Netflix estrenó la miniserie noruega Bloodride y la película india Historias de fantasmas

Unitarios de terror como vía de escape de la cuarentena

Entre ambas acercan diez experiencias fugaces y colectivas, alternativas al tipo de relato "de miedo" habitual en televisión.
En formato antología, Bloodride y Ghost Stories resultan placebos para olvidar, al menos por un rato, los desastres reales.En formato antología, Bloodride y Ghost Stories resultan placebos para olvidar, al menos por un rato, los desastres reales.En formato antología, Bloodride y Ghost Stories resultan placebos para olvidar, al menos por un rato, los desastres reales.En formato antología, Bloodride y Ghost Stories resultan placebos para olvidar, al menos por un rato, los desastres reales.En formato antología, Bloodride y Ghost Stories resultan placebos para olvidar, al menos por un rato, los desastres reales.
En formato antología, Bloodride y Ghost Stories resultan placebos para olvidar, al menos por un rato, los desastres reales. 

¿Un cuentito antes de dormir? Media hora de miedo puede ser media hora de diversión si se limita, por ejemplo, a un cuento de terror para ver por streaming. Y ya que la cuarentena por la pandemia de coronavirus se puso cada vez más estricta y está modificando los hábitos sociales, bien viene sumar opciones para tener qué meter en la soledad aséptica de nuestras pantallas. Esta semana, Netflix sumó dos sagas de historias breves y terroríficas provenientes de países a cuyas producciones no estamos tan acostumbrados por aquí. Tanto la miniserie noruega Bloodride como la película colectiva india Historias de fantasmas proponen pequeños mundos independientes que, según el caso, resultan estresantes, estremecedores, fantasmagóricos o definitivamente monstruosos.


Ambas siguen el formato al que se insiste en llamar “de antología”, ya que cada episodio tiene sólo alguna lejana ligazón conceptual con los otros, mientras que todo lo demás es siempre nuevo: elencos distintos, universos diferentes y hasta directores cambiantes, entre quienes Bloodride tiene a Geir Henning Hopland, el realizador nórdico que dirigió capítulos de un manjar seriéfilo de culto: la mafiosa Lilyhammer.

Este formato tiene su faro milénico en un tanque de Netflix, Black Mirror –no vinculado al terror propiamente dicho sino al thriller tecnológico-digital–, pero arrastra una fuerte tradición en clásicos espeluznantes como el seminal The Twilight Zone (a.k.a. La dimensión desconocida, bomba de culto de los '60 que tuvo reversiones en 1980, 2002 y 2019, con segunda temporada en camino este año) o como la más poética Amazing Stories (o Cuentos asombrosos, hit de Steven Spielberg del '85 al '87, con nueva reencarnación estrenada este mes). Pero aquí el tono guía es el terror, en la línea que, por caso, también el año pasado emprendió Into the Dark.

En el caso de Historias de fantasmas, reluce en primer plano el espíritu de Bollywood, gran usina productora del cine de la India, que rodea sus cuatro narraciones cortas de una estética sombría y a la vez brillosa, misteriosa y espectral. Con una impactante intro animada que es todo un clip en sí, tres directores y una directora enhebran relatos de niños celosos, enfermeras atormentadas, pasillos oscuros, ancianas agonizantes, pueblitos abandonados y hasta ciertos incómodos pasajes de humor negro.


Y si Historias de fantasmas es una película colectiva, Bloodride es un viaje en colectivo. Literal. La miniserie noruega enlaza sus relatos mediante un autobús fantasmal que funciona como hilo conductor. Estos cortos de horror escandinavo parecen capitalizar la idea polisémica de “viaje” –la serie aparece traducida como Viaje sangriento– para marcar recorridos inquietantes que son también, experiencias extremas. A lo largo de sus viajes, los eventuales pasajeros de cada episodio se toparán con ruidos en el sótano, chicas en el bosque, sádicos poderosos, ex pacientes de hospitales neuropsiquiátricos, ataques de ira y escabrosas relaciones con las mascotas.

Estas piezas de espanto tienen en su brevedad parte de su encanto: no son universos demasiado complejos, sino oscuros viajes de ida hacia finales que dejan, casi invariablemente, sabor agrio. Diez experiencias fugaces –cuatro indias, seis noruegas– que recuerdan aquella magia (o maldición) atribuída al cine catástrofe y su presunta función escapista. Un mecanismo sencillo, acaso noble, que supone que las historias de grandes desastres ficcionales –invasiones alienígenas, godzillas, meteoritos, naufragios– son placebos bienvenidos a la hora de olvidar, al menos por un rato, los pequeños desastres reales que ocurren fuera de la sala cinematográfica, cuando la película ya se terminó y los espectadores deben regresar a sus vidas y/o al noticiero.

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