De los 90 al tiempo de la cuarentena

"Todos los cuadros que tiré", los cuentos íntimos y cotidianos de Cecilia Pavón

Fundó, junto a Fernanda Laguna, la editorial y espacio de arte Belleza y Felicidad. Poeta ineludible de la generación de los 90, traductora y narradora, Cecilia Pavón publica ahora Todos los cuadros que tiré (Eterna Cadencia), una serie de cuentos íntimos y cotidianos pero donde no faltan viajes, efectos sobrenaturales y una extraordinaria libertad creadora. En esta entrevista en plena cuarentena, Cecilia Pavón cuenta acerca de su actualidad, su casa, su mundo.  

Acaba de volver de Nueva York, un día después de que ese país haya entrado en la lista de los afectados por el Coronavirus. Fue llegar y enterarse de que debía hacer la cuarentena preventiva. Y es desde su casa donde ahora Cecilia Pavón contesta las preguntas, en la tranquilidad de la computadora, el mismo lugar de escritura donde sitúa todos sus cuentos. El viaje había sido para leer el 7 de marzo en la Escuela de las Artes de la universidad de Columbia, en un evento en el que nueve poetas se preguntaban en formato literario por la relación entre el agua y la poesía en un enfoque relacionado con la ecología. 

En su texto, Pavón se preguntaba por los recursos naturales y se sentía culpable por contaminar viajando en avión. Como una suerte de premonición, la poesía adelantándose a los hechos, en una clave adivinatoria y paranoica a la vez. Desde el otro lado de la fibra óptica, ella cuenta: “Llegué el martes a Buenos Aires cuando todo parecía todavía normal y ahora estoy en cuarentena pensando en lo raro que es todo, todavía no termino de entender. Pasé de hablar en contra de los viajes en avión, caminar todo el día por Manhattan a estar encerrada en mi casa por dos semanas. Por suerte pude dar mi taller online y fue una alegría. Pero esto de la cuarentena produce como una desorientación general...me pregunto si este estado se generaliza en qué nos convertiremos, obviamente será un shock muy grande, recién puse en twitter que será como enloquecer y renacer al mismo tiempo, al menos eso lo que siento en los cinco días que llevo.”

Cecilia Pavón nació en Mendoza en 1973 pero reside en Buenos Aires desde que vino a los 18 años a estudiar Letras y decidió quedarse. En 1999 fundó junto a Fernanda Laguna la legendaria editorial y espacio de arte Belleza y Felicidad, que reinó la escena de la poesía y las artes más radicales e independientes en los últimos noventas y tempranos dos mil. Es, sin duda, parte fundante de la generación del ‘90 en poesía: no hay antología o paper académico que intente mapear esos años, que no la mencione entre las voces más importantes. Es también una prolífica traductora del alemán, inglés y portugués. Y siguiendo los libros de teoría, narrativa y poesía que tradujo es posible armar una constelación de intereses y afinidades entre esta autora y la producción contemporánea. “En los últimos años traduje a escritoras norteamericanas, algunas fueron encargos de editoriales, otras fueron propuestas mías: Ariana Reines, Dorothea Lasky (para mí dos de las poetas contemporáneas más importantes de USA), Chris Kraus, Eileen Myles, Lorrie Moore. Ahora estoy traduciendo al poeta CA Conrad que tiene un libro sobre rituales y poesía que es muy interesante.”

Sus primeros libros fueron de poesía ¿Existe el amor a los animales? (2001), Un hotel con mi nombre (2001), Caramelos de anís (2004), 27 poemas con nombres de persona (2010), entre otros, donde se advertía una voz ingenua y profunda a la vez, que mezclaba elementos pop con pasajes más intensos, oscuros y por momentos audazmente líricos. Luego comenzó a volcarse a los cuentos, con libros como Los sueños no tienen copyright (2010), Once Sur (2018) que compilaba textos provenientes de su blog, y Pequeño recuento sobre mis faltas (2015). En 2011 editó su poesía reunida Un hotel con mi nombre por editorial Mansalva lo que volvió a poner en circulación una cantidad de plaquetas y fanzines efímeros, inhallables. Poesía y relato se fueron alternando en su producción de los últimos años, que ha sido traducida y editada en inglés, francés y portugués, convirtiéndola en una de las escritoras más singulares e inclasificables del panorama local

Desde su casa ubicada en Once sur – como le gusta decir a ella–, donde desde hace muchos años dicta sus míticos talleres de poesía – pero no ahora, por los motivos dichos– contesta el correo.

TODOS LOS CUENTOS QUE ESCRIBÍ

El motivo de este intercambio epistolar es la salida de Todos los cuadros que tiré por la editorial Eterna Cadencia. Un libro de relatos suyos en una editorial que a diferencia de aquellas con las que Cecilia venía publicando --Blatt & Ríos, Mansalva, Iván Rosado—no tiene un catálogo tan vinculado a la poesía, sino más bien a la narrativa contemporánea nacional e internacional. Un libro pequeño y contundente, compuesto por dieciséis relatos a los que cuesta encontrarles una descripción simple. Por momentos se acercan al ensayo de arte, en otros al diario íntimo, a la crónica de usos y costumbres del ambiente arty porteño, pero cualquiera de estos climas puede interrumpirse abruptamente por una invasión alienígena o una inundación a gran escala. Cada cuento tiene un movimiento particular que va de una a otra de estas esferas, de un modo impredecible. Tienen en común la inconfundible voz de la autora, que enhebra los momentos guardando dentro de cada relato, como un corazón, un pensamiento sobre el acto de escribir y sobre su relación con la vida cotidiana. Deben ser dos de las cosas que más le interesan y por eso no deja lugar a definiciones banales o establecidas. En cada texto repiensa la cuestión de la mujer que escribe para vivir, que lee para pensar, que vive para escribir, porque los motores de todos esos gestos, la razón individual, colectiva, espiritual o económica, están en permanente disputa. Así es como luego de volcar una certeza sobre el Microcentro, barrio al que la autora acude a buscar inspiración en dos de sus cuentos, pone en duda lo dicho. “Pero bueno… así es la ambigüedad. La ambigüedad generalizada que guía mi existencia”.

La ambigüedad, la levedad, la relación con poetas y artistas de otras partes del mundo, la especulación mental y hasta el misticismo, elementos que se combinan en Todos los cuadros que tiré. Interrogada sobre los referentes que tuvo en materia narrativa, viniendo de la poesía, ella cuenta: “La primera cuentista y a la vez una de las primeras escritoras que leí a los 11 años fue Silvina Ocampo. Tuve la suerte de que mis padres compraran en los quioscos esa colección de literatura argentina de Capítulo y di con ese libro más o menos de casualidad y me enamoré. Ahora pienso lo influyentes que son las primeras lecturas de la infancia, y en ese sentido hay algo de la intensidad de los relatos de Silvina que siempre me acompañó. De lecturas más recientes, pienso en autoras como Lydia Davis, cuyos cuentos pueden empezar en cualquier lado e ir hacia cualquier parte también y eso me parece muy liberador. Las novelas de César Aira que leí a los veinte también fueron liberadoras en se sentido de sentir que ‘se puede escribir de cualquier cosa’.”

Decís en un momento: “Todos mis cuentos son sobre pensar y recordar”, me parecía una buena definición del hilo que hilvana las cosas que contás. ¿Cómo concebís el cuento como unidad? ¿Hay alguna diferencia entre cuento y poema para vos?

-Como antes de escribir cuentos escribí poemas, siento que de alguna forma los cuentos son poemas más largos. Algo así como intentar expandir una sensación o una emoción, más que narrar algo, cuando digo emoción o sensación digo también idea que para mí de alguna forma son lo mismo. Ahora hace un montón que no escribo un poema, eso me preocupa, el último creo que lo escribí hace un año más o menos y es sobre una poeta estadounidense que se quedó en mi casa y que meditaba todas las mañanas con palo santo en el cuartito de invitados que está junto a la cocina. La diferencia entre cuento y poema creo que es la síntesis nada más, la velocidad, siento que los poemas salen de una vez, que no los trabajo ni corrijo que son como chispazos que si aparecen aparecen y si no, tengo que esperar. O sea es una cuestión de método nada más, los cuentos sí los voy escribiendo de a poco, corrigiendo y tachando. Los poemas los escribo máximo en media hora.

Citás una frase de Levrero: “Escribir sobre la realidad es introducirse en las fuerzas misteriosas que controlan el mundo”.  Justo contradice esa idea de que la literatura autobiográfica o no-ficcional carece de misterio o intriga o de “fuerzas”, que son características más de cierto tipo de ficción. ¿Cómo pensaste esa frase?

-Justo acabo de estar en NY con una poeta estadounidense que me encanta que se llama Dorothea Lasky y que traduje hace diez años, ella en su último libro de ensayos habla del “Wild I”, o sea el yo salvaje. El yo salvaje sería el yo de este mundo pero también el de los otros mundos con los que se conecta la poesía. A pesar de que mi poesía y todos mis cuentos son en primera persona, yo siempre los consideré dentro de ese “yo salvaje” más que del yo autobiográfico. Es decir nuestro yo está relacionado con nuestro inconsciente siempre y ese inconsciente es misterioso, tampoco nadie sabe bien exactamente qué es el inconsciente o si existe como lo describe Freud, pero digamos entonces en vez de inconsciente “el mundo de los sueños” , entonces para mí la poesía y la escritura tiene que ver con poner a jugar esas fuerzas, con ese misterio de esos mundos que en realidad no son grandes misterios como algo sagrado sino que están en la vida de todos los días.

Se escucha y se lee cierto cansancio de la literatura del yo en la actualidad, como si la producción excesiva de estos años hubiera llevado a cierta impaciencia o saturación. ¿Lo percibís? ¿Cómo pensás estos cuentos respecto de ese terreno que es la autofcción?

-Creo que hay un agotamiento del yo identitario pero entendido como un yo o un individuo con limites definidos. Me interesa más el yo que se derrama hacia lxs otrxs que se mezcla o contamina (justo ahora esta palabra es bastante rara de usar, pero bueno, metafóricamente) con lxs otrxs yos y borra sus límites. Tener un hijo me hizo entender ese misterio de ser yo pero ser también mi hijo y pienso que cuando una escribe es a la vez la que escribe y la que lee de alguna forma. Me gusta pensar la literatura como un lugar donde las individualidades se abandonan, más que como el cultivo del estilo único. Justo ayer estaba releyendo Fervor de Buenos Aires, el primer libro de poemas de Borges, que tiene un epígrafe que me encanta, dice algo así como “querido lector, es una casualidad que yo sea el redactor de estas líneas y tú el lector”, prefiero pensar la literatura del yo desde ese lugar.

LOS TEMAS DE LA CONVERSACIÓN

Dentro de los dieciséis relatos que integran el libro, los temas son diversos. El primer texto cuenta un viaje a Chile donde la narradora visita la tienda de moda HyM porque, según confiesa, guardaba la esperanza de que esa ropa la ayudara, al volver a Buenos Aires, a conseguir novio. En el cuento llamado “Noelle Kocott” habla entre otras cosas, sobre cómo traducir puede ser para ella inyectar energía en su vida. En el relato “¿Qué es un poema?” se hace esa pregunta y decide compartirla con amigos poetas a quienes les manda esa interrogación por whatsapp; acumula algunas respuestas, pero lo interesante parece ser el proceso cuestionamiento, poner en duda un género y una práctica establecida. En otro piensa sobre lo hermosos que son los títulos –de cuentos, de muestras, de poemas—y cómo le gusta titular, más que incluso pensar qué vendría debajo de esa frase. Hay un relato más largo sobre un verano en el Tigre, donde en la convivencia con artistas y críticos algunas ideas sobre la relación entre arte y naturaleza aparecen en su costado menos epifánico.

En varios de sus cuentos el escenario es su casa, un universo que ocupa un lugar fundamental en su escritura. En algún lado anota: “La casa es mi corazón y seguramente es ella mi musa.” También la figura de escritora que construye en los cuentos está atravesada por la condición de escribir junto al lavarropas, un espacio doméstico y no especialmente literario. Una dimensión, muy asociada a la escritura de mujeres, de permanecer y escribir desde esa interioridad. Pavón reflexiona: “No sé si es por mujer o por mi signo astrológico (capricornio) que la casa me parece central supongo que a la larga tiene que ver con una actitud introspectiva la idea del hogar como refugio o algo así. También desde un lugar biográfico concreto estos cuentos los escribí cuando mi hijo era muy chico y realmente se me hacía difícil salir porque a veces no tenía con quién dejarlo ni recursos para pagar unx niñera, entonces hacía el intento de ‘inventarme una fiesta solitaria dentro de mi propia casa’. Pero ahora acaba de empezar la secundaria y ya no lo tengo que cuidar más de esa forma, ¿quizás ahora pueda escribir sobre andar a la deriva por ahí otra vez? Por otro lado hay una idea universal y ancestral relacionada con el libro y el viaje inmóvil que siempre para mí va a ser lo más fascinante de leer: viajar sin moverte de tu casa. Escribir sería entonces, viajar sin moverte de tu casa.”

Hablás sobre sobre adelgazar, sobre la pulsión de comprarse ropa para verse mejor (y enamorarse), temas presuntamente frívolos, pero vos los pensás como asuntos muy serios ¿te interesa jugar con esos prejuicios?

-Esos temas por ahí son demasiado heteronórmicos, ahora los veo así, cuando escribí esos cuentos que fue hace cinco años o más, por ahí me sentía más hétero cis e intentaba jugar con esos temas tradicionalmente asociados a “lo femenino”, ahora no sé qué me siento, creo que me liberé de esa preocupación de ser linda, flaca y estar bien vestida, imposiciones culturales con las que somos arrojadas al mundo, al menos las de nuestra generación. El cuento que habla puntualmente de H&M habla de la instauración del neoliberalismo en Sudamérica, y las cadenas globales de tienda de ropa son el modelo de negocio neoliberal por excelencia, o sea que al hablar de moda o de los estereotipos de belleza femenina de cierta forma estaba intentando hablar de política también.

En otro cuento aparece una preocupación ecológica en una reflexión sobre la acumulación compulsiva y el plástico. ¿Son cosas que te afectan?

-Sí, pienso todo el día en eso porque no creo que se pueda tener un pensamiento político sin cuestionar el nivel de destrucción de la naturaleza. En realidad destruimos la naturaleza para tener miles de objetos inútiles, en ese sentido creo que la poesía puede ayudarnos a tener una vida diferente sin tantas cosas materiales. Pienso que escribir un buen poema es mejor que comprarte un par de zapatos nuevos y también pienso que el mundo tal como hoy existe, la sociedad de consumo, va a tener que desaparecer porque ya no va a haber recursos para sostener ese modo de vida. Entonces la poesía y el arte pueden ayudarnos a traducir este mundo presente en el mundo futuro. Nadie sabe como va a ser ese mundo post sociedad de consumo, pero la literatura debería ayudarnos a traducir el presente en futuro.

Hay muchas reflexiones sobre ser escritora: que no debe decirse escritora sino en neutro, que solo puede escribir una mujer abandonada, que a los 40 años hay que tratar de escribir bien, que nunca vas a ser escritora profesional. ¿Te cuestionas tu rol de escritora? ¿Qué preguntas te haces?

-Me lo cuestiono todo el tiempo, y no sé por qué, por ahí es una cosa de inseguridad de mi personalidad, cuando unx es insegurx se acostumbra a serlo en todos los ámbitos de la vida. Pero por otro lado ahora que veo todas esas frases juntas me doy cuenta de que también tiene que ver con esto de imaginar una sensibilidad futura, como si esa figura de “escritor” tradicional ya no me conformarla y todo el tiempo estuviera cuestionándola. Me gustaría que hubiera una legión de escritorxs que no se parezcan en nada a lo que hoy son los escritores, pero bueno ni idea como serán, quizás al decir “escritora” también quiero decir “persona”, lo que consideramos hoy una “persona” por ahí no es lo mismo que vamos a considerar persona en cien años. Para mí la poesía y la cultura en general, es el laboratorio de todos esos mundos futuros, solo hay que poder leerlos.

Hay nombres reales que aparecen en tu libro: Fernanda Laguna, Sergio de Loof, Alejandro Ros y otros que no están con su nombre pero se pueden intuir. ¿Pensás también los cuentos como testimonios de una época, y un conjunto de personas?

Uno de los primeros libros de ensayos sobre poesía que leí cuando empecé la facultad fue uno de Arturo Carrera que se llamaba “Nacen los otros”. Ya ni me acuerdo que decía el libro pero ese título me marcó un montón, la idea de que el poema es el lugar donde nacen las voces de los otros. Creo que hay algo de fascinación con las personas que me rodean y por eso terminan en los cuentos, algo tan simple y llano como al amor a mis amigxs.

Foto Nora Lezano

CREO EN LA POESÍA

El cuento llamado “Autopoiesis” está situado en 1999. El mismo año que fundaban Belleza y Felicidad. Allí se cuentan unas fiestas de música electrónica que se hacían semanalmente en la casa del diseñador Alejandro Ros, en la que los participantes bailaban sin hablar, durante horas. La narradora lo cuenta desde un presente en el que escribe en un cuarto de dos por dos que en otra época servía para guardar enseres de limpieza. Sin embargo no se trata de comparar un agitado antes con un calmo ahora, ni de acongojarse por la juventud perdida, sino por el contrario, ver continuidades entre ambos tiempos: “Cuando la ciudad duerme y y todo el edificio está en completo silencio, empieza mi festival de una persona sola sobre la página en blanco. Porque cuando escribo, bailo conmigo misma y cosas se incendian por delante y por detrás de mi”.

En ese mismo cuento la autora consigna al pasar que la literatura y la vida podrían ser explicadas a través de la metáfora de la danza. Y así lo explica: “Amo la danza, porque es el único estado de felicidad verdadero que existe. Es estar aquí y ahora desarrollando un movimiento que te provoca alegría, y es a la vez una actividad que no se puede explicar o transferir a otro lenguaje, hay que experimentarla, nadie te puede decir como es bailar si no bailaste nunca. Escribir para mí es lo mismo, es lograr ese estado de aquí y ahora absoluto del que salen las mejores cosas, pero a la vez es muy difícil de alcanzar. Porque vivimos rodeados de angustias y miedos, cada minuto que logramos bailar (escribir, leer, pintar o crear cualquier cosa) es como un milagro en medio del bajón total.

Al mismo tiempo, hay algo de la comunión con los otros en la danza, que en la escritura se da, pero de otra manera. Vos das talleres desde hace muchos años. ¿Qué te aporta ese trabajo y ese contacto con poetas jóvenes?

-Tengo un poema inédito que dice “He dado tantos talleres de poesía que ya no sé cómo escribir”, sí tengo un montón de gente en mi taller y me encanta, me fascina escucharlos, es un ritual que se repite semana a semana, hace años y que es circular e infinito. Lo veo más bien como un ritual que como una instancia de “enseñanza”, nos sentamos en círculo a leer poemas, qué puede haber mejor en la vida? Aunque los poemas sean buenos o malos, monótonos o geniales. Los talleres son el centro de mi vida y aunque dejara de escribir y solo diera talleres estaría feliz porque son para mí parte de mi obra tanto como mis libros.

En uno de tus cuentos decís: “En el fondo cualquier poeta que nos gusta es nuestro gurú”. ¿Pensás la poesía como un ejercicio espiritual?

-Sí, cien por ciento. El arte y la poesía son mi religión, una religión laica obviamente pero una religión ya que escribir moviliza mi vida entera. O sea, no es algo separado de mi vida la escritura, sino parte de mi vida, algo que cambia todo lo que hago y soy. A cado texto que escribo lo pienso como algo que me modifica y en ese aspecto siento que escribir es transformarme. 

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