Los presidentes Núñez Feijoó (PP) y Urkullu (nacionalista) refuerzan sus mayorías y volverán a gobernar

Galicia y el País Vasco votan por la continuidad

El PSOE resiste el desgaste de la crisis sanitaria y repite resultados en ambas comunidades, y Podemos se hunde. Los nacionalistas ganan la batalla en el espacio político de la izquierda.
Iñigo Urkullu fue reelecto. Iñigo Urkullu fue reelecto. Iñigo Urkullu fue reelecto. Iñigo Urkullu fue reelecto. Iñigo Urkullu fue reelecto. 
Iñigo Urkullu fue reelecto.  
Imagen: EFE

Desde Marbella, España

Las elecciones celebradas este domingo en Galicia y el País Vasco, las primeras que se convocan en España desde que se desatara la pandemia de coronavirus, han marcado la continuidad de los gobiernos de ambas comunidades autónomas. Tanto el gallego Alberto Núñez Feijóo (Partido Popular) como el vasco Iñigo Urkullu (Partido Nacionalista Vasco) tienen garantizada la reelección. El primero, porque obtiene su cuarta mayoría absoluta; el segundo, porque amplía la diferencia con el resto de partidos y porque con la nueva configuración del parlamento no resulta posible la conformación de una mayoría alternativa. Posiblemente los nacionalistas vascos reediten su actual alianza de gobierno con el PSOE, que mejora ligeramente sus resultados.

Más allá de cómo quedan conformados los parlamentos regionales y cuáles serán los gobiernos que se formarán en las dos comunidades autónomas -que según la configuración del estado español tienen bajo su competencia la gestión de áreas tan relevantes como la educación, la sanidad y en el caso vasco también la seguridad-, los resultados arrojan asimismo lecturas que pueden analizarse en clave nacional.

La victoria del popular Núñez Feijóo supone una alegría a medias para el PP a nivel nacional. El presidente gallego desarrolló una estrategia diametralmente opuesta a la que el líder de su partido, Pablo Casado, intentó sin éxito dictarle desde Madrid. Se negó a acudir a las elecciones en coalición con la formación liberal Ciudadanos, vetó la presencia de los dirigentes más identificados con el discurso de extrema derecha de Casado, marcó distancias con Vox y realizó una campaña basada en su persona en la que incluso hizo desaparecer el anagrama del PP en actos y carteles.

El resultado obtenido no sólo le garantiza cuatro años de gobierno en solitario, también lo proyecta como un líder nacional y una alternativa solvente frente a Pablo Casado.

Su victoria contrasta con la debacle del PP vasco, que meses antes de las elecciones purgó a sus dirigentes más moderados para alinearse con las tesis del líder nacional y firmó una alianza con Ciudadanos. Los populares vascos pierden un tercio de sus escaños, pese a acudir a las urnas en coalición, obtienen el peor resultado de la historia, se convierten en una fuerza irrelevante en el parlamento vasco y no consiguen impedir la fuga de votos por su flanco de derecho, que da a Vox por primera vez representación en la cámara autonómica vasca.

En el PSOE también hay motivos para la preocupación, pese a que mejora ligeramente los resultados anteriores. En Galicia, los socialistas ganan un diputado al pasar de 14 a 15 escaños y en el País Vasco consiguen lo mismo, al pasar de nueve a diez. Pero para la formación liderada por Pedro Sánchez, los resultados tienen una lectura agridulce. Por un lado, se confirma que la crisis sanitaria y su gestión desde el gobierno no desgastan a la marca PSOE, aunque tampoco la relanzan, pero por el otro no consigue unos resultados que le permitan ser una fuerza relevante en ninguna de las dos comunidades, donde quedan relegados a la tercera posición tras ser superados por fuerzas nacionalistas de izquierda, el Bloque Nacionalista Galego en Galicia y EH Bildu en el Pais Vasco. La izquierda nacionalista vasca, que obtiene su mejor resultado de la historia, consigue capitalizar en las urnas la desaparición de ETA.

No obstante, el mayor elemento de preocupación para el PSOE es el hundimiento dramático de Podemos, su aliado natural e imprescindible para mantener el gobierno en Madrid, que desaparece del parlamento gallego y ve reducida a la mitad su presencia en el vasco. Los socialistas no consiguen beneficiarse de esta debacle del partido liderado por Pablo Iglesias.

Los resultados son una bofetada para Iglesias, que en los últimos años se ocupó de homogeneizar el partido bajo su mandato personal, laminó cualquier atisbo de disidencia interna, reemplazó el discurso populista original por uno más clásico de izquierdas y supeditó las estrategias regionales a la nacional y a su objetivo de llegar cuanto antes a posiciones de gobierno. Los resultados suponen un toque de atención para el líder de Podemos y su restringido círculo y ponen en cuestión la continuidad de su proyecto. “Derrota sin paliativos”, reconoció Pablo Iglesias a última hora del domingo en su cuenta de Twitter.

Cuando surgió en 2014 como fuerza rupturista, Podemos consiguió captar votos procedentes de los espacios de la izquierda nacionalista en las comunidades históricas. Esos votantes desencantados han vuelto a sus orígenes tanto en Galicia como en el País Vasco. La duda es si será capaz de recuperarlos en el momento en que se convoquen elecciones nacionales.

En el País Vasco, el crecimiento tanto del PNV como de EH Bildu elevan hasta el 67 por ciento los votos a partidos nacionalistas, el mayor porcentaje desde la recuperación democrática. Este resultado levantará ampollas en Madrid, tanto en el PP como en el PSOE.

Para la extrema derecha de Vox la lectura de los resultados también es agridulce. Los ultras consiguen entrar en el parlamento vasco con un escaño pero no alcanzan ese objetivo en Galicia. Su estrategia de odio con la que pretendía obtener rédito político de los más de 28.000 muertos a causa de la pandemia no consigue de momento los resultados esperados.

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