Ser alguien

Del sueño de la casa grande, sólo había quedado la casa. Muertes tempraneras, vínculos rotos, cambios de rumbos, el calidoscopio de la vida había girado azarosamente una vez más. En una realidad vidriosa, sobre un nuevo mosaico de colores, me tocaría crecer. 

Una mujer que había ocupado sin cuestionarse el lugar que la sociedad le había otorgado, sobrevivir detrás de un gran hombre para ser reconocida como una gran mujer, de pronto se encontró sola en la primera línea de fuego con el hijo menor a su cargo. No lo dudó, o tal vez sí, pero decidió ganarse la vida por sus propios medios mediante aquello que mejor sabía hacer y por lo que nunca había recibido dinero a cambio, atender y cuidar a terceros, limpiar y cocinar. Las habitaciones de la vivienda chorizo se llenaron de camas turcas, cuchetas y colchones. La puerta de entrada comenzó a parir estudiantes de medicina y odontología de distintas zonas del país. 

Las madres pueblerinas dejaban a sus atesorados hijos varones, en manos de Doña Blanca, la dueña de la pensión. Para mí fueron hermanos mayores con distintos apellidos. El "rana" Ranalli, malabarista de naranjas y mandarinas, me enseñó a no enojarme ante el bombardeo anónimo con municiones de migas de pan mojadas en agua. Guiñándome un ojo me alertó: "Si vos no chicharreás, ellos tampoco podrán hacerlo cuando les contestes con tus bromas".  Fue así como empezaron a aparecer sillas con las patas flojas, cebitas debajo del mantel o milanesas de telgopor entre los comensales. 

El "petiso" Ramírez, oriundo de Orán, era dueño de una técnica desarrollada en iglesias salteñas, la cual consistía en asistir a misa temprano, pararse en la puerta del templo, observar el ingreso de alguna religiosa sin compañía, sentarse a su lado, esperar que el cura invite a los fieles a tomarse de las manos, aprovechar dicho instante para propinarle cosquillas en la palma de la elegida, esperar la reacción, generalmente adversa. 

El "sonámbulo" Cravero, santiagueño de piel blanca y pelo imposible de mojar, orgulloso afrodescendiente, bombisto de alma, contaba historias de ciudades quilombos y de la permanencia del espíritu de los negros en el repique de una chacarera. Su bombo legüero era el único instrumento musical en las alegres fiestas de cumpleaños a la canasta, con damajuanas y sin tortas, preparados a base de sobras de encomiendas. Mi permanencia en dichos eventos estaba permitida hasta unos minutos antes de un ritual corporal machista, desnudar y embadurnar con harina y huevo al homenajeado. 

La matriarca parecía tener doble control. Por un lado, no le temblaba la voz a la hora de poner límites, horarios y prohibiciones. En otro sentido les prestaba el oído para escuchar sus miedos, les curaba el mal de ojos y encendía velas a Ceferino en tiempos de exámenes. Cuando parecía desmadrarse la convivencia en el inquilinato, los reunía a todos en la galería y les hablaba sin levantar la voz. "No se olviden que son unos privilegiados, que podrían estar haciendo la colimba en estos momentos, el Estado nada les cobra los estudios y sus padres les pagan los gastos, ¿qué más pretenden? No están de vacaciones, vinieron a buscar su título y deben irse de esta casa recibidos de doctores”. 

Todos parecían estar obsesionados por el diploma, todos menos Lisandro Tirelli, un gringo originario de Cañada Rosquín, quien en ocasiones parecía habitar otro mundo. Mi madre tenía con él un especial cuidado, se asustaba cuando se quedaba acostado, acusando jaquecas durante algunos días, sin comer ni hablar con nadie. En la mesa grande dudaban de su vocación, orientación sexual y salud mental, pero nadie discutía su inteligencia. Las pibas del barrio me paraban por la calle para que le hiciera "gancho" con "Irian kuliaki ". Una vez una vecina me puso en la bolsa del pan una carta perfumada para que se la entregara en la mano. Si bien la administradora lo retaba en privado, el mensaje era el mismo: "Tirelli... ¿cuándo va a entender que sus padres quieren lo mejor para usted? Ellos desean que sea alguien en la vida, un título le abrirá puertas, podrá hacer lo que quiera, no tendrá que agachar la cabeza ante nadie". Escuchaba sin interrumpir todo el sermón, después le daba un beso en la frente y le contestaba: "No existen universidades en dónde a uno le enseñen a vivir, todos somos alumnos de la vida". 

El rosquinence se conmovía con los nadie, sufría toda injusticia y parecía estar ocupado en conocerse a sí mismo. Cuando el viento de otoño cambiaba el paisaje, veía rostros conocidos en las copas de los árboles, escuchaba violines entre los cables y se dejaba mecer en una canoa de sueños al compás del vaivén de las sombras generada por el foco de la esquina. No pudo traicionar ni traicionarse, abandonó lo que no sentía. Comenzó a trabajar en un bar de la Terminal y con sus primeros ahorros se compró una guitarra con la que solía sacar temas de los Beatles en las noches en que la luna visitaba el patio. 

Una tarde lo vieron pasear por la Buratovich de la mano de una mujer. Al otro día la noticia corrió en la mesa como reguero de sal. La violencia suele tener sus raíces hundidas en un fangal de envidia, el "petiso" no tardó en disparar su dardo envenenado: "Hay un dicho que dice 'dios le da pan al que no tiene dientes', ¿Quién es el bagayo ese con el que te animás a mostrarte por el barrio, 'pelo de trigo'?". Lisandro no tardó en responder, con su mirada fija puesta en la panera, contestó: "Existe una zona de naufragio existencial, una isla perdida en la oscuridad profunda, nunca pensé que podría llegar alguien hasta allí para rescatarme, el corazón poderoso de Amanda lo hizo, usando solamente palabras, silencios y miradas. Lo siento por ustedes que no la pueden ver, pero ella está conmigo en estos momentos". 

Ya van para dos años que no me reconoce. Pensionista de un internado en donde sus huéspedes se reciben de difuntos, parece despertarse de su sueño profundo con ruidos de platos y cubiertos mientras preparan las mucamas las mesas para el almuerzo. En nuestro último encuentro le entregué una cartulina enrollada y le dije: "Doña Blanca, soy Tirelli. ¿se acuerda de mí? le vine a mostrar el bendito título". Por primera vez en mucho tiempo sentí recuperar la calma de su mirada y la belleza de una voz amada. “Me alegro mucho hijo, ahora sí que podrá hacer lo que quiera".

 

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