Coronavirus, salud pública y Estado de bienestar

Imagen: Télam

En septiembre de 1978 los principales sanitaristas del mundo se reunieron en Alma Ata, Kazajistán, y sus deliberaciones constituyeron el evento internacional de políticas de salud más importante de la década del 70. Su célebre declaración final definió a la Atención Primaria de la Salud (APS) como el más importante paradigma en las políticas de salud pública.

Las ideas centrales de la Declaración de Alma Ata se relacionaron con el enfoque de derecho, la universalidad, la equidad, y un fuerte protagonismo del Estado para garantizarlos.

Pero esta decisiva conferencia internacional, que propuso el desiderátum “salud para todos en el 2000”, no fue un hecho aislado, sino que se inscribió en una determinada producción teórica anterior y en un determinado contexto. Es más, podría decirse que Alma Ata se ubica en el centro de una línea de tiempo que se extiende desde su primer antecedente, durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el momento actual, en el que la pandemia del Covid-19 asola a la humanidad.

Aquel primer antecedente fue el Informe Beveridge sobre Seguridad Social, de 1942. En noviembre de 1940, bajo el bombardeo que caía sobre Londres causando miles de víctimas, Winston Churchill le pidió a su ministro de finanzas, William Beveridge, que preparara un informe para paliar la desastrosa situación económica que sobrevendría al fin de la guerra. Dos años más tarde el funcionario le presentó el notable Informe sobre Seguridad Social y servicios conexos.

Sus principales propuestas, como lo describe José Nun en su imprescindible libro sobre el tema, fueron: asignaciones a las personas encargadas de cuidar infantes hasta los 15 años; un servicio de salud que asegure plenamente todos los tratamientos preventivos y curativos de toda clase a todos los ciudadanos sin distinción, sin límite de ingresos y sin barreras económicas; y por último continuidad y seguridad en el trabajo. El Informe Beveridge sobre Seguridad Social fue el origen de lo que más tarde se llamó Estado de Bienestar (welfare), por contraste al término que designaba los horrores de la guerra (warfare).

Lo llamativo y conmovedor del Informe Beveridge fue que la solución para la sociedad toda, aceptada e implementada por un gobierno conservador, comenzara por una ayuda universal a los necesitados.

Las medidas tomadas hoy por el Gobierno argentino para acudir a la emergencia parecen inspiradas en esa tradición teórica y política que fundó el Estado de Bienestar. Tradición que eslabonó la Declaración de los Derechos Humanos en 1948, las conferencias de Thomas Marshall sobre ciudadanía y clase social dictadas en la Universidad de Cambridge un año después, más la expansión generalizada del fordismo y el keynesianismo, un bagaje que produjo por el lapso de tres décadas la merma de la desocupación y el mayor bienestar general hasta entonces conocido en democracias capitalistas. Período de “gloria” que al promediar los años 70 fue relevado por el ciclo neoliberal, que intentó suprimir la mayoría de las conquistas que se habían logrado.

Las metas de Alma Ata fueron evaluadas y reformuladas en cada fecha en la que debieran haberse cumplido: en 2000, 2007 y 2015. En cada una de esas revisiones se daba cuenta de la dificultad para lograr los objetivos propuestos, y se agregaban otros, últimamente denominados Objetivos de Desarrollo Sostenible, denominación cuya pretensión retórica encubre su debilidad, dado que sólo sería posible conseguir esos objetivos redoblando los esfuerzos, en términos de concepciones, tareas cotidianas y recursos. Recuperar los beneficios igualitarios del Estado de Bienestar debía ser una militancia.

A 42 años de la Declaración de Alma Ata su vigencia parece acrecentarse, fundamentalmente en su concepción de la responsabilidad del Estado. Ante la pandemia que hoy devasta a gran parte de la humanidad, muchos líderes mundiales, Emmanuel Macrón lo dijo con todas las letras, y otras voces calificadas, reconocen el valor del Estado para liderar la emergencia en todo el arco de políticas públicas.

Cómo saldremos todos cuando la pandemia se extinga, no parece relevante aventurarlo, máxime cuando no podemos evaluar aún su duración y sus daños. Es sabido que intelectuales de renombre como el esloveno Slavoj Zizek y el sur coreano Byung-Chul Han se internaron en esas especulaciones . Aun partiendo de paradigmas ideológicos opuestos, parecen coincidir en que sobrevendrán cambios profundos. Al respecto solo formulo un deseo, acaso más parecido a un sueño: que muchos dirigentes mundiales asuman de una vez su vacío moral y su egoísmo indigno; que las castas políticas renuncien al fin a sus desmesurados privilegios; que la humanidad toda se replantee su obscena desigualdad y se reconstruya a través de la solidaridad. El mensaje del Presidente Alberto Fernández a los líderes del G-20 acaso sea el reconocimiento de esa imperiosa necesidad.

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