Una chica de 20 años pregunta por la ligadura de trompas luego de dar a luz a su cuarto hijo. La trabajadora social responde que no hay disponibilidad en el quirófano para esa cirugía, y le ofrece pastillas y condones. La chica dice que nunca usa preservativos. “¿Y si lo hablás con él?”, propone la trabajadora social. Pero la entrevistada es tajante: “Con él no se puede hablar”. Luego se ve a la joven madre cambiando al bebé en la cama del hospital. Parece no inmutarse por la cámara encendida. En el documental Niña mamá, esos instantes de silencio y voyeurismo con hospitales públicos de escenario (el de Tres de Febrero y el de La Matanza) son tan desgarradores como lo que se dice.

La película de Andrea Testa, estrenada en marzo, pone la mirada en las entrevistadas:  adolescentes y preadolescentes que atraviesan embarazos no intencionales. Estas chicas acaban de parir o están internadas por abortos clandestinos e inseguros. Allí, la observación es el ancla que perfora en lo sensible, y el blanco y negro de la imagen pareciera exceder la elección estética. No hay otra cosa que atender más que el desamparo arraigado en esos cuerpos.

“No hicimos ninguna pregunta más que poner la cámara ahí y filmar”, dice Testa. Y explica que la confianza de las entrevistadas y el nivel de intimidad se lograron gracias al trabajo en conjunto con el equipo de salud. El resultado se podrá ver hoy a las 23 por Encuentro, y también está para alquiler en la cartelera on demand de Vimeo (donde todo lo recaudado es donado a aquellos dos hospitales).

 

Niña mamá comenzó desde un lugar muy personal de la directora. Dice que es posible que haya algo del auge de los feminismos que empezó a darse con el debate público de la ley de aborto legal seguro y gratuito en 2018. Y nombra su película anterior, Pibe chorro (2016). “Ambos documentales están hermanados: posan su mirada, búsqueda y puesta en escena en estos sectores sociales populares y las violencias institucionales que atraviesan sus cuerpos. Y la estigmatización social, hayan cometido o no delitos. Son vidas violentadas y expulsadas”, dice. Y destaca cuánto más común es la respuesta punitiva hacia estos protagonistas, por sobre la protección integral de sus derechos.

Al poner en escena esas violencias en Pibe chorro, la directora se encontró con muchas mujeres, madres sostenes de los hogares y también sostenes del dolor por la pérdida de sus hijos a muy temprana edad. “Apareció entonces la necesidad de ir en busca de las jóvenes de sectores populares, del conurbano. Y rápidamente la maternidad en la adolescencia apareció como un tema, una problemática, un condicionamiento”, dice.

La maternidad adolescente en números

La tasa de fecundidad que se usa en estadísticas sobre embarazo adolescente es la de los bebés nacidos vivos de madres de entre 10 y 19 años. Luego se desagregan los casos de madres que van de 10 a 14 años (fecundidad temprana) y de 15 a 19 años (tardía). “Aunque ninguno es tardío. Si no es planificado es temprano, o precoz, si se quiere, pero ésa es la clasificación que se hace con el corte etario”, aclara Juan Carlos Escobar, director de Adolescencias y Juventudes del Ministerio de Salud de la Nación.

Los datos oficiales a 2018 estiman que por año hay 2350 niñas de entre 10 y 14 años que son madres. La cifra asciende a 85 mil para la franja de 15 a 19 años. Aclara Escobar que ese dato no da cuenta de toda la realidad, ya que se mide por hijos nacidos vivos. No hay registro para abortos provocados o espontáneos.

Otro dato que se utiliza es el de la intencionalidad. De cada tres embarazos adolescentes, dos no son intencionales. Y la cifra asciende al 80% en el grupo de niñas de 10 a 14 años. “Esto habla de una fuerte asociación con abuso de poder, no consentimiento de las relaciones, no posibilidad de planificación de ese embarazo. Sabemos que muchas veces estos casos están asociados a abuso sexual y que muchos de ellos vienen del círculo íntimo de la niña: padres, abuelos, tíos, su entorno cercano.”

 

Los datos recabados por la Dirección de Estadísticas e Información Sanitaria del Ministerio de Salud nacional se alimentan de las estadísticas provinciales. De ellas se desprende que la tasa de fecundidad no es la misma en todo el país: mientras en la Ciudad de Buenos Aires está por debajo de 1 cada mil, en Formosa es de 4 cada mil, en Tucumán de 2 cada mil y en Chaco de 3 cada mil. Lo que demuestra que la accesibilidad a políticas públicas de prevención de embarazo y educación sexual integral es despareja en el país.

Niña mamá abre la posibilidad de comprender por qué suceden estos embarazos en niñas y adolescentes. Es también un exhorto a la implementación de la Educación Sexual Integral como forma de prevención y para conocer los derechos de la niñez, decidir sobre métodos anticonceptivos y aprender sobre el derecho a la interrupción legal del embarazo. La película propone pensar colectivamente desde lo sensible y lo ético, e invita a profundizar en la problemática. Plantea ir al encuentro de realidades y voces que existen. En Niña mamá, Andrea Testa y el equipo de salud de los hospitales abren un canal a través del cine para acercar estas historias.