Cómo sobrevivir con la escena paralizada

Rebusques tangueros en la era de la pandemia

Sin milongas ni conciertos ni clases presenciales, los trabajadores del tango se encontraron ante una opción de hierro... y pusieron en acto una creatividad que incluso va más allá de lo artístico.
Bruno Tombari y Rocío Lequio, de la milonga La Mandrilera.Bruno Tombari y Rocío Lequio, de la milonga La Mandrilera.Bruno Tombari y Rocío Lequio, de la milonga La Mandrilera.Bruno Tombari y Rocío Lequio, de la milonga La Mandrilera.Bruno Tombari y Rocío Lequio, de la milonga La Mandrilera.
Bruno Tombari y Rocío Lequio, de la milonga La Mandrilera. 

El refranero popular asegura que la necesidad tiene cara de hereje. Que es un modo de decir que ante la adversidad se agudiza el ingenio o se recurren a métodos impensables en otros momentos. El tango sabe bastante de eso. Y en la actual pandemia –con su consiguiente cuarentena-, muchos artistas y productores vinculados al género tuvieron que rebuscárselas para seguir activos. Y aunque la “reinvención” no puede alcanzar a todos (difícilmente un bailarín o un sesionista que jamás dieron clases vayan a conseguir alumnos suficientes de la noche a la mañana) y se multiplican las ayudas alimentarias en el sector (el colectivo Trabajadores del Tango Danza reparte regularmente cantidad de bolsones de comida), otros echaron mano a conocimientos previos o se inventaron un “kioskito” para atravesar el vendaval. 

Además de las clases online y la previsible proliferación de artesanías, viandas, cosmética naturista o ropa especializada para milongueras (incluso de una ex subcampeona del mundo), hay algunas reconversiones llamativas. Página/12 pudo hablar con un bailarín que (ahora) reparte plantas, una violinista que pasó a dar serenatas virtuales en todo el mundo, y una productora audiovisual que devino asesora de puesta en escena para quienes sí pueden dar una clase de tango online.

“Nosotros arrancamos con las clases online en abril porque sentimos que a los alumnos más fieles los estábamos dejando de garpe”, cuenta Bruno Tombari. Junto a su pareja Rocío Lequio son frecuentes viajeros por festivales de todo el mundo y mantienen en Buenos Aires La Mandrilera, la milonga del Teatro El Mandril, junto a otros colegas y amigos. Pero siempre vuelven a su grupo de alumnos regulares. “Lo positivo de esto es que hoy las clases se volvieron más federales, en una misma clase tenés gente de Mendoza, Buenos Aires ciudad y provincia, de Misiones y Córdoba”, plantea su compañera. “Pero es un poco rara la sensación siendo que nuestra profesión nos demanda el contacto, el acercamiento y todo lo que es socializar”.

El universo de las clases online suma una dificultad extra con el tango, pues es una danza de abrazos y hay cosas que se explican más con el cuerpo que con las palabras o la imitación. Pero Lequio, Tombari y tantos otros lentamente van encontrándole la vuelta, o “el yeite”. “Es desafiante estar todo el tiempo buscándole la vuelta para hacer ejercicios originales”, señala Tombari. La mayoría de sus alumnos viven solos –ellos aún no abrieron las clases para parejas, aunque lo harán en breve- y así los ejercicios se limitan a la técnica. “Por suerte ya parte de nuestras clases de antes eran ejercicios individuales, porque realmente creemos que esta danza es una unión independiente”, plantea.

Héctor Villar, ideólogo del sitio web Hoy Milonga, da cuenta de esta reconversión. Su sitio comenzó como una guía por las milongas porteñas y estaba ampliando su universo a shows, conciertos, boutiques y otros rubros relacionados al tango cuando apareció el coronavirus. Junto a su equipo tuvo que reformular el sitio –que está en seis idiomas, además-. Uno de los primeros pasos, cuenta, fue devenir en guía de profesores online. Ya lista más de cincuenta. De todos hay una pequeña biografía, foto, un video de presentación y su contacto. La mayoría enseña “tango social” (es decir, el que luego se aplica en las milongas), pero también figuran algunas especialidades, como yoga o estiramiento para bailarines.

“En marzo vino la pandemia y cerró todo: absolutamente todo”, lamenta Villar. “La guía había perdido todo uso, si no vas a bailar, no hay orquestas in nada, sólo servía para comprar zapatos, entonces hicimos cosas: agregamos una parte literaria con algún cuento o libro de tango, retransmitimos entrevistas interesantes, como las que hace Marina Combis, y abrimos una sección con los maestros que dan clases online”. A esta última sección dedican actualmente la mayoría de sus energías. “Le damos mucha manija para que la gente descubra que así como puede hacer yoga o manualidades online, también puede hacer tango”, propone. “Este es el momento para probar, ni tenés que moverte de tu casa”. Razón no le falta: a muchos alumnos les cuesta romper la inercia del pudor y poner su cuerpo ante extraños y el aislamiento social preventivo y obligatorio actúa como “protección” ante esas miradas ajenas. “Además muchos maestros son estrellas y están viajando todo el año dando clases por el mundo, así que sería imposible tomar clases presenciales porque no están en Buenos Aires, pero ahora están en sus casas dando clases online”.

“Más allá de que no puedas hacer la clase presencial, cambiar de parejas, la modalidad online es gratificante igual porque no perdés el contacto con el baile, con la música y con los otros”, celebra Villar, quien observa que quienes se engancharon en la rutina online no la dejan por nada del mundo. Esto, cuenta, también se replica fronteras afuera. “Hay muchos extranjeros que tuvieron que meterse en sus casas y descubrieron que las clases online son muy provechosas, antes esperaban venir a Buenos Aires para tomar la clase con su maestro preferido, ahora creo que ese trabajo va a continuar todo el año”.

Yael Szmulewicz aprovechó el parate de la cuarentena para ponerse al día con el trabajo atrasado. Pero pronto saldó las entregas pendientes y los proyectos propios postergados y se encontró con que su otra salida laboral (la producción audiovisual, donde también es continuista) no volvería pronto. “¿Qué hago? Me puse a dar clases, armé equipos y ofrecí cursos para asistente de diriección, para continuistas, de edición”, cuenta. Pero lo menos esperado llegó del mundillo del tango, que recorre con frecuencia (además de milonguera, también hizo documentales, como Amar amando). Así se puso a asesorar bailarines que, obligados por las circunstancias, tenían que preparar sus casas para poder transmitir online. Dio un curso para los afiliados al TTD y también para bailarines particulares. Y además, se sumó como productora a la serie de conciertos que, siguiendo con la normativa que permite el streaming, surgieron desde el Espacio Cultural Oliverio Girondo, de Villa Crespo. 

“Los seminarios fueron tips sobre cómo hacer las cosas un poco mejor cuando lo tenemos que hacer desde casa, dentro de las posibilidades y con poco dinero”, explica. A Yael la tironea la necesidad de los bailarines, que quizás no tienen dinero para pagar por una edición de video, por ejemplo, y la lealtad hacia sus colegas. “Tampoco puedo regalar el trabajo, por mis compañeros, entonces si no tenés plata para editar, sí te puedo enseñar cómo hacerlo”. Así también creó un seminario de videodanza. “Muchos bailarines están sufriendo mucho esta situación, se frustran porque quieren hacer cosas que no pueden, y mi función es explicarles que hay que apuntar a lo que sí se puede hacer: buscar la mejor hora del día si hay luz natural, hacerse las luces si no tenemos”.

Lucía Inagaki Apra, Nicolás Ponce y el emprendimiento Flores Negras.

Nicolás Ponce fue de los que perdió sus ingresos tangueros como DJ y profesor, que complementaran su trabajo de oficina –que mantiene-. Al comienzo de la pandemia, dedicó el inesperado tiempo libre a practicar con su bandoneón. “Me pasó que hace tiempo venía pensando en algún emprendimiento que no tuviera que ver con el tango y siempre tuve muchas plantas”, cuenta. Ahora su cuenta de Instagram rebosa de selfies con macetas y un nuevo emprendimiento: “Flores negras”, aludiendo al famoso tango de Francisco de Caro. “Pensé que alguna gente quizás estaba como yo, con un sueldo, pero sin salir a comer o tomar nada y que quería poner una plantita en algún rincón”. El resultado, cuenta, fue sorprendentemente bueno: tras la inversión inicial no tuvieron que poner más plata. “Se mueve cada semana mejor”, agrega y confiesa que junto a su pareja están pensando en continuarlo cuando la cuarentena termine, aunque aún no saben cómo harían para sostenerlo todo cuando termine el teletrabajo y reabran las milongas. “Nos vamos a adaptar, pero no sé cómo”.

Noelia Saldaña es mexicana. Emigró a la Argentina para audicionar en la Orquesta Escuela Emilio Balcarce. Pero al llegar descubrió que la OEEB tiene ciclos de dos años y no podría ingresar sino hasta un año más tarde. Probó suerte en la Orquesta Escuela de Tango Nuevo y consiguió vacante. “Fue empezar de cero, contactos, entrar en el circuito musical y tocar donde saliera, en el subte, luego eventos, siempre freelance”, recuerda sus primeros meses. “Con la pandemia todo evento programado se canceló y alumnos, nada”. Hasta que una noche despertó en medio de la noche con una idea: dar serenatas online. Algo muy en la tradición de la música popular de su país, donde por ejemplo la contrataban “para pedidas de mano” y cenas románticas. “Allí no hay fiesta sin música en vivo, sean rancheras, mariachis o banda, aunque yo estoy más cerca de lo clásico”, cuenta sobre sus pagos.

“Normalmente si voy a un evento, a veces me piden canciones que a la gente les gusta, entonces estoy super acostumbrada a que me pidan la música; esto es igual, pero virtual, porque lo que propongo es que sea personalizado, incluir fotos o algún mensaje que quieran dar, cada interpretación es para una persona, no es para cualquiera”, explica. La mayoría de sus clientes hoy están en Estados Unidos, Canadá y Europa, aunque aparecen unos cuantos en América Latina. “Por suerte internet está en todos lados, es sólo enviar el video”.

La forma del futuro

“Este contexto vino para quedarse”, plantea Lequio. Las clases online, evalúa, no serán una cuestión pasajera. “El desafío será amoldarnos e integrar  lo presencial”, considera. “No es algo que sólo para las oficinas y empresas, sino también para quienes hacemos arte”. Su compañero Tombari rescata también la posibilidad de mantener grupos de alumnos activos cuando les toque volver a las giras.

Nadie se anima a certificar cómo será el regreso a las pistas. Desde la Asociación de Organizadores de Milongas barajan alternativas, pero aún deben sentarse a discutirlo con el Ministerio de Cultura de la Ciudad, que dirige Enrique Avogadro.

 

“A nosotros, por cómo vivimos el tango, se nos haría imposible imaginar una milonga con barbijo y sin cambiar de partenaire, pero el resto del mundo está yendo en ese sentido”, observa Villar, de Hoy Milonga. Ponce, en cambio, lo tira inmediatamente como primera alternativa. Es el modelo “alemán” de regreso a las pistas (aunque en rigor, sucedió primero en algunos festivales de Europa del Este). En Berlín, cuenta Villar, arrancaron primero las clases con inscripción previa, distanciamiento social, sin cambio de parejas y, claro, con cantidades ingentes de alcohol en gel en cada mesa. “Es cierto que para el que baila, la milonga es algo muy, muy fuerte, entonces si aparece la posibilidad de ir, aunque sea con limitaciones...” Villar deja en el aire la frase pero se intuye la añoranza (y “manija”) que sienten muchos milongueros, acostumbrados a abrazar extraños y no tanto en tandas de 10 u 11 minutos. Ponce también imagina unos primeros recitales al aire libre y con poca gente. Y milongas con cupo limitado y sin intercambio. “No es lo ideal ni la esencia del tango, pero para eso va a faltar bastante. Veo posibilidades intermedias: cosas que nunca imaginamos”. 

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