EL CUENTO POR SU AUTOR

Este fue un año de teorías. También fue, por la necesidad de vincularse, la angustia o la facilidad que brinda el zoom, un año de talleres literarios. Y el taller siempre induce como docente a hacer teoría. Cuando volvés a escribir no sabés qué hacer con todo eso que dijiste que estaba bien, con todo eso que dijiste que estaba mal. Te sentís como el alumno que cada semana te decía “empecé, pero me parecía una porquería y lo tiré y después seguí pero no estaba seguro de que cumpliera la consigna y lo tiré también”. No rodees tu escritura de neurosis, le decía yo y veía su carita ilusionada en el rectángulo del zoom, ahora estoy como él, me repito la frase y dudo de la eficacia de la literalidad. No seas así. No hagas lo que hacés. Que no te pase lo que te está pasando. ¿Alguna vez funcionaron esa clase de fórmulas? La ficción tampoco opera de modo literal. Según Flannery O’Connor, “no se puede crear compasión con compasión, emoción con emoción u opinión con opinión. Hay que mostrarlo en un cuerpo; crear un mundo con peso y dimensión”.

Para obligarse a escribir, Flannery se ponía un balde con agua abajo de la mesa y metía los pies. Cuando quería levantarse, era tan molesto sacar los pies, secarlos, calzarse, que terminaba quedándose frente a la máquina. Ella no fue la única que teorizó sobre modo y método. Una nube confusa, una constelación hecha de respuestas a reportajes, malas traducciones e ironías fuera de contexto pulula en mi cabeza: “Trabaja cada día. Escribe hasta que sientas que alguien te dicta al oído”, “No aceptes las modas: crea tu propia moda. No te acomodes en tus viejos éxitos”, “Una cosa es una historia larga, y otra una historia alargada”. “Creo más en las tijeras que en el lápiz”, “El verdadero talento es no usar nunca dos palabras cuando alcanza con una”, “La cantidad produce calidad. Si escribes poco, estás perdido”, “Sé sádico. Haz que a tus personajes les pasen cosas horribles”, “Si parece algo escrito, reescríbelo”, “El camino al infierno está hecho de adverbios”, “El adjetivo, si no da vida, mata”, “Si no sale de tus tripas, no lo hagas”, “No me digas que la luna está brillando, muéstrame el destello del brillo en un cristal roto”.

¿Por qué las recetas sirven para cocinar pero nunca para escribir? Al final me acordé de la frase de una amiga. Ella me hablaba de sexo, pero bien se puede cambiar un verbo por otro: “lo peor que hay para escribir es ponerte un día para escribir”.


EL DÍA PARA ESCRIBIR

Ayer era el día para escribir, pero mi escritorio no estaba listo. Hoy ya tengo el portalápices y el apoyataza para no dejarle circulitos a la mesa de madera. También están las bibliotecas a los costados, camita con acolchado liviano color lila y la mesa la ubiqué de modo que tengo vista a un pino. Entra un solcito que va dibujando formas según las ramas se cruzan entre él y yo. Pasa un chico por la calle de arena, lo sigue un perro marrón, no será el perro de la casa alpina, ¿no? el de los dueños de la cementera, sí, pitbull de mierda, sin bozal. Si no fuera mi día para escribir haría la denuncia al municipio.

Le puse poca azúcar al té, bajo y le agrego dos cucharadas, subo y lo apoyo en el apoyataza, es hermoso, quedó hermoso.

Quiero escribir sobre cosas que no sean de mi propia vida, quiero cambiar por completo mi método de trabajo, dejar de hacer autoficción. Ya sé que igual no es mi vida, que deformo agrego y saco, ya sé que además el mérito está en seleccionar qué sí y qué no porque la vida misma contada como es no tiene ninguna eficacia narrativa pero estoy cansada de tener miedo a que se ofenda mi tía.

Voy a revolucionar totalmente el procedimiento, primero la estructura, primero la forma, y después veo con qué la lleno. ¿Qué cuentos me gustan? “Una pena extraordinaria” de Kohan. Lo busco. Claro. La idea es que lo condenan a muerte y le ofrecen un último deseo. A él no le importa morir, ni le importa nada en verdad, pero de pronto se ilusiona con ver otra vez a Lucía. Lo pide como última voluntad. Está feliz porque la van a ir a buscar, porque en breve la ve de nuevo cuando ya creía que nunca más, y entran y le anuncian que le conmutaron la pena y se la bajan a cadena perpetua. Es paradójico. Es una estructura de paradoja. Claro. La resolución de nuestros problemas no hace más que agravarlos. También me gusta “La madre de Ernesto”, dónde están los cuentos completos de Castillo, acá. Cuatro chicos –Castillo dice “muchachos”– se enteran de que la madre de un amigo está como prostituta en El Alabama y deciden ir a usar sus servicios. Cuando ella los ve, piensa que le pasó algo a su hijo. Genial. Fueron juntos porque tenían miedo, porque en manada eran más machitos, pero eso que les dio coraje fue precisamente lo que les frustró la hazaña, porque si hubieran ido de a uno ella los atendía y listo, pero juntos le hicieron pensar que le había pasado algo a Ernesto, al hijo, y ahí se terminó todo. Sí, una estructura de paradoja. Es lo que necesito para mi día de escribir.

Bajo a hacerme otro té y busco paradoja en Google. De acá voy a sacar material.

“La paradoja (del latín paradoxa) es una proposición en apariencia falsa o que infringe el sentido común pero no conlleva una contradicción lógica”. Entonces, a ver “situación paradójica”: “Podemos decir que una situación es paradójica, por ejemplo, cuando en ella nos vemos inmersos en conflictos cuya resolución los empeora, o cuando la persecución de nuestros deseos los torna, justamente, inalcanzables”. Bueno, lo que yo decía de los conflictos, del cuento de Kohan, claro. Y esto otro: hacemos tanto por conseguir algo, que ese tanto hace que no lo consigamos. Este solcito que entra me da un sueño, me tiro un rato en la cama nomás. Un ratito.

Situación paradójica, entonces, había llegado hasta acá. A ver ejemplos. Ejemplos de paradojas. “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Bueno sí, pero no voy a escribir sobre eso. No hay mal que por bien no venga. Menos es más. Mucho ruido y pocas nueces. Ahora, el que tradujo much ado about nothing como mucho ruido y pocas nueces es un genio. Tendría que haber sido argentino, si no fue. Está a la altura del ingenio argentino de “Los vampiros los prefieren gorditos” o “Más pinas que las gallutas” y esas comedias así. Sin lo chabacano, obvio, pero digo, esa creatividad. Cualquiera hubiera traducido “tanto lío para nada” o “hicimos todo esto y no era necesario”. Las nueces ahí te lo hacen gráfico, palpable, tenés algo para ver. Y algo para escuchar, el ruido. Tiene algo de reproche también, ¿estas nueces nomás trajiste? ¿para eso estás haciendo ruido desde la mañana? Ah, sí, si hasta lo ponen como significado en español de much ado en el wordreference, no te digo. Mucho ruido y pocas nueces.

Está bueno documentarse así porque no todo puede ser el relato de la propia vida, eso está muy desprestigiado. Hay que hacer algo con estructura. Me encanta la estructura de paradoja, qué bueno que lo pensé hoy que tengo el día para escribir.

El escritorio quedó perfecto. Claro, de tarde el sol ya pega más fuerte en esta habitación. Habría que poner una cortina de esas que bloquean, o a ver si con una toalla, no, blanca no, más oscura, enganchándola en la hoja de la ventana y cerrando, cerrando un poco, sí, algo amortigua.

Porque lo que pasa es que el sol hace difícil ver la pantalla, pero quizás si le subo el brillo, dónde será. F2 es el volumen, F3.

Igual ahí aflojó, se ve que es a una hora precisa.

Paradoja, situación paradójica, ejemplos, terapia paradójica. No sabía que había una terapia. Eso me puede dar casos. “Según Frankl, con la intención paradójica se animaría al paciente a hacer o a desear que ocurra aquello que precisamente teme”, y esto, a ver, “la ACT es una terapia paradójica para el cliente que quiere eliminar el problema (la ansiedad, la tristeza o el miedo) y se le propone tenerlo”. Qué feo cuando dicen cliente en vez de paciente. Sí, ya me imagino lo que es, es lo que usaron con este que le tenía miedo al mar y le hacían ir metiendo los pies en baldecitos de agua con sal. Me mato antes de escribir sobre ese boludo.

Mensajitos de whatsapp por suerte no tengo. O sea, tengo los normales de siempre, mi tía, Nati, Lore. Pero de Javier por suerte no, ya hablé con él, sabe que hoy es mi día para escribir. Me dijo que estaba perfecto, que comprendía, que incluso a él también le venía bien para hacer sus cosas. Se ve que las está haciendo porque, qué raro, ni un mensaje. Mejor, mejor.

A mí me encanta Beth Harmon. La determinación que tiene. Ese objetivo puesto ahí y no detenerse ante nada. Los dos ojos mirando al centro como un predador. Enfocada. Decidida. Cero distracción. Aparte de lo hermosa que es, desde ya. Me jugaría un ajedrecito en chess.com, a esta hora la mayoría son hindúes y les gano fácil. Por qué será que juegan a esta hora, qué hora es en la India. Diferencia horaria entre la India y Argentina, ocho horas y media. Nunca pensé que fraccionaran así, de a media hora. Entonces son las... ah, ya son las ocho acá. Tres y media de la mañana en la India. Qué hacen los hindúes jugando al ajedrez a las tres y media de la mañana. Con razón les gano.

Bueno si son las ocho saco la toalla de la ventana. El sol ya no pega, no. Es hermoso este pino. Yo la verdad que si ese perro sigue dando vueltas sin bozal voy a llamar al municipio. O les aviso a los chicos de la básica, porque es el pitbull de los dueños de la cementera. El año pasado ya hubo una desgracia. No, sobre eso tampoco puedo escribir.

Bueno me juego un ajedrecito con Rishabh Singh que está online. Le gano fácil. Y sí, querido, ¿no viste que tenía el alfil ahí? Claro, así enfianchettado y vos en Bombay dormido. Te comí la dama. Great game, yes. Great game you too.

Cómo me duele la espalda, la kinesióloga me dijo que hiciera los hipopresivos todos los días, no sea cosa que hoy se me pasen. Me tiro en el piso y los hago, total son 40 minutos. Inspirar, abrir la caja costal, retener. Acevedo, Aldaz, Alemián, Almada, Arlt. Qué lindo es mirar los libros desde abajo. ¿Por qué tengo la A abajo? Quedó así de la mudanza y no me di cuenta. Expirar, cerrar. O serán sólo los argentinos. Inspirar. Cada vez leo más en el kindle, me da culpa. Y en el estante de arriba... expirar... claro, Zina, Wernicke, Walsh, Uhart, no llego a ver desde acá. Inspirar. Esa antología de Silvina Ocampo no la recordaba. ¿Antología especial, dice? Expirar. Antología esencial. Inspirar. Cómo me gusta ese cuento, el del plumerito rojo, expirar, la segunda persona como monólogo interno, inspirar, la adulta que se habla a ella misma de niña, a la niña abusada que fue. Expirar. Schweblin, Siete casas vacías, qué bien trabaja lo extraño. Inspirar. Lo unheimlich, lo familiar que deja de serlo. En “Salir”, sobre todo, expirar, me encanta. Esos dos planos, el realista inmóvil, y de pronto la escisión, ella que retrocede, inspirar, sale a la calle en bata y sin llaves. Expirar. Ese clima onírico, ese lenguaje desplazado del inconsciente. Inspirar. Toda la metáfora de la aventura amorosa con otro, expirar, y cuando vuelve con el marido al plano realista, inspirar: “salí un momento, es todo lo que voy a decir”. Bravo, bravo, expirar, chapeau. Qué feo está el piso así áspero, necesitaría una pasada de cera. Bajo y revuelvo abajo de la pileta de la cocina, cera Suiza, sí, ¿será el color? dice “natural”, mal no le puede hacer. Busco un trapo y le paso. Ah, tiene un olor riquísimo. Lustrar me hace doler la espalda pero bueno, después hago los hipopresivos otra vez.

Qué lindo quedó el piso recién lustrado, qué lindo me quedó el escritorio, perfecto para escribir.