La historia de amor entre Tadeo y Ricky en la serie televisiva Verano del ’98, resulta inolvidable para una generación de marikas que, siendo adolescentes, jamás habíamos recibido tamaño guiño desde los televisores. Hasta entonces, no se había escrito en las novelas juveniles del prime time ningún libreto que acreditara algún romance entre dos adolescentes homosexuales. Gustavo Marra, el productor de aquella tira de Telefé, depositó en el personaje de Tadeo una catarata de escenas diseñadas en formato efectista. En ellas, un joven lugareño traicionaba a la heterosexualidad y a la idiosincrasia de Costa Esperanza, un pueblo con ríos y barcos, el hábitat televisivo del verano eterno que resistió a los últimos resabios de los noventa.

El actor que interpretó a Tadeo fue Santiago Pedrero. Tenía 19 años y estaba formándose en la Escuela de Teatro de Buenos Aires con Raúl Serrano cuando lo convocaron desde el canal. Por las grabaciones pausó su carrera de Letras en Puán y se dispuso a defender a su personaje adentro y afuera del set. Ponerle rostro y cuerpo en la televisión de aire a un varón gay no fue gratuito. La homofobia, históricamente impune y violenta, ni siquiera registraba la ficción, así que Santiago se recluyó en su intimidad porque ir a una fiesta le resultaba impensado.

Pero el teatro lo salvó. En el año 2000 conoció a Roberto Villanueva y entonces empezó a ensayar El secreto de la luna, en el Teatro Cervantes. No sería ésta la única obra en la que trabajara con quien luego se convertiría en su maestro. De hecho, fueron cinco. Dirá Santiago que Roberto Villanueva le revolucionó la cabeza, que le permitió interpretar un nuevo mundo, que para él fue un proceso fundacional. Pasó de la supervivencia ante la masividad de un programa televisivo a refugiarse en el ala y el vuelo teatral del director.

Estaban haciendo Amanda y Eduardo, en el San Martín, cuando conoció a Ezequiel Acuña. A partir de la película Nadar solo (2003) empezaron una historia filmográfica de 20 años. Después vinieron: Como un avión estrellado (2005), Excursiones (2009) y La vida de alguien (2014). Ahora, acaban de estrenar La Migración, el último film de Acuña, rodado íntegramente en Perú, que viene a subrayar su estilo: un cine de la amistad.

AMISTADES PARTICULARES

Por tercera vez, Pedrero interpreta a Guillermo Lucena. Ya lo había hecho en Nadar solo, cuando el personaje tenía 17 años y navegaba en un ecosistema atravesado por el desaliento, la insatisfacción y la incertidumbre. En La vida de alguien, Guillermo crece pero le falta su mejor amigo y aliado musical en la banda que habían conformado. Entonces, Guillermo intenta resignificar la amistad ante una ausencia física, transitar un duelo sin regodearse en la melancolía.

Hay toda una generación que añora con nostalgia confusa las últimas secuelas de los noventa. Las películas de Ezequiel Acuña, se sabe, tensionan ese costado. Varones que se apasionan por algo, que reinventan formas inocentes de afectarse analógicamente, que sobreviven en la juventud del uno a uno. Quizás en esas formas sensibles de la narración coinciden Pedrero y Acuña. Quizás por eso, también, se las rebuscan para trascender incluso a los tiempos de sus agendas. Para filmar esta última película, Santiago vivió en dos países simultáneamente: de domingos a miércoles ensayaba la obra 5 SM (Shakespeare Material) en el Cervantes; y de miércoles a domingos era Guillermo Lucena en Lima.

Se percibe una señal en el aire de La Migración que parece indicar una despedida, un remate en el tiempo para esta relación. De hecho, Santiago Pedrero está tomando clases de dramaturgia con Alejandro Taltanian y está abocado en montar la obra que terminó de escribir durante la cuarentena. ¿De qué se trata? Quizás, de la amistad.

Fueron cinco películas de Ezequiel Acuña, en 20 años, ¿cómo te llevás con su cine?

A Ezequiel lo quiero muchísimo. Todo el trabajo hecho con Ezequiel para mí es el trabajo en cine con el que más me comprometí, y con el que más me comprometería. Ezequiel desde que tiene 24 años está llevando adelante empresas porque él a las películas las hace de una manera súper artesanal. Él es el productor, él es todo en la película. Es el corazón de su cine. Y es un cine sin concesiones de nada. No está hecho con ningún cálculo comercial, ni festivalero. Totalmente genuino. Ezequiel es alguien a quien respeto y admiro mucho. Me siento muy parte de sus películas, las quiero como si fueran mías un poco... Y también en ellas me veo crecer, envejecer. Para mí, él es una especie de hermano mayor.

Interpretaste al personaje de Guillermo Lucena en tres películas: en Nadar solo, La vida de alguien y ahora, en La Migración. ¿Cuánto de Santiago hay en este personaje?

A partir de hacer cinco películas creo empieza a haber algo, mas allá de la amistad, entre la relación de autor-director y un actor en donde él debía escribir mirándome. Mirando mis posibilidades, mis cualidades, las impresiones de las cosas que a él le parecía que yo podía hacer mejor. Me parece que había algo de eso. Y de encontrar como un alter ego en mí de él. Tiene mucho de mí el personaje. Y aparte, para mí, las películas con Ezequiel son una sola, las cinco son como gran bloque, todo un trabajo, Hay aspectos de auto referencia a cosas que ya hicimos nosotros y que ahora a mí me sirven a la hora de trabajar con él y de construir este personaje. Hay como un imaginario de cosas muy grandes que yo puedo utilizar, y que tienen que ver con lo que buscamos en la película, con las teclas que se necesitan activar desde la actuación, o desde la construcción del personaje. Es como un personaje construido a partir de 20 años, de alguna manera. Son 20 años de haber trabajado, de haber llegado a esta conclusión.

En La migración, Acuña refuerza su estilo de tejer vínculos entre varones, de narrar sutilmente lo pasional. Creo que se pueden también interpretar sesgos de “homosociabilidad”.

Totalmente. Y es una búsqueda de él mismo, de alguna manera. Va a buscar al amigo, pero encuentra otra cosa. Su lugar, una fuerza. Pero sí siempre está en el cine de Ezequiel el amigo ausente. Y la amistad entre hombres. Me parece que hay como un amor, un enamoramiento de los amigos.

Justamente la música en las dos últimas películas de Acuña opera como un componente cinematográfico clave en muchos aspectos…

Sí, La vida de alguien podría ser un musical. Les falta bailar juntos al personaje mío y al de Ailín. Les faltaba hacer una coreografía, es una película que tiene 32 canciones. La música es muy importante para Ezequiel dentro de su cine. Incluso las letras de las canciones funcionan como una especie de narración también de la película. Tienen como una potencia dramática. Como que los personajes hablan a través de eso. O habla él.

Y para vos, ¿La Migración es el cierre de algo?

Siento que se terminó el círculo, es el fin de algo. Pero también puede ser el comienzo de otra cosa... La Migración es el cierre de todo un trabajo. Nadie sabe qué puede pasar, pero no creo que haya otra película sobre Guillermo Lucena. Yo por mi parte quiero dirigir teatro, me voy a dedicar un poco a eso. Estoy pensando en viajar. Sí, parecería ser un cierre...

Complejo cerrar etapas en estas épocas…

Vamos a estrenar una película; hay una pandemia mundial que hace que no haya más estrenos en cines. La estrenamos en una plataforma virtual; nuevas restricciones monetarias en la Argentina. Eso se llama: visión de negocios. "Veinte años de errores". No podía ser casi de otra manera.

Más información sobre el estreno digital de La migración de Ezequiel Acuña en Instagram: @peliculalamigracion