¿Qué es la parresía? El hablar franco. Decirlo todo, enunciar la verdad sin anestesia, sin reserva, sin fake news ni artilugios, sin medir las consecuencias, pero respondiendo a la obligación ética de hacerlo. La parresía es la condición de posibilidad del diálogo. Un espacio para intercambiar verdades fecundas, ya que las palabras exentas de verdad son simulacros, no engendran reciprocidad, representan un peligro que madura.

Parresía es lo opuesto a retórica, que es un procedimiento estético discursivo desvinculado de la verdad y al servicio de la persuasión. Hacer creer que lo que no es, es. Una especie de “parresía negativa”. Aristófanes se refiere a ella peyorativamente. Consiste asimismo en decirlo todo, aunque en el sentido de enunciar cualquier cosa que pueda ser útil a los intereses del disertante. Su única función es persuadir desde la especulación individualista, no desde el bien común.

Michel Foucault exhumó la noción griega de parresía. Platón es uno de sus referentes, en La República se refiere a la parresía negativa y la atribuye a la mala ciudad. La ciudad dislocada, la polis irracional. Ocupada en intereses financieros, sorda y ciega a las necesidades comunitarias, gestionada en beneficio exclusivo de minorías privilegiadas, autista en medio del caos.

Los intercambios de palabras embarazados de parresía negativa simulan diálogos que en verdad no son. ¿Dialogar con un negador?, ¿con un abusador?, ¿con un violador?, ¿con un golpeador? Cualquier mujer golpeada -y yo fui una- conoce la mala parresía del violento. Su insistencia en “dialogar”, sus reiteradas llamadas, sus “tenemos que hablar”. Pero si gana mediante el arte de persuadir, vuelve a dañar. Con un golpeador no existe diálogo posible. ¿Qué conviene? Aplicar cirugía mayor. Si te clavan una flecha, hay que arrancarla, ¡llevamos demasiadas flechas clavadas!

Proclamar la verdad en situaciones límites contribuye al cuidado propio y ajeno. Parresía ética. En el discurso socrático, la división entre el bien y el mal se da “entre” las personas, se constituye desde las necesidades comunitarias, las prácticas sociales, los argumentos sólidos. Pero el diálogo no es un valor absoluto ni impoluto. Se vacía de contenido si se choca con la obstinación irresponsable y la coacción.

En situaciones límites se impondría dialogar, pero ante el espectáculo desaprensivo de la derecha cabe preguntarse: ¿encuentro o parodia? Diálogo es intercambio simbólico con intención de producir un acontecimiento que reformule el estado de las cosas. Si dicho estado permanece inalterable (o se agrava), no hay diálogo, hay parodia. Lo contrario es llegar a acuerdos sin amenazas, sin coerciones, sin aprietes jurídicos, sin más herramientas que el habla y la escucha. Exponer alternativamente ideas revisando mutuamente argumentos, otorgando y cediendo, arribando a consensos saludables y razonables. Un diálogo fecundo requiere buena fe, rechaza la agresión -explícita o solapada-, no ejerce presión, asume el conflicto.

Una denuncia penal contra la otra parte en la interlocución aborta la posibilidad del diálogo. Si del intercambio no surge un antes y un después beneficioso para ambas partes, no hubo conexión entre heterogéneos. La parodia es una imitación insulsa y grotesca de la herramienta de entendimiento mutuo que supone una situación dialógica. La conversación auténtica entre antagonistas es una práctica escasa. Más bien se producen charlas, opiniones fortuitas, enfrentamientos, monólogos bilaterales. Pero el diálogo sigue teniendo buena prensa y se lo alaba como modelo ideal. Y lo es, pero no a cualquier precio.

Esto se hace extensivo a cualquier relación de poder. Máxime cuando se encuentran cara a cara la defensa del cuidado y la protección, por un lado, frente al laisser-faire y el lucro, por otro. Caminar en una ciénaga. Existen golpeadores políticos travestidos de moderados. Con estos adversarios mendaces no se establece vinculación real, se siembran desiertos de incomprensión creciente.

Los sofistas comprendieron el doble filo del diálogo: con los discursos compartidos se alumbran soluciones, pero también se las puede ocultar. No obstante, habría que intentarlo, pero aplicando una vigilancia epistemológica para detectar las gemas falsas, tener el coraje de la verdad y cuando mueren las palabras, dejar que los muertos entierren a sus muertos.

Los entendimientos requieren un enfoque equitativo y objetivo. Consenso entre individualidades y, si las veredas de quienes hablan están muy alejadas, ni siquiera se escuchan. La excelencia del diálogo no funciona cuando la oposición deviene adversa. Oponerse es lo esperable en un sistema democrático, es competir. Adversidad es otra cosa, es desestabilizar, hostilizar, destituir, subvertir el curso de lo mesurado en función de intereses inconfesables. ¿Quién no vivió la experiencia de chocar contra una pared cuando intentó dialogar con personas falaces?

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Cuenta Rosa en una carta que cuando las olas regresaban a la espuma del mar salía disparando por el aire un enjambre de diminutos seres amarillos que luego daban saltitos en la playa. La atrajeron tanto que atrapó algunos en la palma de la mano y se los mostró a una señora que tomaba sol cerca de ella. “Mire qué bellos cangrejitos”, le comentó entusiasmada. “No son cangrejitos, son pulgas de mar”, contestó la desconocida. Rosa tiró los animalitos asqueada, el peso de esas palabras le produjo repugnancia, ¡pulgas! ¡con todo lo que las sufrió en malolientes prisiones. ¡Ni verlas! Más tarde la misma señora le preguntó si era Rosa Luxemburgo, mientras se presentaba a sí misma y le ofrecía conversación. Le remarcó -no sin sorna- que también se puede hablar con adversarios políticos (era la esposa de un líder de extrema derecha). Rosa quedó estupefacta. Había ido a descansar luego de un año de luchas contra las injusticias de esa gente que maltrata a su gente, que la encarcelaron, que la seguían persiguiendo y ahora, ¿pretendían taladrar sus oídos con su sanata? “¿Adversario político? -pensó- adversario moral puede ser, pero ¿político? Caramba, no hago política con pulgas”.

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