Marea y viento    7 puntos

Argentina, 2020.

Dirección y guion: Ulises de la Orden.

Edición: Luciano Sosa.

Duración: 70 minutos.

Estreno este jueves y sábado a las 20 en Cine.ar TV, y desde el viernes en Cine.ar Play

Reconocido en el circuito independiente desde que su ópera prima, Río arriba (2006), permaneció un año y medio en la sala del Malba de manera ininterrumpida, Ulises de la Orden adquirió en el último lustro un ritmo de producción que más de un director fogueado envidiaría, con la nada despreciable cantidad de seis películas desde 2015, cuatro de ellas estrenadas entre 2019 y lo que va de 2020. La anteúltima, Vilca, la magia del silencio, llegó a las pantallas de Cine.ar un par de semanas atrás; la última, Marea y viento, podrá verse desde este jueves. Son dos documentales radicalmente opuestos es sus formas, aunque hermanados en la voluntad de pensar la convivencia del ser humano y su entorno natural. O, mejor dicho, en pensar al ser humano como parte indivisible de su entorno. Así, si en los pliegues temáticos del recorrido por la obra del músico jujeño Ricardo Vilca aparecían los ritmos andinos y la naturaleza como principales influencias, Marea y viento muestra los engranajes que hacen funcionar una escuela del Delta que debe adaptarse a las imposiciones del contexto geográfico.

En ese lugar, donde la rutina se mueve al ritmo de las crecidas o bajadas del Río Carapachay, se ubica Los Biguaes, una escuela catalogada como “experimental” ya que en su ADN está la concepción de los ámbitos educativos tradicionales como depósitos de pibes. Aquí no hay padres que dejan a sus hijos para que se sienten en un pupitre a escuchar durante horas a un maestro o maestra que intenta imponer conocimiento desde una tarima. Como definió la periodista Julieta Zamorano, Los Biguaes “no es una escuela carenciada, ni privada, ni pública: es una escuela abierta y gratuita, una escuela posible”. Se trata de un complejo donde conviven decenas de alumnos y alumnas de todas las edades que llegan diariamente en lancha. Los padres, lejos de irse, ocupan un rol preponderante encargándose de timonear los destinos de la panadería que produce panes cuyas ventas permiten la autonomía económica. Una escuela para chicos. Y también para padres.

Las clases transcurren íntegramente en espacios comunes, con los alumnos divididos por edades. Los más pequeños pasan un buen rato sentados en ronda completando un rompecabezas de Latinoamérica en el que cada pieza representa un país, todo bajo la atenta mirada de un maestro que, ante la imposibilidad del grupo de ubicar la Guayana Francesa​, da algunas pistas. Uno acierta el nombre de la pieza y el lugar que ocupa en el subcontinente, dibujando en su rostro una sonrisa genuina. Los más grandes practican comunicaciones en código Morse con errores que, en lugar de retos, generan risas cómplices. Aprender haciendo y divirtiéndose: esa parece ser la consigna central de esta institución. Y filmar algo a priori inaprensible como un proceso de aprendizaje, el norte de Ulises de la Orden.

Claro que el aprendizaje en Marea y viento no es solo pedagógico, al menos para esos padres que durante largas reuniones discuten cuáles son los pasos a seguir y de qué manera amalgamar las obligaciones laborales (“No todos podemos venir todos los días”, dice una madre, visiblemente ofendida) con las responsabilidades comunitarias: así como los chicos dedican su atención a recordar qué países integran la región, ellos esbozan los pilares de una estructura de vida comunitaria. El director navega las aguas de la pedagogía y la autogestión con la misma parsimonia con que los botes recorren el cauce del río. Como si fuera un camaleón, la cámara se camufla entre los chicos y adultos sentándose a la par de ellos mientras transcurre la acción, siempre atenta para captar el detalle mínimo. Esa sutileza choca con un par de escenas musicalizadas que rompen el naturalismo de un relato cuyo tema no es otro que el placer del conocimiento.