a una prenda un poco más sofisticada, era, para ella, una forma de triunfo cotidiano. Llené un bolso y agarré la computadora. La máquina de los destapadores seguía trabada en el pasillo. La miré con cariño, había sido mi única compañera en las últimas semanas. Sabía cosas de mi vida.

- ¡Rápido! - pidió el hombre de las fumigaciones -. Tiene que dejarme la llave. Como le dije, es un caso de vida o muerte.

Reinaba el caos en la escalera. Los vecinos salían de sus casas presos del terror, la desesperación y la confusión. Había barbijos, humo, miedo, familias apelotonadas en los peldaños. Me vi expulsado hacia la calle, una marea de autos y de personas se encauzaba hacia la avenida. Otros refugiados del edificio se subían a camionetas, desaparecían.

La puerta del edificio se cerró a mis espaldas. Estaba solo. Nadie quedaba del edificio a mi alrededor. Esperé unos minutos y me senté contra la farmacia de la esquina. Respiraba agitado. La luz del día se fue apagando y los autos encendían las luces bajas. No sé bien qué esperaba, pero ese era mi estado general; la espera. Levanté la vista hacia el segundo piso del edificio. Una luz se prendió dentro, alguien cerró las cortinas del departamento de Nini. Me incorporé, bajé las escaleras del subte y me perdí entre la multitud con mis camisas sucias bajo el brazo.


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