Un militar argentino que en los años 30 peleó del lado republicano en España

"Sagrada familia", la increíble historia familiar novelada de Luis Frontera

Durante años, el periodista cultural y poeta Luis Frontera luchó con una novela monumental que imaginaba a la manera de Guerra y Paz, hasta que se dio cuenta de que solo quería escribir la historia de su familia. La historia del Capitán Frontera, su padre, un militar de la década infame que fue a pelear en la Guerra civil española del lado republicano; la de sus hermanos y su madre. Y la suya propia, una historia que incluyó un encuentro cara a cara con la locura y la psiquiatría. En esta entrevista Luis Frontera recuerda el largo derrotero que lo llevó finalmente a completar la pieza que le faltaba: Sagrada familia, que acaba de publicar Seix Barral. 
Imagen: Nora Lezano

"Mi padre fue un traidor a la patria". Apenas le vino a la mente esa frase, la primera de Sagrada Familia, la novela que quiso escribir toda su vida, Luis Frontera supo que al fin "la tenía". "Me dije: 'Acá está la cosa, ahora es cuestión de sentarme y poner todo'". Y lo puso. Renunció a Radio Nacional y se fue a vivir con su mujer a San Clemente del Tuyú. Un departamento de dos ambientes, la biblioteca ocupando gran parte del espacio vital, y un frío atroz, de gélida costa argentina, entrando por las mil rendijas de una construcción balnearia. "Me levantaba a cualquier hora, tres de la mañana por caso, y me sentaba a escribir envuelto en ropa de ski. Era la única manera que había encontrado de aliviar el congelamiento de los huesos", indica. "El traje de ski y una garrafita que prendíamos en la cocina".

Entre 2016 y el año pasado, entonces, Frontera concretó la escritura de esta realmente increíble historia familiar sobre el Capitán Frontera, su padre, un militar que durante la Década Infame renunció al ejército para enlistarse a pelear en la Guerra Civil Española del lado... republicano. Pero también sobre su madre, una mujer de familia adinerada que "al revés de Evita, pierde todo por seguir a un milico"; así como sobre sus nueve hermanas y hermanos, los hijos de Frontera, todos de vida única y significativa (hay un boxeador, una gitana, una cantante del Colón, una vidente, una franquista amante del flamenco) y tratando de sobrevivir a la penuria económica; y sobre él mismo, Luis Frontera, el décimo hijo, el único que casi no conoció al "loco" de su padre y tuvo que resolver ese fantasma, reconstruir su historia (y la de su familia), mientras era amenazado por la Triple A, le disparaba a un servicio en una manifestación, sufría un brote psicótico, y experimentaba su propio encuentro con la locura al verse internado contra su voluntad --mediante inyecciones, terror y violencia-- en el Borda.

"Ahí es cuando toma forma El Interesante", cuenta sobre su alter-ego durante la internación que también tiene lugar y recorre su propia línea narrativa en el libro. "Un Marco Polo de sí mismo que va descubriendo lo que tiene dentro suyo aunque no pueda hacerlo salir. Las palabras le van surgiendo como cosas, flores, y llegan a lo que yo llamo 'cordillera del lenguaje', pero no pasan de ahí. Un Muro de Berlín mental". 

El Interesante termina conociendo y enamorándose de Mariana, una de las voluntarias del "manicomio" (así lo nombra Frontera siempre) que es militante de La JP y termina "rescatándolo" de la internación compulsiva. Aunque --lo bueno no siempre viene solo-- a costa de sumergirlo a su vez en una relación con sus propias turbulencias y pulsión de muerte. "Éramos muy distintos con Mariana. Tuvimos un hijo y nos separamos al poco tiempo de convivir. Pero siempre nos mantuvimos en contacto. Murió un mes antes de que se publicara el libro", cuenta Frontera que igual plasma varias escenas de amor y erotismo profundo del vínculo que está entre lo más logrado del libro.

Y todo mechado con numerosos momentos inolvidables como: una aventurera visita a Pablo Neruda en Isla Negra ("Más que ningún otro argentino admiro a Oliverio Girondo y Carlos Gardel", le dice el poeta); una charla esclarecedora sobre su padre con Raúl González Tuñón ("¿Vos te das cuenta de lo que hizo tu viejo? ¡Era un militar argentino combatiendo para el Ejército Rojo!"); una escena digna del mejor cine de Hugo del Carril con la mítica letrista de tango Luisa María Carnelli, presunta madre de un medio hermano no reconocido que antes de despedirse le dice: "Me tenés borracha desde el primer momento que te vi"; una asamblea en el Borda convocada por sindicalistas y representantes de López Rega que alientan una especie de insurrección de la locura ("Aquí están, estas son, las loquitas de Perón", se entusiasman los internos. Y también: "Freud, traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor"); flashes varios de la Guerra Civil Española, de la violencia política que iba fermentando a mediados de los setenta; y, para coronar, un logradísimo capítulo sobre un encuentro con Evita que triunfa en mostrar sin agregados interesados ni tergiversaciones el famoso carácter y también la famosa fragilidad de la inolvidable mujer de Perón.

FOTO NORA LEZANO

ENCUENTROS Y DESPEDIDAS

La historia que contás tiene realmente de todo. ¿Te tentaste con hacer una obra monumental?

--Claro. Por eso la empecé y abandoné tantas veces. El error más grande fue creerme que estaba haciendo una especie de La guerra y la paz con los muertos, las batallas y las épicas de la Guerra Civil Española. Hasta que entendí que no, que lo que a mí me interesaba era mi familia. Lo que vivimos. Lo que yo llamo el canto rodado. Un canto que va tomando forma según quién lo diga, según cuál de mis hermanos o hermanas cuente la historia. Un relato que fue rodando hasta convertirse en un canto que cada día tenía más tramas y es el libro que presento hoy.

El encuentro con Evita fue providencial: por su gestión el Capitán Frontera pudo finalmente salir de la cárcel en la que sus compañeros de armas lo habían confinado con algunas salidas transitorias. "Estando en San Clemente encontré la carta del ejército en donde pregunta por qué está preso y le dicen 'por comunista'", cuenta Luis. "Luego me pasó que con el sobre en mis manos sentí un olor. Acerco mi cara, la huelo con mayor detenimiento, y reconozco su colonia de afeitar. En seguida se me vino la imagen de yo mismo de bebé corriendo a abrazarlo cuando llegaba. Una imagen que por edad no podía recordar pero que se me hizo perfecta, real. Tan real que no podía ser que la hubiese inventado. Entonces le llevé la carta a una de mis hermanas, le pregunté a qué olía y me contestó: a papá".

El retorno al hogar no fue tan idílico, sin embargo. El Capitán Frontera sufría de "psicosis de guerra" y no pudo re adaptarse a la vida familiar ni mucho menos remontar el rencor que habían ido alimentado en la mayoría de sus hijos por tantos años de ausencia y pobreza. "En la vida real murió cuando yo ya era un hombre. Y fue un golpe terrible. Primero porque habíamos sido muy enemigos. Mi viejo me llegó a odiar. Al punto que de adolescente me escapé como un mes a Entre Ríos, a lo de unos parientes que no conocía pero me recibieron bien, y cuando volví dijo: 'No. Si este chico va a estar acá, yo me voy'. Y así fue siempre hasta que escribí mi primer libro de poemas y mi viejo vino después de leerlo y me abrazó".

Se reconciliaron

--Sí. Me hice amigo.

¿Y antes por qué se llevaban tan mal?

--Estaba mucho en la calle. Era callejero. Y él nunca estaba con nosotros. Primero por la psicosis de guerra. Se ponía paranoico. Y segundo porque andaba por todo el país. Nunca supimos qué hacía. Algunos me decían que estaba conspirando, que llegó a reunirse con los chicos del ERP, que les dio una charla. Les dijo: "No digan que son la vanguardia porque los términos políticos no son los mismos que los términos militares. En el plano bélico, ser la vanguardia es ser el que va al muere".

El clima creciente de "paranoia y soledad" se impone en la línea narrativa que sigue al Interesante y su derrotero que arranca con su ingreso a la recordada revista Panorama por recomendación de Ernesto Schoo y el desaparecido poeta Miguel Ángel Bustos (a quien luego le dedica "Oratorio por Miguel Ángel", un poema que está entre lo mejor que lleva escrito); continúa ya en meses más pesados por el diario El Mundo donde sufre un primer crack emocional a causa de las constantes amenazas al medio que hace la Triple A y el paradero incierto de su hija Natalia (a quien su madre no se la dejaba ver); y finaliza con él mismo acogotando en la redacción a Miguel Briante ("Perdí la cabeza, lo culpaba de lo que nos estaba pasando") y autoinflingiéndose esa misma noche una serie de cortes que horroriza a sus vecinos y lo termina de depositar en el Borda en pleno 1975.

"Por eso", reflexiona ahora, "necesitaba contar la historia de mi papá en España, de nosotros acá sin él, de mis hermanos cada uno lidiando con esa ausencia. Pero también la historia de mi mismo con la locura", dice el autor que considera a la mayoría de los profesionales que lo trataron en su momento tan locos como él. "La psiquiatría es un saber enloquecido. Por algo todos los grandes hospitales de salud están prácticamente cerrados. Hay un romance entre un sector del derecho y la psiquiatra que es bastante siniestro", cuestiona.

De esos años de ida y vuelta con la insanía --que afirma no haber superado del todo-- Frontera sale con un poemario, Las alucinaciones y el destierro, que se publica en plena Dictadura (1978) y llama la atención de gente como Aída Carballo y Ernesto Sabato. "Debe ser difícil vivir con esto", le dice Sabato, mientras que la pintora le regala un grabado que termina en la portada. Son los primeros atisbos de luz que luego --ya con el retorno de la democracia-- se acentúan cuando se reinserta como periodista cultural en Radio Rivadavia (se destaca como columnista de Antonio Carrizo) y en las revistas Humor y Super Humor. Durante esos años de renacer alfonsinista se encarga de las secciones País Esquizofrénico ("sobre el otro país, el que no vemos") y Política en la cama ("O como la política se fue metiendo en la sexualidad de la gente"). Y también, en el medio, se vuelve a enamorar.

"Fue en el '86", relata. "Durante la misma época del levantamiento carapintada. Me mandan a hacer nota a un grupo de expresión corporal, algo bastante novedoso por entonces, y me quedo a participar. Consiste en pasar seis o siete horas sin poder tocarse o hablar. Seremos 15 mujeres y 20 tipos. Cuando termina y nos estamos yendo le digo a Ofelia Mabel Perdomo, la coordinadora, con la que no habíamos podido dejar de mirarnos el tiempo que duró la actividad: 'Perdoname pero no sé cómo voy a poder vivir sin vos'. Me dice: 'Yo tampoco'. Y desde hace 35 años estamos juntos"

Ya en los noventa ingresa a la revista Noticias donde permanece hasta hoy (hace artículos dedicados a programas de radio; entrevistas a sus responsables) y publica libros periodísticos que mantienen viva su vena como escritor: El país de las mujeres cautivas(1991) y Argentina país VIH (1995). Ambos de cierta repercusión cuando salen, aunque sin la capacidad de conformarlo del todo. Falta algo. Falta Sagrada familia. "Cada vez que me encontraba con algún amigo, algún colega de muchos años, me decía: '¿Y, Luis? ¿cuándo sale el libro? ¿dónde está?'", recuerda ahora. Y sonríe, hace una pausa, se responde. "Me costó una vida escribirlo. Pero finalmente acá está".

 

"EVITA SIGNIFICA": UN FRAGMENTO DE SAGRADA FAMILIA

Mis hermanas fueron vestidas con ropa oscura. Las mayores entraron silenciosas y pálidas de emoción, mientras Esther y Mercedes iban detrás de Isabel que entró primera. Juancito quiso ir con el casco de boxeo puesto y ella lo tuvo que dejar. Total, pensó mi madre, hace rato que esta familia parece la Corte de los Milagros. La única que no quiso acompañarlas porque tenía una clase de danzas españolas fue La Gitana.

Evita estaba de pie, delante de su escritorio, muy seria, con los puñitos cerrados a la altura del vientre.

—Vamos, pasen, vamos —les decía, enérgica.

Y apenas mi madre la vio, pensó que esa mujer no podía ser lo que ellos decían y que todo era una infamia.

—Cuénteme todo que tengo tiempo —le dijo.

Y entonces se despachó. Primero le dijo que si papá se enteraba de esa reunión jamás la iba a perdonar. Después le contó sobre los brutales tratamientos psiquiátricos en el Hospital Militar y le dijo que hiciera lo que hiciera siempre encontraban motivos para arrestar a papá y enviarlo prisionero a guarniciones del Sur.

Entonces Evita le preguntó si papá les pegaba a ella o a las chicas y mamá le dijo que no.

Fue una mentira piadosa. Porque cuando papá entraba en crisis empezaba por hablar de tú y después las insultaba con palabras españolas y al final deliraba y se ponía violento. Una vez zamarreó a una de las chicas. Isabel había colgado unas sábanas en la terraza y él le preguntó por qué tres sábanas y no cuatro o cinco. Después le dijo que eso era una traición y que si había puesto tres, era porque a las tres empezaría el bombardeo. Y entonces reaccionó Juancito y se trenzaron padre e hijo. Para colmo Juancito le daba cinco o diez golpes seguidos y lo llevaba por todo el patio, pero él con uno solo que le contestaba lo dejaba tendido en el suelo hasta que, en el griterío, los rodeaban y los separaban. Y entonces papá se miraba las manos como si no entendiese lo que había hecho.

Otras veces papá se despertaba de noche y decía que escuchaba relinchar a un caballo en el patio, y mamá le decía que no, que eso no podía ser, y él le decía que hiciera silencio porque al caballo lo habría atacado un puma.

Pero mientras ella hablaba de las necesidades de la familia, Evita escuchaba con atención y de golpe y sin decir palabra, le hizo un gesto con la mano a Lalita y le acomodó un lugar en su sillón. Y Lalita, la bruja, la que nunca se quedaba quieta, se quedó tranquila, junto a ella y hasta le apoyó la cabeza en un hombro. Y entonces mamá aprovechó el momento y le dijo que los médicos del Hospital Militar le hablaban con palabras raras y de cosas que no entendía sobre la excitación de los puntos subcorticales, o de que algo se le había metido en los mesencefálicos y que todo iba a ir cediendo con la benzedrina y la terapia del calor.

—Pero lo cierto —le dijo—, es que ahora estoy sola con ocho hijos y el noveno en camino. Ninguno de ellos ha terminado la escuela primaria. No hay dinero. Y pasamos hambre. Mirá —la tuteó mi madre y señaló a Susy—, ella canta, fue una niña prodigio y ahora, apenas salida de la adolescencia, ya está en el elenco estable del Teatro Colón, pero todavía le pagan poco. Y Esthercita, esa que parece tan inocente, va siempre a la casa de una vecina y la vecina está convencida de que la nena la adora pero en verdad va porque la señora tiene una gran jaula de canarios y cuando la señora se distrae, mi hija les come las vainillas.

Dicen las chicas que de pronto Evita sonrió. Y le dijo a mamá que su manera de hablar y sus frases le hacían recordar a Leonor Rinaldi. Pero enseguida volvió a ponerse seria. Y fue entonces cuando mamá le dijo que el Ejército estaba demorando mucho para otorgarle la jubilación a papá y que ni siquiera le daban una pensión y que estaban solas y sin un centavo.

Entonces ella suspiró y golpeó con los dedos sobre el escritorio.

—Aquí tengo los informes sobre tu marido —dijo y señaló una carpeta gordísima—. Es un verdadero prontuario anarquista y comunista. Tal vez tu capitán haya dejado de conspirar, pero abandonó el Ejército argentino, se fue a España y se unió con lo peor de lo peor. Todos sus contactos son antiperonistas y de izquierda. ¿A vos te parece que yo debería hacer algo por él?

Después miró a las chicas y a Lalita y pareció aflojarse.

—Bueno —dijo—, algo voy a hacer. Pero una cosa tenés que saber. Lo hago por las pibas y por vos. Y por nadie más. Porque nadie más vale la pena. Y ni siquiera puedo entender por qué estás con ese hombre.

—Mirá —la interrumpió mi madre—, yo me casé para siempre. Y ahora está caído. Si algún día se levanta, veré qué hago. Pero yo así, enfermo como está, no lo voy a dejar.

Entonces, y después de unos segundos cargados de tensión, dicen las chicas que Evita de pronto le agarró las manos a mamá.

—Pero cómo no te voy a entender —dijo Evita—, si estamos amasadas con el mismo barro. Pero yo estoy muy enferma y no quiero dejar solo a mi marido, que es mi Dios y lo adoro y es el presidente de la Nación y es el máximo líder que hemos tenido los argentinos. Y no lo quiero dejar solo porque está rodeado de enemigos, comunistas y no comunistas, y si yo no estoy, qué va a ser de él y qué va a ser de nuestro país. Pero tenés que prometerme que si tu capitán sale en libertad y se arregla lo de la jubilación, él no va a conspirar. Tenés que convencerlo de que en este bendito país no hay lugar para el comunismo.

—Mirá —volvió a interrumpirla mamá—, yo te aseguro con mi vida que él es incapaz de alzar una mano contra los humildes, porque él es humilde.

Y de golpe se quedó callada y preocupada por pensar que tal vez había hablado demasiado. Pero fue entonces cuando Evita se quejó con una sonrisa algo forzada:

—Ay, venís con ocho hijos y uno en camino y encima me hacés un radioteatro. ¡Justo a mí!

Y entonces mamá le dijo que no entendía por qué los militares se vengaban contra nuestra familia. Y en respuesta ella se enojó y levantó la voz y hasta las chicas se asustaron:

—Mirá —dijo Evita—, te cuento que esos sinvergüenzas me tienen prohibida la entrada a Campo de Mayo. A mí, que soy la esposa del presidente de la Nación. ¿Qué se creen? ¿En qué batalla ganaron sus medallas esos cagones?

Al rato golpeó las manos y entró un hombre con un cuaderno y una lapicera.

—Vayamos a la verdad —dijo Evita—. Quiero hablar con las chicas. ¿Qué te pasó en el ojito? —le preguntó a Mercedes.

Y entonces ella le contó que había sufrido una infección al meterse en el río en Punta Lara.

—Anotá —le dijo Evita al hombre—, hacele una cartita al Santa Lucía, para que ya mismo se pongan en contacto.

—¿Y vos que te pusiste en la cabeza? —le dijo a Juan, sonriendo.

—Soy boxeador, señora —le dijo Juancito.

—Es una pena —dijo Evita—, porque tenés una carita linda y te la van a estropear. Pero no importa —le dijo al hombre y sonrió—, hablalo con Gatica y que el Mono le dé una mano antes de que lo fajen.

Después preguntó cuál de las chicas era la del Teatro Colón y Susy le hizo una inclinación como si estuviese en el escenario.

Evita volvió a reír y les dio un montón de talonarios de la proveeduría para alimentos y juegos.

—Tomá —le dijo a Esthercita y le dio unos vales—, así no les comés las vainillas a los canarios de la vecina.

La besaron todas. Y se helaron de susto cuando le tocó a Lalita. Porque la pequeña bruja sacó de entre las páginas de una revista un dibujo bastante lindo, hecho por ella, en papel canson y con la imagen en colores de Evita y de Perón. Y arriba estaba la famosa consigna, pero mal escrita: «Perón cumple, Evita Significa».

Pero Evita le dijo que no importaba y que cualquiera podía equivocarse. Y entonces, como siempre, la bruja nos dejó helados:

—No —dijo Lalita—, yo sé muy bien lo que escribo. No es un error, Perón cumple, pero Evita Significa. Y si algo sabemos los argentinos es lo que usted significa.

 

Evita, entonces, y sin salir de su asombro, la besó y le dijo que lo iba a pensar. Que mucho lo iba a pensar.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ