Opinión

Los paraísos están definitivamente perdidos

Vista panorámica de Roma desde el observatorio del Monte Mario.Vista panorámica de Roma desde el observatorio del Monte Mario.Vista panorámica de Roma desde el observatorio del Monte Mario.Vista panorámica de Roma desde el observatorio del Monte Mario.Vista panorámica de Roma desde el observatorio del Monte Mario.
Vista panorámica de Roma desde el observatorio del Monte Mario. 
Imagen: AFP

Cuando yo era adolescente, se pusieron de moda las frases. En forma de posters para las paredes del cuarto, o para, sencillamente, usarlas cual verdad revelada en cualquier situación de diálogo.

Las sacábamos de películas, “Amar es nunca tener que pedir perdón”, de los libros de Mafalda “nadie amasa una fortuna sin hacer harina a los demás” y había también grandes gurúes de la frasemanía, como Antonio Porchia o el autor de Las libretas de José.

Algunas, particularmente tres, para ser exacta, no se me olvidaron nunca y a lo largo de mi vida se me han presentado a modo no ya de explicación pero sí quizá como disparador del pensamiento frente a algunas situaciones.

La primera de ellas es la que dice que “El dinero no cambia a las personas, sólo las muestra tal cual son”.

Hay una cierta posición subjetiva que permite a ciertos sujetos librarse en parte de los diques que a otros nos contienen y actuar más allá de la ley. Pero sin esconderse ni camuflarse, sino armando un show en cada acción. Entonces, por ejemplo, pueden ir en grupo a darle una paliza de muerte a uno que está solo, o subirse al auto e irse a la playa cuando el Estado ordena una reclusión preventiva en los hogares o negarse a realizar un aborto a una niña de diez años y obligarla a ser madre. O expresar públicamente que son los inmigrantes los causantes de todas nuestras desgracias.

¿Actúan así porque tienen dinero? No siempre. Puede ser otra cosa lo que los habilite, la que les permite mostrarse tal cual son. Puede ser la pertenencia a un grupo, la portación de apellido, el empoderamiento brindado por alguien con autoridad…

La segunda frase que muchas veces me acompaña, la tomé de una leyenda china y es muy cortita, sólo dice “Puede ser”.

La conocí no ya en mi adolescencia, sino más tarde, en un curso de mitología. De todos los conceptos que se desplegaron en esa oportunidad, lo que se me presentó con una tremenda fuerza, es la posibilidad de pensar, cuando los hechos se producen con la fuerza de la obviedad… ”puede ser”!

Les cuento la leyenda:

Hace muchos años, en una aldea del norte de China, vivía un hombre que poseía un caballo espléndido. Tan bello era aquel caballo que la gente recorría leguas y leguas sólo para admirarlo.
Todos decían que era una bendición poseer un animal como aquél.

- Tal vez- decía él-, pero lo que bien parece una bendición, puede ser una maldición.

Un día el caballo salió corriendo. Se marchó y la gente acudió a decir al hombre lo mucho que sentía su mala suerte.

- Tal vez- dijo-, pero lo que bien parece una maldición, puede ser una bendición.

Semanas más tarde, el caballo regresó, pero no lo hizo solo, le seguían veintiún caballos salvajes.

Según las leyes de aquel lugar, los caballos pasaron a ser de su propiedad. Se hizo rico con ellos.

Sus vecinos fueron a felicitarle por su buena suerte.

Verdaderamente- le dijeron- has sido bendecido.

Tal vez- dijo-, pero lo que bien parece una bendición, puede ser una maldición.

Poco después, su hijo, su único hijo, tratando de montar uno de los caballos salvajes, se rompió una pierna.

Los vecinos del viejo acudieron de nuevo a decirle cuánto lo sentían. Realmente, estaba maldito. 

Tal vez- dijo-, pero lo que bien parece una maldición, puede ser una bendición.

Una hora después, el rey llegó a la aldea llamando a filas a todos los jóvenes útiles para luchar contra las gentes del norte.

Fue una guerra terrible. Todos los reclutados en aquella aldea murieron en la batalla.

Tan solo sobrevivió el muchacho que se había roto la pierna.

Desde aquel día, en la aldea todos dicen:

Lo que bien parece una bendición, puede ser una maldición.

Lo que bien parece una maldición, puede ser una bendición.

Acotar un “puede ser” ante una afirmación que a veces aparece con la fortaleza de una certeza, es poder admitir, justamente, que no hay certezas. Que no todo es causal ni depende de nuestra voluntad, ni de nuestras ganas, ni de nuestros deseos.

La tercera de las frases que me acompaña es de Woody Allen: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”

Me pregunto…quién podía tener en sus planes, meses o días atrás, lo que estamos viviendo hoy? De alguna manera todos estamos en la misma situación, con nuestros planes cancelados no sabemos hasta cuándo, con nuestra escala de valores totalmente trastocada (porque si al principio, tener que suspender un paseo o un encuentro nos parecía terrible, con lo que se nos presenta ahora como posibilidad, eso es una pavada).

Sin embargo, subjetivamente, las diferencias son enormes. Y creo que un rasgo que marca esa diferencia es la posibilidad de aceptar que no somos, como dice Rubén Darío “los artífices de nuestro propio destino”.

La realidad nos ha puesto frente a una vivencia en la que nuestra capacidad de control es casi nula, la posibilidad de enfrentar pérdidas, es enorme. La muerte nunca estuvo tan cercana y el mundo no nos brinda, ni siquiera como fantasía, la esperanza de huír hacia alguna parte.

Los paraísos están definitivamente perdidos.

Y no es sólo la vivencia empírica de que ya no puedo controlar mi vida, sino que, de alguna manera, ella está en manos de los otros. Del vecino, del más joven, del irresponsable que desobedece tanto como del profesional que se arriesga por salvar enfermos.

Tal vez sea, como decía Patxi Andión en una canción, que No hay salvación si no es con todos.

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