7M: Día de la Visibilidad Lésbica 

Safina y Josefina, matriarcas de la existencia lesbiana

Safina Newbery y Josefina Quesada contribuyeron desde su práctica cotidiana a formar y acompañar en las décadas de 1980 y 1990 a las lesbianas que pusieron el cuerpo para enfrentar la prohibición de existir.
Josefina Quesada. Derecha: Safina Newbery Josefina Quesada. Derecha: Safina Newbery Josefina Quesada. Derecha: Safina Newbery Josefina Quesada. Derecha: Safina Newbery Josefina Quesada. Derecha: Safina Newbery 
Josefina Quesada. Derecha: Safina Newbery  


Acompañaron nuestros primeros pasos en las acciones callejeras feministas, las primeras juergas tortilleras, noches de empanadas y vino tinto de damajuana con vinilos de María Bethania. Fueron nuestras maestras, nuestras compañeras militantes (cuando todavía no se usaba la palabra “activista”), las chicas “interesantes” en las que no era correcto fijarse porque eran demasiado grandes para nosotras. Nacieron entre 1921 y 1922, cuando Buenos Aires empezaba a sacarse de encima los barbijos y el terror de la pandemia de gripe que llegó en los barcos, después de la Gran Guerra. Estrenaron la radio y el cine sonoro, las madres de melenita corta y vestidos sin capas superpuestas de enaguas. Su generación fue la primera que empezó a vivir con naturalidad el estado de guerra mundial.

Si hoy estamos activando el Día de la Visibilidad Lésbica en parte es porque ellas contribuyeron desde su práctica cotidiana a formar y acompañar en las décadas de 1980 y 1990 a las lesbianas que pusieron el cuerpo para enfrentar la prohibición de existir.

BETTER Y PAQUIS

A Safina Newbery (Sara Josefina Newbery) la conocimos en Lugar de Mujer. Era un espacio donde se desarrollaban actividades feministas, fundado en 1983. Funcionaba en un departamento de Corrientes y Pueyrredón, en el edificio de los 70 balcones y ninguna flor. Algunas de las fundadoras de Lugar y muchas de las mujeres que participaban en las actividades eran lesbianas. Después de la programación habitual, solían armarse juntadas, algún baile, y casi seguro si era viernes, alguna salida a boliche o fiesta en algún departamento de soltera.

Safi fue la gran matriarca de las lesbianas feministas argentinas. Había nacido en una familia aristocrática. Era la mayor de todas nosotras y tenía las mejores cualidades que -nos parecía- una lesbiana feminista de por entonces pudiera tener, savoir faire, presencia fuerte y amable, formación. Pero sobre todo mordacidad. Conocíamos su pasado de monja, nunca lo ocultó. Además fue una de las primeras antropólogas argentinas y se interesó de manera no extractivista por la vida de las comunidades indígenas.

Como feminista, Safina Newbery fue impulsora de la teología feminista, precursora del ecofeminismo y de Católicas por el Derecho a Decidir. Y una de las fundadoras a finales de la década de 1980 de la Comisión por el Derecho al Aborto. Si bien no integró la comisión impulsora del Primer Encuentro Nacional de Mujeres, Safina asistió a algunas de las reuniones previas donde se decidió la metodología de los encuentros. Se presentaba como integrante de Mujer Iglesia (“las mujeres somos la iglesia, somos comunidad”). Ninguna entendía lo que quería decir. Creían que venía en representación de una iglesia de mujeres. Safina se reía y las seducía. Todas la adoraban, las radicales, las peronistas, las sindicalistas. Tenía una sonrisa irresistible y paciencia de abadesa cisterciense. Su tarea apuntaba siempre hacia la línea de flotación de la jerarquía católica.

Por pertenencia generacional y de clase, Safina nunca logró salir públicamente del armario como lesbiana. Sí lo hizo siempre dentro de los grupos feministas. Fue una de las pocas feministas no desclosetadas públicamente que apoyó a las que decidieron salir del armario y mostrar que en el feminismo había lesbianas. Hasta entonces, la mayoría de las feministas negaba que hubiera lesbianas en el movimiento (“no hay que decirlo, va a asustar a las mujeres”). Safina colaboró con artículos en Cuadernos de Existencia Lesbiana (primera publicación lésbica de Argentina, desde 1987) que firmaba como Safina Teresa Ortega. Nos acompañó en algunas actividades del Grupo Feminista de Denuncia, que fue la previa a los Cuadernos.

Una noche de mediados de los 90 tomábamos unos vinos con Safina en La Casa de las Lunas (una casa con actividades para lesbianas feministas, en la calle Maza) y le pregunté si sabía de dónde procedía el término “paqui”, que las lesbianas usábamos para referirnos a los heterosexuales. Me contó que ese término lo habían inventado ellas, las “better”. Así se denominaban entre sí las lesbianas de clase alta y media alta que sociabilizaban en la década de 1960 y tal vez desde un poco antes. “Los llamamos ‘paquis’ porque no tienen ‘piel’. Es por paquidermo”.

Pero el recuerdo más fuerte que tengo de Safina y de su manera de ser lesbiana fue en la fiesta del final de una jornada del grupo feminista ATEM, en 1988. Mi pareja, Martha Ferro, vino a buscarme a regañadientes al final de esa jornada. Hacía unos meses que salíamos. A ella le caía muy mal el feminismo que no hacía eje en la lucha de clases. De repente empezó a sonar un tango. Martha sacó a bailar a Safina y se estableció una suerte de duelo de habilidad por una Mireya ideal, que claramente no estaba ahí sino en lo de Hansen haciéndole ojitos al “tío Jorge” (así llamaba Safina a su tío prócer de la aviación, famoso concurrente de los primeros salones de tango donde coexistían malevos y señoritos). Me dieron celos. Yo nunca hubiera calificado ni para celebrar carnavales en el Pabellón de las Rosas. Ni para bailar en el boliche Confusión, calificaba.

MEJOR TORTILLA QUE ALBÓNDIGA

Josefina Quesada (Josefina Gómez de Quesada) fue una pintora surrealista y activista anarquista porteña. Con Safina Newbery pertenecían a la misma clase social y fueron amigas desde la infancia. Josefina estuvo en todas las movidas callejeras feministas desde la década de 1980. No se perdía una.

En 1986 se formó una Coordinadora Feminista entre distintos grupos. En esas reuniones, con Ilse (que todavía no usaba el apellido Fuskova) planteábamos la necesidad de que el feminismo deje de ser una práctica de salón y salga a la calle. Ya había terminado la dictadura. Qué necesidad de seguir encerradas. Todas pusieron peros en aquella reunión. Que si éramos pocas, que no podíamos salir en grupos de menos de cinco, que teníamos que ser muchas y vestirnos de negro para llamar la atención. Con Ilse nos miramos y dijimos “chau, sigan tomando el té”. Ilse habló con Josefina y entre las tres formamos el Grupo Feminista de Denuncia. Salíamos todos los sábados a la calle Lavalle, la calle de los cines, donde circulaba fácil un millón de personas entre las 8 y las 10 de la noche. Nos parábamos con carteles feministas en las escalinatas de la galería donde funcionaba la cartelera de venta de entradas a precio rebajado. Se armaban tremendos debates donde solamente los hombres se animaban a discutir con nosotras. Las esposas hacían el papel de actrices de cine mudo.

Un rato antes nos juntábamos en el bar Suárez de Lavalle y compartíamos un sambayón/sabayón con tres cucharitas. Josefina pasaba fácilmente de disfrutar esos momentos tranquilos a arrojar puré de huevos en la Marcha Antipapa de 1987 (visita de Juan Pablo II a Buenos Aires). Siempre sin perder la elegancia. Una noche de invierno salimos a grafitear Barrio Norte con consignas del Grupos Feminismo de Denuncia. Una de las leyendas era “Mejor tortilla que albóndiga”. Josefina saltó como el gato del logo anarquista hacia el paredón de la iglesia frente a la Plaza Vicente López (encima se llamaba iglesia de las esclavas de alguna cosa de la jerarquía) y no paró de pintar, sin quitarse los guantes negros de vestir. Noche helada de julio, 50 kilos de peso, 64 años, enfermedad pulmonar crónica que le cerraba los bronquios. Fue como si le estuvieran inyectando adrenalina de manera continua. Seguimos 20 cuadras pintando sin parar hasta el Parque Las Heras. Salieron buenos aquellos aerosoles.

Josefina, su pelo colorado furioso y su mirada húmeda y penetrante, acompañaron durante años a les jóvenes anarquistas, feministas y lgbt. Ilustró con sus collages surrealistas los Cuadernos de Existencia Lesbiana. Le parecía muy simpático el peronismo de muchas de nosotras pero no soportaba al comunismo por autoritario. Era estrictamente reservada y no contaba nada de su vida personal. Cuando partió, la acompañamos solamente sus compañeras de militancia/activismo. Me sacó de quicio ver el lugar lleno de crucifijos y que nadie hiciera nada. Empecé a los gritos como una desaforada y las cruces volaron rumbo a algún otro velorio. No eran mis mejores días tampoco. El final de los 90 y el cambio de siglo se llevaron un mundo. Y nació el que hoy conocemos.

Hubo otra chica de 1921 que fue relevante en estos recorridos hacia la existencia lesbiana. Pero se terminó el espacio. Como en el nordic noir, queda abierta la tercera temporada. 

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