“En 1957 vivían en Knockemstiff unas cuatrocientas personas aproximadamente, casi todas unidas por vínculos de sangre en virtud de una u otra calamidad, ya fuera la lujuria, la necesidad o la pura y simple ignorancia." La descripción del minúsculo pueblo de Ohio que el escritor Donald Ray Pollock cincela en la novela The Devil All the Time no podría ser más característico del tono oscuro y pesimista que atraviesa (casi) todas las acciones de los personajes. Unas pocas líneas más abajo, a la hora de presentar a Willard Russell, el protagonista de la primera parte de la historia, el autor detalla los sentimientos de Charlotte respecto de las prácticas religiosas de su esposo. “Tal como ella lo veía, el exceso de religión podía ser igual de malo que la carencia, o tal vez incluso peor; el problema era que la moderación no formaba parte de la naturaleza de su marido."

La voz del propio Pollock, nacido en esa pequeña localidad del estado de Ohio, aparece de manera intermitente a lo largo de las dos horas y veinte minutos de duración de El diablo a todas horas, la adaptación cinematográfica dirigida por el realizador neoyorquino Antonio Campos que tendrá su estreno este miércoles 16 en la plataforma Netflix. La novela está construida como una ambiciosa saga intergeneracional que recorre dos décadas en la vida de un puñado de criaturas de la “América profunda”, y su retrato de los lazos familiares y comunales, enmarcados por una fe siempre temerosa de Dios, ha sido comparada en las reseñas críticas con la prosa de Flannery O'Connor. Aunque fácilmente podría ligarse también al determinismo fatalista de un Frank Norris: no hay nada, absolutamente nada, que los personajes puedan hacer para librarse de un destino que parece estar escrito con sangre en sus genes.

Los suicidios, el asesinato como fútil medio para reforzar la bienaventuranza o bien convertido en objetivo final, sin otra razón que el placer alienado, el abuso sexual escondido detrás de los ropajes socialmente más respetados, la violencia como único recurso para defenderse de otras violencias. La película de Campos sigue las líneas generales dispuestas por Pollock y entrelaza diferentes presentes: 1945, después del final de la Segunda Guerra Mundial, y los años inmediatos; 1957, cuando un hecho trágico dicta el final de varias existencias; 1965, con un nuevo protagonista dispuesto a alzar las armas y utilizarlas hasta las últimas consecuencias. Un tapiz temporal que cruza, de manera irremediable, la vida de los personajes en instancias significativas, “un poco gracias a la suerte y otro poco por la voluntad de Dios”, según afirma el relator antes de iniciar una danza de pecados, sordideces y esperanzas truncadas. 

El aliento literario y definidamente coral de El diablo a todas horas es cabal y recorre todas las escenas e instancias, de principio a fin. El regreso de Willard (Bill Skarsgård) del frente oriental en Japón, donde una horrenda crucifixión quedó grabada en su mente y su cuerpo de manera indeleble, permite el reencuentro con la madre y su tío en la humilde casa de campo familiar, además del primer vistazo de su futura esposa, Charlotte (Haley Bennett), una mesera de buen corazón, esperanzada en lo que pueda traer el futuro. Es en ese mismo bar, en ese mismo momento, cuando una compañera de Charlotte, Sandy (Riley Keough), conoce a su media naranja Carl (Jason Clarke), primer escalón en una carrera demencial de asesinatos en serie en las rutas y caminos polvorientos del Medio Oeste de los Estados Unidos. La obsesión religiosa de Willard –y la de otro personaje central en la trama, el predicador interpretado por Harry Melling– parece la antítesis de la total falta de humanidad de Carl, pero, tal vez, en el fondo sólo sean las dos caras de una moneda. Dos caminos que terminan recorriendo la misma y retorcida moral.


En una de las escasas entrevistas con Antonio Campos publicadas estos últimos días, el realizador –y coguionista del film junto a su hermano Pablo– declaró que se enamoró del libro cuando lo recibió hace cinco años como un regalo. “Uno va pasando las páginas sin poder detenerse. Me encanta su cualidad literaria, pero también los fuertes elementos de género. Lo que más me atraía era la estructura bíblica de su narración: hay algo muy elemental y parabólico en las historias. Fue un libro muy duro de adaptar, en parte porque hay tanto en esas páginas que nos encanta. Soy un gran fan del gótico sureño y el noir y esta novela es un matrimonio perfecto entre ambas cosas. A veces uno adapta una obra y piensa que allí hay una semilla de una buena idea para una película, y tira todo para comenzar desde cero. En este caso fue lo opuesto: amábamos todo lo que estaba escrito."

El diablo a todas horas transcurre en pequeños pueblos de Ohio y Virginia Occidental, pero fue rodada en gran medida en Alabama, un estado que, según Campos, no ha sido utilizado como locación cinematográfica en muchas ocasiones. En esa misma entrevista en conjunto, la actriz Eliza Scanlen, responsable de encarnar el relevante papel de la adolescente Lenora, declaró que “la película trata sobre las diferentes maneras mediante las cuales la gente lidia con su fe, cómo la definen para sí mismos y como eso los lleva a hacer las cosas que hacen. En el film hay descripciones muy extremas de esa lucha”.

El hijo de Willard, Arvin (Tom Holland) ha crecido y la reciente mayoría de edad, por lógica biológica y ante la ausencia del padre, lo obliga a tomar obligaciones de adulto. Entre otras la de cuidar a su hermanastra Lenora, joven huérfana adoptada por su madre que parece haber heredado las más férreas creencias religiosas de su padre, un predicador amante de los golpes de efecto teatrales durante los sermones. Si algo ha aprendido Arvin de su progenitor es a defenderse ante los ataques y cuando Lenora es objeto del bullying más despreciable no hay más remedio que tomar al toro por las astas. Los golpes arrecian y los nudillos ensangrentados retrotraen a Arvin al pasado, graficado por Campos mediante el viejo (y tal vez innecesario) recurso del micro-flashback. 

“Arvin se pasó mucho tiempo considerando aquél día como el mejor que había pasado nunca con su padre. Esa noche, después de la cena, siguió una vez más a Willard hasta el tronco de rezar”, escribe Donald Ray Pollock en el libro y recita en off en la película, destacando un imborrable recuerdo de infancia, el padre castigando físicamente a los dos vecinos que habían bromeado con la posibilidad de tener sexo con su esposa. Esa remembranza y la pistola Luger traída desde el otro lado del océano, único tótem legado por ese hombre que, a pesar de pertenecer al pasado, comienza a estar más presente que nunca. Pero quizás el enemigo más importante no esté, en principio, tan a la vista. La llegada a la parroquia de un nuevo sacerdote, un joven apuesto y creído de sí mismo llamado Preston (Robert Pattinson), será el disparador del tercer y definitivo acto narrativo, el gatillo que hace saltar por los aires la tapa a presión, el catalizador indirecto de un encuentro que vuelve a cruzar las líneas dispuestas sobre el mapa veinte años atrás, en ese tranquilo bar de un pequeño pueblo de tránsito. El espacio del “tronco de rezar”, ámbito de recogimiento y humildes pedidos a Dios por los seres queridos, pero también de sacrificios literales, ha sido reemplazado por la pequeña iglesia y el automóvil del joven párroco. Y la víctima ya no lo es de la leyes naturales (es decir, de Dios), sino de su emisario. Arvin no es un cordero, tampoco un joven con el temor hacia las represalias celestiales dibujado en el rostro. Los golpes recibidos en la mejilla derecha no tienen correlato en la otra. Arvin no trae la paz, sino la espada.

Los caminos de Dios y del diablo se cruzan constantemente, en las rutas de concreto y en los senderos humanos dibujados por Pollock y Campos. ¿Qué diferencia la carrera criminal de Sandy de la de su hermano, el sheriff Lee (Sebastian Stan), cuyos actos de corrupción se reflejan en el espejo como peldaños de una carrera política, medios oscuros para obtener un fin que nunca puede ser luminoso? Mientras Arvin huye luego de acometer un acto de ¿justicia, venganza, vindicación?, las encrucijadas se preparan para recibir la visita de viejos desconocidos cuyas vidas estaban destinadas a chocar de frente a máxima velocidad. El último acto de un relato de violencias que no pueden sino retroalimentarse en un infernal círculo virtuoso. 

Hijo de un periodista de origen brasileño y una productora cinematográfica de ascendencia italiana, Antonio Campos nació en Nueva York en 1983. Su actividad en los medios cinematográfico y televisivo comenzó hace poco más de tres lustros y su primer largometraje, Afterschool (2008) –una historia adolescente que marcó el debut del actor Ezra Miller– circuló por infinitos festivales de cine, incluido el Bafici, donde compitió en la sección “Cine del futuro” con The Pleasure of Being Robbed, largometraje de otro joven realizador con futuro asegurado, Josh Safdie. Luego le llegaría el turno a Christine (2016), con una impecable Rebecca Hall en el rol de la periodista Christine Chubbuck, además de sus trabajos como director de varios episodios de la serie The Sinner y el rol de productor en la película de Sean Durkin Martha Marcy May Marlene (2011). El diablo a todas horas es, a todas luces, su salto hacia producciones de mayor envergadura y prestigio, sostenido en parte por el origen literario del guión y por un reparto de figuras reconocidas por el público.

En las notas de producción distribuidas a la prensa internacional días antes del lanzamiento del film, Campos afirma que siempre quiso trabajar junto a su hermano mayor, Paulo Campos, especialista en literatura de habla inglesa, y escribe que “siempre hablamos de hacer algo en conjunto, pero nunca habíamos llegado más allá de un par de conversaciones. Una de las cosas que me tocaron del libro es lo vívidas que son las escenas. Mientras leía las imaginaba en una película y cuando comencé a meterme más en el texto iba tildando mentalmente las cosas que deseaba ver en pantalla. Pollock nos contó toda clase de historias de su lugar natal, un pueblo construido alrededor de una papelera, parecido al que describe el libro. El título deriva de una línea en la novela que dice ‘hasta donde podía recordar, parecía que su padre había luchado contra el diablo a todas horas’. Eso habla a las claras de esa lucha contra el mal y la violencia que rodea a los personajes y crece dentro de ellos, mientras el interludio entre la Segunda Guerra y la Guerra de Vietnam le trae poca paz al tapiz de personajes de Pollock. Es una historia generacional sobre un hijo que debe aceptar lo que hizo su padre. En el fondo, es una historia muy íntima y cada uno de los relatos secundarios que la rodean también tienen que ver con la dinámica familiar, las cosas que hemos heredado y cómo lidiamos con ellas. Lo que atraviesa todo es la relación entre la familia y la fe”. 

Sobre el final, otra ruta. Extensa, infinita, abierta hacia el horizonte. Mientras allá lejos, nuevamente en el Oriente, se desarrolla una nueva guerra, otra sociedad posible comienza a abrirse camino en esa América, América convulsionada. ¿O acaso se trata de otro espejismo en el desierto?