Los duelistas

A Joseph Conrad

 

Por ahí andaban, magnetizados de acero hasta en lo hondo de sus intestinos; chocándose, esquivándose, encontrándose a lo largo de años, calles, malos gobiernos. No tenían casa donde vivir ni sepultura donde yacer pero afanosamente parecían querer llegar al final: bastaría, según se oyó por ahí, que uno cayera para que el otro desapareciese. Eran los duelistas. Combatían a navaja por una mujer, a la generala por un caballo, al billar por la autoría de unos versos. Pero sin sus aceros, todo lo demás eran paréntesis de sus vidas a cuchillo. Siempre a punto de desenvainar: la excusa eran la ingratitud, el caos del mundo, la trampa descubierta o la mala fortuna de haberse cruzado las miradas. 

Obraban como escuderos de un cuento. Lo que más prevalecía y no disimulaban era el coqueteo con la Parca, la fascinación por el choque de fierros; aquello impregnaba el aire de leyenda donde la sangre parece hervir por nada y emerge por sobre la prudencia y la disuasión. Se los vio redondos, alargados, mojados con lluvia y sin ella; atravesados por espinas de zarzas, en carnavales de perros ladradores, en murgas, quilombos, negreríos, bailes, circos, zoológicos ambulantes, esquinas de café. Donde brillaba una discordia ahí empezaban, tropezándose en cascadas de nieblas, de nuevo erguidos, prestos al combate. Sin llegar al deshonor, por torpeza llegaron a ingerir sus propias sombras al errarle al enemigo, o lastimaban un frente de casa pues habían elegido ese lugar sin luz para debatirse, astillando la sombra del contrincante y contra ella su espejo multiplicado por los faroles que los embestían como si no fuesen humanos. 

Nunca hubo alguien que los detuviera pues parecían no oír consignas, consejos ni gritos de separaciones. Sobre el final empezó a llegar una imperceptible bulla desde el fondo de los comedores, de las casitas de madera por Carriego, que mugiendo les decían en la luz moribunda de la noche con estrella y fondo de cumbias que ya estaba bien, que nadie había ganado nunca, que se vayan, que ya no eran respetados, ni los querían cerca. Pero se afanaban cuanto más repulsa imperceptible les dedicaban a sus movimientos de baile. Noche abajo, sus pasados se fueron cocinando a fuego lento sobre la marmita de un aceite que parecía hervir para deleite de un gigante. 

La Memoria, el Tiempo, todas cosas asombrosas y bestiales los fueron apaleando hasta dejarles las carnes vivas. Por entonces ya se tornaron borrosos los duelistas, eran una nada en el espacio, la gente estaba ocupada en las telenovelas, en promesas de vacunas contra la pestes y no en apariciones fantasmales de retazos en redención por cuchillaje. 

Hubo mañanas en que en las veredas aparecían manchones de sangre, pero se las atribuía a alguna pelea de gatos más que a ellos, devaluados ya en ardores y embestidas. Fueron tomando distancia con su mito y achicándose, limitándose de escarcha y de incomodidad: la muerte por duelo era algo pasado de moda. Y todos aprobaron en medio de una asamblea de dipsómanos solitarios y trabajadores de oficios en planetas inertes. 

Los echaron de sus vidas y a nadie más importó el fluir de las cuchillos desenvainados, ni los gritos de lidia, ni los pasos apresurados de los duelistas al culminar sus batallas, cuando se arrastraban a sus guaridas para curar sus heridas y regresar de nuevo a la pelea. 

Una noche, sentados en el reborde de cemento del club, los duelistas se nos acercaron. Era la ciudad un desierto pero nosotros nos encontrábamos barbijos mediante. Uno se agachó y lo reconocimos como al más alto: toda su cara era una cicatriz. Un humo azulado le envolvía el torso. El otro, más bajo, tal vez más reservado, permanecía alejado. El primero habló. Nos mostró unas figuritas que ofrecía como regalo escondidas en las manos y entonces: llevaba surcos de raspones viejos, y al igual que el otro su cara toda era un mapa de costurones. Nos extendió un puñado; estaban gastadas pero eran de las más difíciles de conseguir. Después los miramos y oímos qué pretendían: nos estaban proponiendo si queríamos ir a verlos batirse a duelo en la ochava de enfrente, donde terminaba la quinta de los Marranos.

 —Es para probar, —ofertó el alto muy quedamente. 

—Si les gusta nos pueden ir a ver cuando nos juntemos, —acotó el otro. 

Los seguimos; los vimos por fin luchar, pujar y sangrar; luego huir uno por cada lado de la calle, cada cual a su madriguera, heridos por igual, apresurados en no morirse. 

En un mes llenamos el álbum y lo cambiamos por la pelota de cuero. Uno recordó que éramos unos infames porque habíamos jurado seguirlos, otro advirtió que tenían ambos voces como la de los niñitos y aquello nos produjo escalofríos y se convirtió en el motivo para no buscarlos más. 

No cumplimos con el acuerdo de verlos pelear nuevamente y los fuimos obviando hasta que uno de nosotros, quien argumentó que en sueños se le habían aparecido, recalcó el pacto que teníamos y sentimos como la punta de un remordimiento, pero ya era tarde, hacía tiempo que no se los veía más más por el barrio. El Corona Virus los había depuesto de sus reinados. Terminaron yéndose juntos por un camino de tierra que, sabíamos, llevaba a la nada, esa nada de horizonte perruno a la que solo se dirigen los criminales, las brujas o los artistas incomprendidos.

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