“La Argentina fue sediciosa antes de ser la Argentina”, anota de arranque Ernesto Semán, y cuenta que allá por 1601 el capo del Tribunal de la Inquisición con sede en Lima, Francisco Verdugo (este que), andaba inquieto por la llegada al puerto de Buenos Aires de judíos, protestantes o moros, unos herejes que traficaban libros o imágenes que luego enviaban tierra adentro, acaso disputando el catolicismo. Un peligro, porque llegaban al Río de la Plata para “introducir sus sectas y falsa doctrina entre la gente novelera, envuelta en infinidad de supersticiones”, así que Verdugo pedía para la zona más soldados y montar una nueva sucursal inquisitoria, como para encarrilar a la muchachada hacia la conversión o la hoguera. En su flamante Breve historia del antipopulismo, desde cuya portada también se anuncia el enfoque en “los intentos por domesticar a la Argentina plebeya, de 1810 a Macri”, Ernesto Semán plantea que durante el siglo XIX las elites herederas de la Revolución adoptaron la figura de “barbarie” (allí Rosas, caudillos, gauchos) para signar a quienes desde los bordes acechaban el orden y el progreso. Ya en el siglo siguiente, con el radicalismo y la figura de Irigoyen en los ’20 y el peronismo desde 1945, en la mirada de la gente bien “las fuerzas oscuras que ponían en peligro la armonía de la nación parecieron salirse de cauce y romper los equilibrios internos en busca de una mayor participación de las masas en las decisiones políticas, en la expansión de derechos o en el reparto de la riqueza”. Reaparecía así, consigna, “la idea de barbarie en el lenguaje de quienes se sentían intimidados y prometían corregir estos desvíos”.

Las dictaduras correctivas, entonces, hasta que sus horrores fueron demasiado evidentes. Con Macri en 2015 las elites conseguían, por primera vez desde la década infame y con una agenda antipopulista, que uno de sus representantes ganara unas elecciones democráticas. Prometía un futuro redentor y resultó todo un palo, como cantaban los Redondos, aunque ese perro no siga allí. “El colapso de aquellos cuatro años mostró que la realidad del progreso era más compleja o, en la mirada antipopulista, que aquel país plebeyo no era tan fácil de desterrar”, escribe Semán. Aunque guarda, apunta también: quizá no solo haya que mirar la derrota, sino que el triunfo era posible, y que su ideario sintoniza con fuerzas afines en otros países (ver Bolsonaro). Semán apela a distintas vertientes para narrar, desde datos duros hasta microhistorias simbólicas, citas literarias, escenas emblemáticas, derivas, rasgos discursivos que abrieron caminos y cicatrices, confluencias y enfrentamientos, pinceladas de perfiles, infinitos entreveros entre lo político, lo social y lo económico: su libro es bien complejo pero se lee con fluidez, y allí tallará su condición de historiador y escritor. Con la secuencia gaucho-compadrito-cabecita negra-choriplanero traza una genealogía que, desde los sectores antipopulistas, “se piensa casi siempre como una forma defectuosa de integración de las masas a la política moderna”.

Y hay muchos tipos de antipopulismos. “Frontales, conciliadores, defectuosos, aspiracionales, democráticos, violentos, violentísimos, efímeros –cataloga-. La respuesta mutó a lo largo de los años, sobre todo porque quienes veían un problema en la relación entre masas y política tenían solo ese punto en común. Conservadores buscando retornar a un pasado de gloria perdido, liberales persuadidos de la necesidad de avanzar a una economía moderna para el progreso del país, demócratas señalando el respeto a las instituciones como requisito para acuerdos sociales sustentables, socialistas y marxistas convencidos de que los trabajadores debían sostener su proyecto sin alianzas sociales que desvirtuaran sus intereses, nacionalistas afirmados sobre una unión indestructible entre iglesia y nación”. La pregunta central de su libro, indica, es cómo en el último medio siglo el de carga liberal y conservadora se impuso sobre las otras. Semán nació en 1969 en Argentina y tras vivir veinte años en Estados Unidos se radicó desde hace tres en Noruega; allá, en la Universidad de Bergen, da clases de Historia. Y desde allá habla de su libro.

Además de que señalás que es una categoría poco abordada, ¿por qué le echaste el ojo al antipopulismo?

-Ese sería el punto, básicamente, hay poco abordaje desde ahí. Y hay muchos trabajos sobre populismo, por buenas y fundadas razones; algunos de ellos son buenísimos, como el de María Esperanza Casullo. Pero todos se enfocan en algo que es visto como un problema, una desviación de la norma, algo que genera un desafío, y que por lo tanto requiere ser explicado, tematizado. Y en ningún momento aparecen las respuestas al populismo como problema en sí mismo, con dinámicas que merecen ser analizadas en sus propios términos, no solo como reacción a este fantasma que denuncian. Tenía eso en la cabeza. El antipopulismo en general existe hace mucho, pero me parece que en el último tiempo es algo que se expande. Y deja de ser un problema de opinadores, de la elite política, de las ciencias sociales, y se transforma en un ente universal, disponible para todo el mundo, con el cual se puede analizar y hacer sentido a los problemas del país, a los personales, a los de la vida pública. Aunque no esté definida como categoría pasa a serlo, porque cualquiera, desde un empresario a un almacenero, o un obrero a un desocupado, puede ver cómo está la calle, o qué pasó con el presupuesto o la pandemia, o el auge de un ritmo musical o lo que fuera, en función de la aparición de este problema que es el populismo. Me interesó cuando se volvió parte de una entidad que hace sentido.

Cuenta Semán que un episodio específico funcionó como disparador del libro: la huelga de 2017 en la planta de Pepsico en Florida, provincia de Buenos Aires. “A la comisión interna la manejaba un grupo de izquierda, y estaba la gendarmería y la bonaerense –sitúa-. En medio de las escaramuzas un comisario se empieza a pelear con un dirigente del MST, y en lugar de pegarle palos solamente le dice: ‘No vengan acá a hacer populismo’. Y me pareció fascinante: un cana necesitado de darle un sentido político al acto que estaba poniendo en escena. Los troskos son antipopulistas como pocos en la vida política argentina, pero en su acusación el cana capturaba algo mucho más profundo que una crítica al peronismo, y eso era esta cosa revoltosa y plebeya. Le estaba diciendo que no hiciera quilombo, que no rompiera las pelotas. En ese momento escribí algo corto, pero enseguida pensé en historizar el recorrido, la presencia del tema en la historia”.

Más allá de esos antecedentes que desplegás, el populismo en términos de etiqueta se ciñe estrictamente al primer peronismo.

-Efectivamente. Se empieza a usar contra el peronismo unos años después de que es derrocado, a finales de la década del ’50, comienzos de los ’60, cuando Gino Germani empieza a hablar de movimiento nacional popular, lo empalma con nacionalismo, lo desliza hacia lo populista. Pero los componentes de esa categoría, que tienen esa crítica a esa forma desviada de integración de las masas a la política, están presentes desde antes. Mucho de la elaboración sobre la política de masas de años anteriores, las discusiones durante la Ley Sáenz Peña y sobre todo durante el gobierno radical, incluyen de distintas maneras elementos de lo que después será la categoría populismo. También es previa la mediación entre el caudillo y las masas, que no se encauzaban a través de las instituciones del estado liberal democrático; en el caso desde los 20 y los 30 son las maquinarias partidarias, con la mediación del compadrito, que no está solo en el radicalismo, que también aparece en los conservadores. Todos esos componentes después reaparecen de una forma mucho más especificada, politizada y partidizada en el peronismo, en el cual el problema son esas masas que miran desde el interior a la ciudad, que perdieron sus referencias inmediatas, que están como al desamparo, desvalidos, y encuentran la protección de esa forma de estado paternalista, con una figura paternalista, que les ofrece beneficios inmediatos, no necesariamente sustentables. Y de alguna manera les compensa la pérdida de pertenencia que tenían en las sociedades simples de las que venían, ¿no? En el centro de esa idea está siempre la cuestión de la transición.

Se plantea una genealogía populista entre gaucho, compadrito, cabecita negra, choriplanero. ¿No hay una genealogía antipopulista? Me llamó la atención que no aparezca la palabra gorila en el libro, por ejemplo.

-¿No aparece en el libro? No lo puedo creer. Pero no, no hay una genealogía antipopulista. Armo la otra para darle un sentido histórico a lo que llamo en el libro “la prehistoria del antipopulismo”: son caracterizaciones problemáticas de la masa, cuya incorporación es vista como algo inevitable y a la vez como una amenaza. Con una diferencia fundamental: el gaucho y el compadrito son construcciones con fuerte atadura a lo social, tipos sociales que pervierten su alma pública en su ingreso a la política. Y de alguna manera el cabecita negra y el choriplanero revierten eso, son categorías profundamente políticas. Desde las cuales se pueden rastrear muy fácilmente los implícitos de un tipo social e incluso de un tipo racial. El mayor nivel de politización que trae el peronismo implica que ya no es algo que se puede corregir ajustando las condiciones sociales en las cuales las masas son educadas, sino que se presenta como un adversario político, y en muchos casos como un adversario político ilegítimo, que por lo tanto puede ser no solo desplazado sino eliminado, que es una de las explicaciones de la vida antipolítica.

Mencionás a Ernesto Laclau como uno de los pocos que toman el término populismo para reivindicarlo, para usarlo a favor. ¿Te interesa su mirada?

-Muchísimo. Y me interesa tanto la filosofía política como la ciencia política en el esfuerzo por tematizar o construir categorías que sean útiles para analizar el fenómeno específico del populismo. Y La razón populista en ese sentido es iluminadora, y permite ver, más allá de lo que él escribe y hace en su intervención política, aspectos de las últimas décadas en la Argentina, la forma en la que en este caso el kirchnerismo pareció encontrar en algún momento una especie de cuña democrática, digamos, y de poder leer cualquier cosa que potencialmente fuera un conflicto como una forma de dividir la sociedad y colocarse del lado correcto y democratizador de ese conflicto. De todos modos para mí, como historiador, le pongo menos énfasis al trabajo más exhaustivo de definir en los términos más precisos imaginables cuál es la categoría de análisis que a detectar cuáles son los sentidos con los que circulan ciertas ideas. Y no porque las categorías no sean importantes, pero considero que si te agarrás demasiado a eso se corre el riesgo de transformarte en un denunciador. Para mí es irrelevante decir “ah, Macri dice que esto es populismo pero en realidad está equivocado, qué tipo inútil, no sabe lo que dice”. Lo que me interesa es que cuando el comisario dice eso, y se lo está diciendo a un tipo que es antipopulista, el sentido que está capturando es muy preciso. 

Semán concluye en su libro que Alfonsín tenía demasiado de populista para ser antipopulista. “Me parece que él detecta, denuncia alguna de las versiones que se van a poner en cuestión de las experiencias populistas –dice-. En ese triángulo que se construye entre el líder arriba de todo, en el vértice superior, las masas en uno de los ángulos inferiores y la agenda antagónica y confrontativa en el otro, hay una denuncia fuerte a cómo esa relación excluye, sobrevuela, elude las instituciones políticas democráticas, donde las representaciones son más plurales y no aparecen concentradas en un líder, una posición y un pueblo. Que es la denuncia de los componentes autoritarios del populismo. Y Alfonsín era muy receptivo a eso, a la tradición radical en esa época. Me parece que el período más exitoso de la democracia argentina en términos de duración, que son estos últimos cuarenta años, está fundado pura y exclusivamente sobre la idea de que con la democracia se come, se cura y se educa. Esa frase, que él usó en la campaña de 1983, tiene una multiplicidad de facetas, pero una de ellas es volver a tratar de poner juntas la tradición liberal y republicana, en la cual la democracia no es un aspecto formal sino que es el único espacio de realización de los derechos sociales. A la idea de que hay algunos en la sociedad que están perjudicados en forma sistemática en su situación económica, y por lo tanto requieren beneficios y protecciones para poder tener en la sociedad derechos que otros tienen de manera individual, producto de su dinero, herencia, o lo que fuera. Eso lo transforma a él en un problema para cualquier proyecto antipopulista. Mi impresión es que lo que pasa después en esos cuarenta años son distintos esfuerzos de reacomodarse frente a los sentidos que esa frase encarna en la sociedad argentina”.

En cuanto al kirchnerismo y a otros gobiernos progresistas de América latina de los últimos años, Semán plantea que “los únicos que hablan de eso ciegamente como experiencias populistas son los antipopulistas”. Eso por derecha; por izquierda, con un discurso más en segundo plano, y reclamos que exceden la distribución desde perspectivas indígenas y ambientalistas, planteos como el de Maristella Svampa cuestionan a estas coaliciones por sofrenar demandas de expansión de derechos mucho mayores y radicales. “Ante el gobierno de Kirchner el antipopulismo reflota la idea de que las masas están obnubiladas por una serie de beneficios, que no dimensionan lo que es rearmar una estructura social como la Argentina después de sus crisis de fin de siglo, y entonces se dejan llevar por esos que los invitan a regresar al pasado –dice Semán-. La acusación del antipopulista tiene un énfasis cronológico y geográfico: volver al pasado y no poder abrirse al mundo. Esos dos ejes mueven su narrativa”.

Así como observás que en la última dictadura se pensaba en la formación del “ciudadano económico” y del consumidor en nombre de “la libertad”, con la gente liberada de monstruos políticos como los sindicatos y el peronismo, el golpe contra Perón se llamó “Revolución Libertadora”. Y Macri, a la vez, invitaba a manifestaciones en fechas patrias contra la cuarentena por la pandemia en nombre, también, de “la libertad”.

-Bueno, creo que uno de los triunfos centrales del antipopulismo, entre los muchos que tiene, es la apropiación de la idea de la libertad. Que queda asociada en su lenguaje y su narración a una idea específica de un individuo que tiene sus potencialidades, que se manifiestan sobre todo en la economía. Y en parte como el ciudadano consumidor y como el hombre que va a ser capaz de producir. La asociación entre la meritocracia y el emprendedurismo es muy fuerte en ese imaginario. Después de los eventos de 2008 fue casi una cruzada liberadora: en la narración de ellos no es solo para que la gente pueda comprar y satisfacer sus necesidades, sino para que pueda producir. En el último libro de Macri, muchos años después de todo eso, además de los casos de gente que consiguió trabajo gracias a él, aparecen sobre todo distintos modelos de gente que puede producir: el que reabrió su fábrica, el que vende no sé qué cosa, el que cocina no sé qué otra cosa. Se presenta como una productividad asociada a la libertad del individuo, no solo respecto al Estado, sino de las organizaciones que te obligan a restringir buena parte de tu potencial en función de un interés colectivo. Una misión central de un proyecto populista liberador y emancipador sería redefinir eso. Reapropiarse de una idea de libertad y crecimiento mucho más abarcativa, que salga a disputar estas ideas tan consolidadas, sobre todo en los últimos cuarenta años. Ideas que son una reacción al “con la democracia se come, se cura y se educa”. La reacción a ese otro ciudadano que va a demandar que sus derechos políticos se traduzcan en niveles salariales para todos, instituciones que garanticen derechos para todos.

 

“Hay un énfasis muy muy grande en consolidar el antipopulismo como el lente mediante el cual mirar la actual coyuntura política, y en la política argentina inmediata, al menos, es una categoría destinada a tener una autonomía y una vida –concluye Semán-. Y me parece que el catalizador de eso va a ser la pandemia, que está permitiendo reactualizar los tropos del antipopulismo que habían sido fundantes en distintos momentos de la historia, como en el ’55 y también en 2015. El conflicto entre lo que significa defender la libertad individual contra los abusos que se toman en nombre del bien común, la idea de que la libertad económica no puede ser dañada a partir del ejercicio irresponsable de la fuerza pública. La primera intervención de Macri durante la pandemia fue pedirle a Alberto Fernández que las medidas que tome no afecten la economía de las empresas. Mi impresión es que el antipopulismo adquiere ahora una vitalidad similar o mayor a la que ha tenido desde 2008 en adelante”.