El eco de un nombre

El poeta Aldo OlivaEl poeta Aldo OlivaEl poeta Aldo OlivaEl poeta Aldo OlivaEl poeta Aldo Oliva
El poeta Aldo Oliva 

Paco Urrutia irrumpió en una realidad foránea a la que arribaba tras las huellas de un hombre. En un primer momento, creyó que allí podría continuar una nueva vida, sin percatarse de que todo lugar tiene una historia a la que uno viene a insertarse. Habituado desde pequeño a los más variados acontecimientos y las más inesperadas contingencias, se había convertido en un joven reservado, tolerante y un tanto inexpresivo. Después de recorrer con ojos de inmigrante y con cierta desazón, el puerto, el río y la indigencia de las orillas, huyendo de la guerra europea, logró recabar algunos datos.

El hombre que buscaba, Paulino Urrutia, era quien le había legado el apellido y lo había criado al ser abandonado por su padre biológico, un árabe de Almería. Paulino había costeado con esfuerzo sus estudios y le había prodigado el amor necesario para darle un sentido a su vida. Paco se había recibido de periodista sin poder festejar, porque Paulino, perseguido por sus ideas, atravesó el mar y se refugió en Rosario, cuyo país acababa de ser sometido al oprobio de un golpe militar, por el cual, (a partir de la colaboración de ambos gobiernos), debía entregarse a una nueva fuga, una nueva huida ante lo que está por ser, inclinado angustiosamente bajo el peso enorme de un mundo sin sentido. Pese a todo, encaramado en una sucesiva mudanza y el logro de algunas acciones, logró establecer una cierta red de contactos y adquirir una suerte de predominio que se tornó preponderante en la militancia local. Su nombre posó a ser conocido, sólo que con el apelativo de “El Gallego”.

Gracias a la solidaridad de un marinero del Aurora en el que había viajado, Paco se estableció en una precaria pensión de la calle Mitre al 2300; era un asiduo lector y lo primero que hizo fue acomodar un ejemplar de la Divina Comedia y uno del Quijote, de los que nunca se desprendía y que le servían para atenuar la desposesión en la que se sentía, producto de todo lo que había quedado lejos. En los días posteriores, después de buscar trabajo, pasaba el tiempo en la biblioteca Ghiraldo, donde se enteró con cierto grado de asombro, de una intensa y cuantiosa obra de poetas regionales. Así pudo conocer la obra de Padeletti, de Calveira, de Juanele, de Storni y de Riottimi, de Alberico Mansilla, y de un tal Oliva del cual leyó con avidez “César en Dirrachium” porque recuperaba incidencias del latín, portador de muchos términos al euskera, que acorde al significado de su apellido, cobraba una materialización insospechada y lo acosaba con la idea secreta de que los libros como las personas tienen su sino, son los que más se nos parecen ya que expresan nuestros pensamientos, nuestros sueños, nuestras verdades y nuestra persistente inclinación hacia el error. Por supuesto, no por la fascinación que experimentaba, dejó de sentir un cierto remordimiento al dejarse atrapar por la lectura, ya que le quitaba tiempo para encontrar el empleo que cada vez se tornaba más perentorio… Por suerte, gracias a un contacto en la biblioteca, logró un puesto de cadete en una agencia de publicidad. El hecho de poder ir de un lado a otro, llevando avisos a los diarios, a los canales de televisión, de algunas instituciones o de la misma municipalidad, le permitió recabar minuciosamente y con paciencia, la información que necesitaba. Supo que Paulino, dada su condición política había incurrido en una continua mudanza y que el rumor que corría promulgaba la versión de un enfrentamiento en los confines del Saladillo, donde Paulino fue herido y apresado, por una patrulla policial al mando infamen de un tal Lociego. Unos años antes que los correligionarios de Paulino fueran masacrados en la plaza del rey, por las fuerzas franquistas, en Barcelona, un tal Penina, había sido fusilado por fuerzas militares, en ese barrio. Paco sintió una cierta simetría en los destinos de ambos pueblos y la crueldad y la ineptitud que favorecen las órdenes militares, pero no tuvo tiempo de demorarse en eso. Lo urgía evadir progresivos cercos y controles que ultrajaban los barrios linderos y desataban refriegas en las calles adyacentes…

En Ayolas y Grandoli, se topó con un enfrentamiento entre policías y civiles y no tuvo más remedio que intervenir en la contienda; al cabo de un rato, junto a un desconocido huyó hacia el oeste y se ocultó en una casa desocupada que rápidamente albergó a otros ocupantes. Esperando el alba comentó su situación y su búsqueda; alguien preguntó: “¿Paulino, Paulino Urrutia, el gallego? Lo hirieron y lo llevaron al Saenz Peña…Seguro que ha muerto”. Paco enmudeció, de repente, el modesto universo local se tornaba una pesadilla. Hacia el amanecer, cargado el este de oscuros nubarrones, el grupo logró salir y dispersarse… Paco caminó las innumerables cuadras que lo separaban de la pensión, agobiado por un peso de siglos. Si Paulino había muerto ya nada tendría que hacer allí, daba lo mismo Barcelona que Rosario, cualquier lugar del mundo era un mundo producido o expresado por engañosos sentidos. Al entrar a la pensión, la lluvia arreciando fuertemente contra la persiana clausurada que daba al patio, lo sobresaltó pero, en la habitación, la sensación de pesadilla persistía; recorrió con la mirada la mesa con la jarra de agua, el destartalado ropero y los libros sobre la silla al lado del camastro. Los libros, ahora, le parecían propios de una ocupación inocente, una suerte de evanescencia para poder anegarse en el sueño. Una esquela que recogió bajo la ranura de la puerta le confirmó un repertorio irreversible: “Lociego quiere hacernos creer que Paulino aún vive. El hospital es una trampa”.  Por un instante recuperó la memoria de Espurina, el agorero y los Idus de Marzo, pero no se inquietó. Pese a que todo estaba como antes, nada era como antes y un sabor amargo corroboraba sus sentidos y lo absorbía en un vacío fijo que lo anegaba en la desesperanza. Guardó la esquela en el bolsillo, puso el revólver en el cinturón y algo de ropa en la mochila. Había decidido ir hacia el puerto y subir al primer barco que encontrase, pero antes de salir se detuvo. Hay momentos intensos e inexplicables en la vida donde uno suele tomar una decisión inesperada; serían las seis de la mañana cuando tomó esa decisión…

De lejos, las paredes del hospital le promovieron una inesperada nostalgia, ya sea por los arcos de las puertas o por las palmeras que anticipaban su entrada o quizá solo una falsa impresión que retrotraía los aires de su patria doble de la cual le hubiese gustado saber algo más. Primero pensó ingresar por una de las puertas laterales, pero como todas las mañanas, un grupo del personal ingresaba y no le fue difícil mezclarse y sortear la presencia de algunos guardias distraídos. Todo resultaba más fácil de lo previsto y creyó que el azar estaba de su parte. Siguió con naturalidad el derrotero indicado por los nombres de las salas y desviándose en algunos corredores hasta dar con la morgue. El lugar parecía desierto pero sólo en apariencia… Intempestivamente, los policías y las voces de alto surgieron de las salas laterales, Paco no alcanzó a extraer el revólver; una descarga fulminante lo derrumbó…

Un policía lo revisó minuciosamente, sacó la esquela del bolsillo y se la entregó a Lociego, quien al leerla con indiferente desdén preguntó en voz alta: Si sabía que Urrutia estaba muerto ¿Por qué vino?    

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