Hay gente que tiene suerte

EL CUENTO POR SU AUTOR

Lecturas, canciones, sueños, noticias, anécdotas de oídas, recuerdos, viajes, visitas, confesiones, escenarios por los que se pasó alguna vez o que nos mostraron películas y pinturas. Fractales ajenos que se van fijando en nuestra propia memoria, que de repente erupcionan por un mismo y único poro de la conciencia. ¿De qué está hecho lo que se escribe, en cuántas direcciones se mueve, cómo se condensa en una historia? Es un misterio.

No ocurre algo muy distinto con la percepción que tenemos de los demás, del modo en que viven y sobreviven. Nos movemos en infinitos universos paralelos que vamos desperdigando a nuestro alrededor a cada segundo y que en este cuento intenté de algún modo visitar. Lo hice con disparadores de física básica, escolar —todo surgió tras leer que el sonido viaja más rápido en el agua que en el aire, preguntas sobre los viajes en el tiempo y la materia que no pude responderme—.

Otra vez en el malentendido, la confusión y el error. ¿Se escribe para dar explicaciones, siquiera para buscarlas? ¿Se escribe para aclarar las cosas o para oscurecerlas? ¿Para hacer foco o para perderlo? ¿Cuántos universos agregan los libros a los que ya teníamos corriendo, de arriba para abajo, de abajo para arriba, por aire, por tierra y por mar? ¿Cuál de todos es el real, en cuál de todos estamos ahora?

“¡Ah, Paolo, desdeñas la sustancia por la sombra!”, amonestan a Ucello, el que pintaba pájaros por toda la casa porque no tenía suficiente dinero para alimentar animales y aun así los quería cerca, el que los inventaba porque no había visto casi ninguno. Pero a Matisse le reclamaron haber pintado una línea verde cruzando la cara de su propia esposa, y cada noche la besaba en la nariz.

“¡Esta no es Amélie, esta es una pintura de Amélie!”, respondió.

En una foto de Cartier-Bresson, Matisse está en su atelier, rodeado de jaulas. Sostiene una paloma blanca como quien sostiene un ramo de flores.  


HAY GENTE QUE TIENE SUERTE

Por fin había llegado a casa. Le dolía la cabeza desde temprano, un dolor envolvente que lo tenía un poco atontado. Colgó de memoria el saco en la primera silla desde la entrada, la silla que nunca usaba porque prefería no quedar de espaldas a cosas que pudieran abrirse. Al prender la luz notó que estaba cortada. Por la ventana que daba al pulmón de manzana se metían unos pocos reflejos violetas a los que les llevaba apenas centímetros fundirse con la oscuridad. Buscó la palanca de la caja central y vino el arranque de la heladera. En el universo paralelo de su molestia, el sonido era más rápido que la luz. Sólo al girar sobre sus pasos notó el charco del deshielo que se estiraba hasta la puerta del comedor.

Sus jaquecas de infancia habían regresado sin previo aviso hacía unos meses, pero ninguna tan potente como esta. Su cráneo era el fondo de una olla en la que se retorcían burbujas de caramelo negro; aparecían demasiado rápido y brillaban un segundo antes de desaparecer, como alguien que no alcanza a decir lo que tiene que decir. Así, el dolor lo había arrastrado durante todo el día. De vuelta del trabajo, en el ascensor, había tenido que cubrirse de la luz blanca e intermitente que nadie se decidía a arreglar y que a veces lo abandonaba frente a las paredes húmedas y vergonzosas de los entrepisos.

Ahora abría la heladera tibia con su luz pareja. Levantó un durazno y le tomó la temperatura. Descartó los lácteos. Había salido muy temprano, ¿cuántas horas habían pasado así, perdiendo frío? Del freezer sacó carne que empezaba a descongelarse. Una savia roja se escurría de la bolsa y le pegoteaba los dedos. Dejó todo sobre la mesada, bolsa incluida.

Estaba harto. Ni siquiera tenía hambre.

Necesitaba una ducha, se dijo.

Caminó hasta el baño. Muy despacio, encandilado. Giró la canilla de un solo movimiento y vino el rugido del calefón desde la otra punta del departamento. Mientras el vapor empezaba a subir, se desvistió. Descalzo, escuchó cómo rebotaba el agua contra el agua, las gotitas ahuecando la superficie. El pelo de su ex todavía tapaba los desagües: otra cosa que no había tenido tiempo de resolver esta semana. La cabeza le dolía demasiado como para ponerse furioso, incluso consigo mismo. En vez de eso, se puso a mirar el agua cayendo al fondo lácteo de cerámica y decidió darse un baño de inmersión. Problemas de la infancia, soluciones de la infancia. Hacía siglos que no se daba uno.

Buscó el tapón, giró más aún la llave. El agua bajaba con fuerza, una sola columna invertebrada y cristalina. Algo de la secuencia empezaba a serenarlo.

Esperó a que se llenara la bañadera en el espejo, buscando al dolor en su cara mientras se masajeaba las mandíbulas. Rastrilló la boca, la nariz, las primeras arrugas. Desde el fondo de su mochila sonó el teléfono. En vez de responder, pasó minutos enteros en los filamentos verdes y amarillos que se organizaban alrededor de sus pupilas. El teléfono volvió a sonar mientras probaba el agua con el pie derecho. Cerró la puerta del baño, cerró la canilla y apareció el silencio hueco y metalizado que viene después del ruido.

Lo hizo todo con extrema lentitud. El agua estaba demasiado caliente, pero a esa altura iba a ser más caro salir que quedarse ahí, alcanzándola con el cuerpo. Las piernas ya no le cabían y se vio obligado a quebrarlas un poco por las rodillas cuando hundió la espalda, los brazos, los hombros y, al fin, la cabeza.

Con la nariz tapada y los ojos cerrados, sintió la presión apoyándose en sus hombros y en su cuello. Poco a poco se ablandó. Hundió la cara. En los párpados, un telón naranja sobre el que centellean delgadísimas hebras plateadas. Levantó sus pies humeantes y los volvió a hundir rápido. Tomó aire y volvió a sumergirse. De repente se sentía como un chico. Poco a poco, el agua se espesó con el shampoo. La mente se le iba, lacia, desparramándose a su alrededor.

Abrió los ojos, pero el jabón los quemaba y volvió a cerrarlos. Ya no sentía las punzadas. En sus oídos, de repente, aparecieron tres golpes anchos y acompasados. Era su propio corazón, la velocidad con que bombeaba. Por algún motivo, eso lo asustó. Intentó bajar los latidos administrando la respiración: sacó sólo la nariz y la boca afuera del agua, hizo entrar aire frío, después lo expulsó en el doble de tiempo. Alguien se lo había enseñado, aunque no recordaba quién. Su estómago subía y bajaba y él ya no era un chico, era un pez globo.

Los latidos bajaron.

Quedó, al fin, muy tranquilo, pero mientras comenzaba a disfrutar oyó unas voces. Retumbaban alrededor de su cuerpo y se infiltraban en sus oídos.

Había dos que hablaban, aunque no entendía lo que se decían. Las palabras tomaban recorridos sinuosos, como si les costara mucho trabajo abrirse paso hasta sus oídos. Calculó que eran las vecinas de abajo, que el agua conectaba y subía lo que se decían.

Las había visto muchas veces conversando en la vereda, dos arpías huesudas que se habían puesto de acuerdo en excluirlo de las reuniones de consorcio. Él era el único inquilino de todo el edificio. Cruzaba el hall como una mosca, respondiendo a unos buenos días lacónicos con unos buenos días triunfales. En venganza, le pasaban los avisos en sobre cerrado con la leyenda “para el propietario” en letra manuscrita. Y era la letra de su vecina de abajo.

Comenzó a afinar el oído. Conforme el agua perdía temperatura, las voces iban ganando volumen. Recordó los veranos en la pileta del club, pasándose mensajes con su primo. Las cortinas de agua revuelta frente sus caras jóvenes, la piel tirante de cloro al sol. Abajo un mueble rechinó. Alguien se levantaba de su silla, alguien volvía a su hogar.

Las viejas vivían frente a frente y se visitaban a diario. El encargado, que lo sabía todo y lo contaba todo, le había hablado de ellas más de una vez. Decía que eran novias y después se reía. Novias viejas, insistía, y se reía otra vez mientras frotaba sus dedos índices. Él, en cambio, no se reía. Y lo detestaba. Detestaba su olor, su conversación, la confianza que le imponía cada vez que tenía oportunidad. Pero al menos no tenía que hablar con nadie más: en su piso no había vecinos. Los alquileres eran tan caros desde hacía un tiempo que el edificio estaba prácticamente vacío.

Hundió sus pies en el agua otra vez y sus rodillas subieron como islas. Las voces iban ganando definición y encajaban, una cámara buscando foco. Una de ellas lloraba y la otra parecía estar consolándola. Por momentos, en cambio, la castigaba, provocando nuevas cataratas de pena. Después las voces se desmenuzaron en el agua y las perdió por completo. Afuera, el teléfono insistió por tercera vez.

El agua se había enfriado. Era hora de salir.

La cabeza ya no le dolía cuando al día siguiente se levantó para ir a trabajar, pero se había quedado dormido sin limpiar la cocina y el olor a podrido flotaba en todo el departamento. Metió lo que encontró en una bolsa de consorcio y vació también la heladera. Llegaba tarde, pero alcanzó a pasar un trapo por la mancha del piso. Cerró la bolsa, bajó apurado y se prometió limpiar a fondo a su regreso.

En el subte sintió una especie de angustia nueva. El pecho se le hundía y le faltaba el aire, un pez globo desinflándose en el centro del océano. Se abrió paso entre la gente y bajó dos estaciones antes. En la diagonal, el ruido de los colectivos y los bocinazos lo ensordeció, pero era tanto que comenzó a compactarse y a operar como fondo parejo. Las voces del día anterior reaparecieron en su cabeza. Por un instante le pareció que no provenían del recuerdo, que las estaba escuchando ahí mismo.

No puede ser, se dijo, apartando aquellos pensamientos de sí como si fuesen un insecto.

Pasó todo el día en su escritorio, ausente. Se apretó las sienes mirando un punto fijo, obsesionado con encontrar alguna palabra entera en todo el cassette que se repetía en su cabeza, que se había convertido en la caja negra de una discusión ajena. Su jefe le llamó la atención varias veces, muchas veces. Creyó que la angustia que le subía era la que le había escuchado a la voz más grave de las dos, la voz más suave, la que sollozaba. El sufrimiento de esa mujer a la que hasta ahora había despreciado se había colado en él como una burbuja de aire en el agua.

Cuando volvió al edificio, el portero intentó saludarlo pero él lo esquivó como ya había aprendido a hacer, el teléfono en la oreja derecha y una media sonrisa artificial, dando la impresión de andar apurado. Estaba mejorando su técnica: era la cuarta o quinta vez al hilo que lograba evitarlo.

Pensó en limpiar la cocina, pero no se sentía bien. El mal olor flotaba entre sus muebles, invisible, y había quedado un resabio en las baldosas que convenía refregar cuanto antes. Agotado, tiró sus cosas y en vez de eso se fue directo al baño.

Abrió la canilla. Dejó caer los grandes borbotones de agua en la bañadera. Esperó. Sonrió y soltó la sonrisa. La chica de recursos humanos le había explicado una vez que el estímulo era tan benéfico como si sonriera de verdad. Después le había dicho que ya no le iban a disculpar más llegadas tarde, más ausencias sin justificativo. Sin demoras, se hundió y se lavó el pelo. Necesitaba relajarse, sólo eso, se convenció.

Se enjuagó la cabeza. Sus movimientos eran más suaves ahí abajo; la gravedad se vencía, la tensión se vencía. Después se quedó quieto, cerró la canilla. El silencio quedó rebotando sobre su cuerpo. Los latidos reaparecieron, puntuales, y entendió que algún mecanismo privado lo protegía de escucharlos todo el día.

Al rato, entre un gong y otro, muy a su pesar, volvieron las voces.

Una mujer y otra mujer, dos mujeres. Y sí, eran sus vecinas. Eran las mismas voces que escuchaba riendo de camino a la terraza a colgar la ropa, dos castañuelas de felicidades secretas que se agrietaban en presencia de terceros. Uno de los timbres nunca conseguía definición, pero por el tono era claro que estaba en posición de resistirse a los pedidos que recibía. A la defensiva, daba respuestas largas que ondulaban en el agua estancada donde él yacía.

Levantó la cabeza, se miró los dedos de las manos. Estaban arrugados. Había pasado mucho tiempo y no había conseguido entender ninguna palabra. Poco más que timbres, intenciones. La voz más grave repitió su llanto: ingresaba en largos anegamientos de los que no se podía extraer un solo sentido. Sus latidos lo interrumpían, esta vez, con más fuerza, pero notó que, igual que el día anterior, igual que todo este día en su recuerdo, la escena había terminado con un portazo. ¿O era su corazón?

Antes de dormir limpió la mancha, aunque no toda. Ya podía imaginárselo: la marca débil que no lograba sacar iba a castigarlo cuando tuviese que devolver el departamento.

Respondió llamados, comió un poco. En sueños se vio llorando, pero de espaldas. Oyó su propia respiración entrecortada y vio cómo se ahuecaba su pecho hacia delante, los hombros hacia abajo y hacia dentro, igual que un pájaro a punto de dormirse.

Al día siguiente olvidó una reunión después del almuerzo e inventó explicaciones interminables que nadie le creyó. En el subte de regreso lo invadió otra vez aquella gran sensación de pena impropia. ¿Por qué sufría esa mujer ahí abajo, por qué una y otra vez? Al regresar, su departamento ya no hedía, pero en la heladera no había nada.

Se acostó a dormir sin cenar.

A medianoche, sin embargo, se levantó sobresaltado con la impresión de que su vecina lloraba dentro de él. Fue hasta la cocina, tomó un vaso de agua. Se lavó la cara con agua fresca. De reojo, miró la bañadera.

Ya sabía qué esperar cuando inspiró profundo y se hundió, en el silencio total de las tres de la mañana. El agua estaba blanda y tibia, como siempre, pero se sintió en un volquete de cemento cuando las escuchó de nuevo.

La secuencia era idéntica, confirmó. Por primera vez la comprendía, por primera vez lograba hacerla coincidir punto por punto: una voz que amonestaba, otra voz que recibía. Una voz que se levantaba y otra voz que en vez de reaccionar aceptaba la crueldad, la hundía muy dentro de sí como a un alfiler y la llevaba por todo su cuerpo para que contamine cuanto encontrara a su paso. Era el llanto interminable de quien ha recibido herida y no puede reaccionar, la desesperación ahuecada de los que se reservan las respuestas con tal de no quedar sin nada. Después, lo de siempre. El portazo final, el silencio turbio que ensuciaba el aire.

La cabeza le comenzó a doler otra vez, irradiaba en todas direcciones. Sin embargo, no se acostó. Se cambió y bajó por escalera hasta el departamento de su vecina. Mientras lo hacía, sintió las cadenas del ascensor activándose, la risa secreta y compartida de las mujeres muy en el fondo. ¿Eran ellas? ¿Y de qué se reían, después de todo? ¿Por qué no contaban el chiste?

Apoyó la oreja en la puerta y no oyó nada. Nadie respondió al primer golpe de nudillos ni al segundo. No se le ocurrió considerar la hora, considerar que casi no estaba vestido. Decidió volver por donde había venido y comenzó a subir despacio, escalón por escalón, sin encender las luces. A tientas, le pareció que el edificio también tenía su propio sistema circulatorio, sus compuertas intangibles. Definitivamente tenía que renunciar. Tenía que cambiar de rumbo, de carril, llevarse a otra parte. Una gota de agua bajaba por su cuello recordándole que ni siquiera se había secado bien el pelo.

A la mañana siguiente lo despertó el silbido del sobre de administración pasando bajo su puerta junto a las cuentas. Se apuró y, así como estaba, en calzoncillos, abrió.

Al otro lado del pasillo, el encargado fumaba como si no estuviera prohibido. Un taco de ceniza le colgaba del cigarrillo cuando le dio los buenos días. Devolvió el saludo pero tardó poco en preguntar lo que quería saber.

El encargado se encendió. Era su hora.

Comenzó a hablar mientras se le acercaba. El humo en ayunas le dio un poco de náuseas y sin embargo no pudo interrumpirlo, impactado como un árbol por un rayo, muy quieto en el umbral de su puerta.

“Ahora se muda ahí la sobrina”, terminó su narración el encargado, tirando la colilla al fondo ciego del ascensor con un movimiento deportivo. “Como no tenía hijos, le quedó a ella. Es la única familia que tenía. Yo igual nunca vi que la visitara… En fin —levantó los hombros—, hay gente que tiene suerte”. Después de eso sonrió y le dio la espalda, la pequeña joroba que estaba creciéndole con los años.

Lo vio hundirse en el fondo del pasillo, rodeado de departamentos vacíos. “Pero hay que ver la otra, cómo se lleva con la otra”, dijo mientras tocaba el botón, subiendo las cejas. ¿Se estaba riendo? ¿Disfrutaba de las vidas de los demás como si fueran golosinas? ¿Cómo se iba a llevar a la boca su propia vida, qué iba a tener para decir de él cuando también se fuera? “Es así, así es. Pero hay que ver, querido, nada es regalado en la vida. Porque la otra no es fácil, y andá a saber cómo se lo tomó”.


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