Mujeres interesantes
La filósofa y activista Nina Power ha seguido críticamente el rumbo del feminismo en el mundo, y en especial en los Estados Unidos, a través de numerosos artículos. En su libro La mujer unidimensional, que presentará en su visita a la Argentina esta semana y del que aquí se reproducen diversos fragmentos, repasa lo que sucedió en los años pre-Trump con figuras de poderosas mujeres como Condoleezza Rice o Sarah Palin, y analiza los usos y abusos del término “feminismo” utilizado para justificar una política exterior beligerante o para construir una retórica que hasta podría ser del gusto de la derecha cristiana.

¿Dónde están las mujeres interesantes? Si tuviéramos que creerle al retrato contemporáneo de la feminidad, el clímax del logro femenino contemporáneo sería la posesión de carteras costosas, un vibrador, un empleo, un departamento y un hombre… probablemente en ese orden. Por supuesto que nadie está obligado a creer en los programas de televisión, las revistas y los avisos publicitarios, y de hecho muchos no creen en ellos. ¿Pero cómo llegamos a esto? ¿Los deseos del movimiento de liberación femenina del siglo XX se cumplieron en el paraíso comprador de “obscenas” autocomplacientes colitas de conejitas de Playboy y cavados de bikini? Que las cumbres de la supuesta emancipación femenina coincidan tan perfectamente con el consumismo es un índice miserable de una época políticamente desolada. Sin embargo, gran parte del feminismo contemporáneo –en particular en su formulación estadounidense– no parece preocuparse demasiado por esta coincidencia. Este breve libro es, en parte, un ataque contra la aparente abdicación de cualquier pensamiento político sistemático por parte de las feministas positivas y optimistas de hoy. Sugiere maneras alternativas para pensar las transformaciones en el trabajo, la sexualidad y la cultura que aunque aparentemente disparatadas en el actual clima ideológico, pueden aportar material de peso para el feminismo del futuro.

¿Igualdad? 

El capitalismo ha tenido un efecto complejo sobre nuestra comprensión de la “igualdad”. Por un lado, aparentemente no habría nada discriminatorio en la compulsión de acumular: no importa quién haga el trabajo, siempre y cuando se generen ganancias y se extraiga valor. ¿Qué sentido tendría entonces discriminar a las mujeres qua mujeres? ¿O a los negros qua negros? ¿O a los homosexuales qua homosexuales? Por otro lado, como casi todo el mundo sabe, las mujeres todavía ganan menos que los hombres y están sobrerrepresentadas en los empleos de media jornada o mal pagos, y por otra parte está claro que las minorías étnicas y los homosexuales están subrrepresentados en ciertas formas de empleo.

No obstante, quizás deberíamos preocuparnos menos por la representación y considerar más los factores estructurales e ideológicos serios. Después de todo, el argumento a favor de que las mujeres, las minorías étnicas y los homosexuales ocupen “posiciones jerárquicas” ha sido acaparado por la derecha. La reciente elección de Barack Obama es tal vez un indicio progresivo de lo que vendrá, pero aún queda por verse cuán redistributivo será el “cambio” que propone. Condoleezza Rice, Ayaan Iris Ali y Pim Fortuyin son o fueron candidatos atípicos para sus respectivos puestos, pero eso no les impidió ser, respectivamente, una belicista, un pensador neoconservador y un político antiinmigración a favor de la “guerra fría” contra el Islam. Todos los que (en la primera elección) convirtieron a Margaret Thatcher en la primera mujer en ocupar el cargo de primer ministro británico “por motivos feministas” vieron vapuleadas sus aspiraciones progresistas por una seguidilla de reformas “progresivamente” neoliberales. No basta con que haya mujeres en altos puestos de poder, depende de la clase de mujeres que sean y de lo que piensan hacer cuando lleguen allí. Como bien dice Lindsay German: “Estamos en la época de la mujer símbolo... Paradójicamente, la retórica del feminismo triunfó precisamente en una época en que las condiciones reales de vida de las mujeres han empeorado y fue utilizada para justificar políticas que perjudicarán a las mujeres”.

Hace tiempo que está claro que necesitamos ampliar el concepto de “tokenismo” para dar cuenta del hecho de que casi siempre, esas mujeres y minorías “excepcionales” no sólo son incluidas en puestos de poder sino que vienen a representar los peores aspectos del poder. Zillah Eisenstein utiliza el término “señuelo” para describir la manera en que la “democracia imperialista” encubre sus pecados estructurales con un delgado barniz de respetabilidad representativa. “La manipulación de la raza y el género como señuelos para la democracia revela la corruptibilidad de las políticas identitarias”. Colocar a mujeres y minorías étnicas en posiciones de poder no necesariamente mejorará las vidas de las mujeres y las minorías étnicas en general, y ciertamente no la ha mejorado hasta el momento. Condoleezza Rice puede haber sido Secretaria de Estado de los Estados Unidos, pero las mujeres negras (y los hombres y niños negros) fueron quienes más sufrieron los estragos causados por el huracán Katrina.

Todo esto crea problemas para el feminismo, o al menos para el uso no problemático del término. Ahora a continuación, veremos cuán complicada puede llegar a ser esa palabra mediante un análisis de ese fenómeno que fue la campaña de Sarah Palin a la vicepresidencia de los estados Unidos en 2008, durante la cual “feminismo” llegó a significar muchísimas cosas.

Sarah Palin, o cómo no ser feminista

Durante el desarrollo de la elección presidencial de 2008 en los Estados Unidos, Jacques Alain Miller, archilacaniano y moralista part-time publicó un artículo titulado “Sarah Palin: Operation ‘Castration’”. Allí argumentaba que la candidata a la vicepresidencia, Palin, encarnaba a una cierta clase de mujer “posfeminista”, aquella que sabe que “el falo es una apariencia”. Jessica Valenti, en The Guardian defiende el argumento tal vez más intuitivo de que Palin es una “antifeminista” de la cabeza a los pies porque, entre otras cosas, limitaría el derecho de las mujeres a elegir y aboliría la educación sexual. La propia Palin viene ocupándose desde hace tiempo de desdibujar las fronteras del término, especialmente en virtud de su membresía en la organización de apoyo “Feminist for life” cuyo compromiso aparentemente feminista con la “no agresión” significaría que cualquier violencia dirigida hacia un feto (aun cuando el embarazo sea el resultado de una violación) es incompatible con la no beligerancia, supuestamente natural, del sexo femenino.

Aquí tenemos tres acepciones diferentes de la misma palabra, según las cuales: a) para Miller una feminista pre-Palin sería una mujer (Ségolène Royal por ejemplo) que “imita al hombre, respeta el falo y actúa como si tuviera uno” y por lo tanto puede ser fácilmente considerada inferior al hombre o desestimada como un hombre inferior; b) para Valenti, una feminista es alguien que defiende el derecho de la mujer a elegir, que lucha por la igualdad en todos los aspectos de la vida; y c) para la propia Palin, que es ferozmente maternal y políticamente agresiva, una feminista es “un pitbull con los labios pintados”. Una concepción superficial del feminismo y una respuesta generalizada cada vez que las mujeres, en tanto individuos, obtienen poder de alguna clase sustantiva sería decir: “¡Miren! ¡Una mujer Primer Ministro! ¡Una mujer CEO! ¿No tienen lo que deseaban?”. Como señala Valenti, esta posición se fundamenta en la falsa creencia de que todo lo que quieren las mujeres es…otra mujer. Más allá de lo que realmente diga o haga Palin, la pintan como una historia de éxito para las mujeres simplemente porque es mujer.

El abuso que han hecho los republicanos del término “feminismo” en la década pasada –años más, años menos– es una asombrosa lección sobre el uso políticamente oportunista del lenguaje. Si bien la derecha alguna vez metió a queers, izquierdistas, feministas, pacifistas y otros inadaptados variopintos en la misma bolsa de los enemigos internos del Estado, cuando llegó el momento de aportar razones para la invasión a Afganistán, el lenguaje del feminismo (en particular) fue súbitamente rescatado del cajón del olvido de la historia como un valor específicamente “occidental”. “¡El respeto hacia las mujeres puede triunfar en Oriente Medio y más allá!” gritó George W. Bush en un discurso ante las Naciones Unidas, olvidando tal vez que en su primer día como presidente había suspendido el financiamiento a todas las organizaciones internacionales de planificación familiar que ofrecían servicios de aborto o asesoramiento sobre el tema.

Queda claro, entonces, que no solo se trata de feminismo de derecha o feminismo de izquierda, sino de una crisis fundamental en el significado de la palabra. Si “feminismo” puede significar cualquier cosa desde comportarse como un hombre (Millar) hasta ser proelección (Valenti) provida (Palin) o proguerra (la administración republicana), entonces es probable que tengamos que abandonar el término, o, como mínimo, restringir su uso a aquellas situaciones en las que estamos completamente seguros de poder explicar lo que queremos decir con él. Valenti opta por un humanismo quejumbroso (aunque atractivo) y sostiene la idea de que, en última instancia, ganarán “los buenos” o “los malos” y que esta división es indiferente al género. “Lo último que necesitan los Estados Unidos es otro político corrupto y mentiroso, varón o mujer”.

Pero la recepción de Sarah Palin no se fundamenta sólo en su supuesto “feminismo”. De hecho, Palin se las ingenió para eludir muchas dicotomías femeninas de viejo cuño –madre/ política, atractiva/ exitosa, pasiva/ activa– encarnando las dos caras de todas las monedas al mismo tiempo. En este sentido, cumple con creces el mandato de los años ochenta que dice que las mujeres pueden (y deben) “tenerlo todo”: hijos, trabajo, éxito, sexo. ¿Acaso existe algo que no pueda hacer una “provida” de armas llevar que derrota a los hombres en su propio terreno? Incluso ha vencido a muchas mujeres derechistas más viejas que ella en su propio terreno –me refiero a las que se paran frente a las multitudes para afirmar que el lugar de la mujer es el hogar–, poniendo en escena el espectáculo de su propia contradicción performativa.

En las pintorescas palabras de Miller: “una Sarah Palin no postula ninguna falta”. El contenido completo de su arsenal (literal, retórico, visual), está a la vista. Todas sus debilidades potenciales contribuyen a hacerla más sobrehumana, más agresivamente populista, más común y silvestre: la dinámica de su vida familiar, su falta de experiencia, sus pasatiempos y sus poses (su amor por las armas de fuego, su “hockey-mamá-manía”), Las mujeres quieren ser ella, muchos hombres (y tal vez incluso unas pocas mujeres) quieren tener sexo con ella (véanse los grupos de Facebook “I would totally do Sarah Palin”; “Sarah Palin is HOT”). Los más interesantes entre estos grupos pro Palin hacen explícito el vínculo entre su atractivo físico y el espectáculo político actual. “Sarah Palin despierta pasiones…y eso me excita” (o, en palabras de Miller y en un registro ligeramente más literario: ella trae un nuevo eros a la política). El grupo de Facebook “Sarah Palin is twice the man Barack will ever be”, si bien reconoce a medias el poder de Palin, queda atrapado en la vetusta idea de que, para hacer política, una mujer debe ser como un hombre.

Pero Miller no se limita a argumentar que Palin es “más hombre” que Obama, además, afirma que es la única que comprende que “el falo es sólo una apariencia”: es decir, que pretender tener poder cuando no se lo tiene no es, de lejos, tan eficaz como comprender la naturaleza contingente del campo de poder (o de sentido) y explotarlo en todo momento. El grupo de Facebook “I Am Terrified of Sarah Palin” quizás captura algo del temor de Miller: “Por el momento, una mujer que juega la carta de la ‘castración’ es invencible”. Para Miller, la capacidad de castrar de Palin –evocar el miedo a la emasculación socavando el por demás simbólico registro donde la angustia de castración puede mantenerse a raya– es literalmente petrificante: “sus opositores políticos, sus enemigos mediáticos, no tienen idea de cómo atacar a una mujer que usa su feminidad para ridiculizarlos”.

La angustia que una figura como Sarah Palin induce no es la vieja angustia que nota con horror la falta (“¿por qué las nenas no tienen lo que yo tengo?”) sino el miedo, mucho más grande, a una vasta plenitud femenina. Los Estados Unidos han encontrado a su nuevo héroe (heroína en realidad) y es una mujer que transforma los insultos que reciben todas las mujeres exitosas (perra, puta, buscona) en municiones que matan a sus acusadores. Transforma la maternidad en arma de guerra, la inexperiencia en virtud populista y el feminismo en algo que hasta la Derecha Cristiana aprobaría.

Aunque Palin no logró ser vicepresidenta esta vez, lo que representa –una especie de mamá-Terminator que se autodefine como feminista– es totalmente nuevo y se relaciona con un cambio más amplio en las recientes acepciones del término. El ascenso de la “feminista” pro-guerra y la utilización de la retórica de la emancipación femenina en la causa de la política exterior beligerante son dos cuestiones que vale la pena explorar con mayor detalle.

La mujer unidimensional Nina Power Cruce 90 páginas