A quedarse en casa

Todo lo que usted nunca quiso saber sobre el coronavirus  

Compañeros en lavandina; camaradas en gel; encerrados, adas y ades de la patria grande; agorafóbico en su salsa, balconeantes y zaguaneras, aplaudendos, dendas y dendes:

Aquí estamos. Cada une en su aquí (salvo les que comparten el aquí, por elección o porque no les queda otro aquí donde alojarse y alojarsa).

Estamos enfrentándonos a un bicho malo, casi diría un psicópata, porque no te mata él, sino que deja tan débil y precario que cualquier cosa te aniquila. Es muy contagioso y, de verdad, no hace diferencia de edades, clases sociales, sexo, género ni nacionalidad.

Esos que decían: “A mí, no me va a pasar nada, porque soy amigo de todos los jueces”, “Me siento a salvo porque yo estoy acá, pero la salud la deposité en Panamá”, “A los nuestros no les va a pasar nada, porque están todos en Suiza esquiando” o “El problema es que el mundo es grande y el virus es pequeño”, de pronto dejaron de cotizar en el mercado de valores. Lo que no lograron en pobreza lo consiguieron en credibilidad (cero), y se encontraron con una Argentina que desde el Estado está conduciendo ese barco que ellos hicieron estrellar contra el Aconcagua, sin virus alguno, hace menos de un año.

Los argentinos cuidamos y nos cuidamos, nos metemos en nuestras casas, nos tomamos la temperatura cada 5 minutos o cada vez que nos llega a un wasap -lo que ocurra primero-.

Pasamos el laaargo rato en nuestras casas: me han llegado fotos de “pavas” transformadas en espejos después de ocho días de pulido. De galletitas como parte de un crochet. De maquetas bíblicas hechas de harina de garbanzo (sin TACC).

También me enteré de declaraciones de amor eterno y de odio irreconciliable, dedicadas por la misma persona a la misma otra persona, luego de convivir una semana de cuarentena. Y de amores inesperados de vecine con vecine, humane y mascota, y hasta de humane con electrodomésticos, que, ocultos hasta ahora como objetos de afecto, aparecieron como compañeros maravillosos.

Yo mismo me preparé para la ocasión. Tengo puesto un barbijo que me hice con una toallita femenina –sin uso, claro–. Le agregué dos tiritas de papel glacé para ajustarlo, pero, como se rompieron, le puse dos banditas de goma. Arriba del barbijo, más sobre la nariz, tengo un tubito que me vendieron en la farmacia a 3000 pesos. El farmacéutico me dijo que, a él, el aparatito este le salvó la vida; ¿será por todos los que vendió?

Bueno, arriba del “respitronic nasal”, pero cubriéndome los ojos, llevo unos lentes antivirales (4800 pesos, sin tarjeta) que vienen cubiertos con una pátina de algo. A cada rato, aparece sobre la superficie de los lentes una especie de limpiaparabrisas que les pasa alcohol en gel. Sobre la frente, tengo un termómetro chino, de esos que usan ahora en los supermercados, que a cada rato te dice la temperatura que tenés, en... ¡grados Farenheit! Todavía no logré que me la diga en grados centígrados.

Arriba, me puse un casco de moto, para tener el bocho protegido, y, sobre todo eso, el traje de buzo de mi tío Vladimir, que lo usó en la Segunda Guerra peleando en el Ejército Rojo.

Ah, y un preservativo en cada dedo, porque nunca se sabe; rodilleras en los codos, una pulserita de la suerte y unas patas de rana que guardo de cuando era chico –cuando llego a mi casa, me las saco-. También me puse Lysoform en la boca, porque si me enojo con alguien y le grito, a la vez, lo protejo.

Así me siento seguro, aunque es complicado para comer. Voy a ver si le puedo enroscar un tubito de algún material resistente que vaya directo a la boca. Y otro igual, más abajo, para hacer pis…

Querides, espero que estén bien guardades, a salvo del virus de la corona, y también del otro virus que está asolando al país y al mundo: el virus de la pelotudez. Hay que agarrar a los que se van a pasear en medio de la cuarentena, a los que se van de picnic; a los que creen que, a ellos, el virus no les va hacer nada porque sus viejos son gente importante; a los que dicen que, entre la vida y la economía, prefieren la economía; y, sobre todo, a la que dijo: "Seguro que los médicos cubanos que vienen son espías".

A todos esos, hay que ponerlos en cuarentena, para que no contagien a nadie tremenda pelotudez. Porque ya hemos visto lo que nos pasa cuando superamos cierto límite de enfermos: colapsa el sistema médico, el económico, el laboral, el social. Acuérdense del 2015: ¡si todos esos se hubieran tenido que quedar en su casa cumpliendo la cuarentena, nos hubiéramos salvado de cuatro años de enfermedad!

Recomendamos a los lectores… quedarse en casa. Y ya que están, escuchar esta zamba, llamada ¡Adeeeentro! (letra y música originales de RS positivo ©), interpretada por Los chalchavirus.

Hasta la que viene

@humoristarudy

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